La guerra de la desinformación: combatir a un enemigo que siempre lleva ventaja

Uno de los problemas para combatir la difusión de mentiras es que las acciones responden a desafíos del pasado

12 agosto 2019 | 9:20 hrs | El País | Redacción

La velocidad con la que la desinformación se expande y encuentra nuevos recovecos desde donde susurrar al oído de un público cada vez mayor ha adquirido la categoría de desafío global. Su uso como herramienta de fragmentación política preocupa a Gobiernos de todas las latitudes. Y aunque las respuestas son muy diferentes —unos prefieren regular con leyes y otros dejarlo en manos del sector privado—, la mayoría intenta combatir un fenómeno que se reinventa cada día y que aspira, en última instancia, a comprometer la estabilidad política, económica y social del país o institución a los que sitúa en su diana. “La desinformación es un reto geoestratégico que demuestra que la tecnología avanza mucho más rápido que la capacidad de afrontar estos cambios”, explica Carme Colomina, experta en desinformación y políticas globales e investigadora del CIDOB (Barcelona Center for International Affairs).

Es la primera vez que la institución catalana dedica un capítulo en su Anuario Internacional —la última edición fue presentada el pasado junio— a la expansión de falsas informaciones y sus efectos en la toma de decisiones de los ciudadanos. Según la investigadora, en el caso concreto de la Unión Europea, uno de los problemas para combatir la desinformación es que sus acciones responden a desafíos del pasado: “Cuando se habla de desinformación se sigue aludiendo a los ejemplos del Brexit o de las interferencias rusas en la campaña presidencial de Estados Unidos de 2016”. Pero ahora la desinformación circula cada vez más por WhatsApp, de manera que logra escapar de la estrategia de Bruselas. “Una vez que la UE ha puesto a los gigantes de Internet a luchar contra la expansión de bulos en espacios abiertos, la desinformación se traslada a espacios cerrados”, desde donde es mucho más difícil hacerle frente, analiza la experta.

Desde 2015, Bruselas ha lanzado varios planes para combatir la desinformación, desde la creación de unidades especializadas en la detección de mentiras a acuerdos con empresas para implicarlas en la guerra contra los bulos. Los resultados arrojan cifras abrumadoras. Según los últimos datos de la Comisión Europea, solo en el primer trimestre de 2019, Facebook cerró 2.200 millones de cuentas falsas; Twitter bloqueó entre mayo y junio 77 millones de perfiles falsos y YouTube borró 3,4 millones de canales por violar la política de spam, engaños y estafas de la compañía. Además, el grupo UE versus desinformación, un equipo especializado en combatir las mentiras y medias verdades que la prensa rusa difunde sobre Europa, ha detectado en la primera mitad del año mil casos de desinformación, frente a los 434 identificados en el mismo periodo de 2018.

Y los esfuerzos siguen en aumento. El presupuesto para la estrategia de comunicación del Servicio Europeo de Acción Exterior se ha duplicado en 2019 hasta alcanzar cinco millones de euros y está prevista la contratación de 50 personas más en los batallones antibulos durante los próximos dos años, según la Comisión Europea.

Pero, si la desinformación se ha trasladado a canales privados, como los chats de WhatsApp, ¿las medidas aplicadas logran los resultados esperados? “Lo que se ha demostrado es que la desinformación es un proceso que va mucho más allá del contenido en línea; hay una crisis de los intermediarios, una erosión del discurso civil y político”, reflexiona Carme Colomina. “Con la alienación política, aumenta la desinformación; y si esta crece, es más difícil para los ciudadanos tomar decisiones de forma objetiva”, añade. Según la experta, cuando la Unión Europea puso en marcha distintas maquinarias para desmentir las falsedades que se difundían sobre ella, se evidenciaron los límites del desmentido: “Lo primero que haces cuando vas a desmentir una idea falsa es fijar en la memoria de la ciudadanía esa idea falsa, de la que quizá ni se habían enterado”.

Bruselas prueba ahora una nueva estrategia. “Más que desmentir, prefiere crear narrativas alternativas, es decir, que el relato de la UE sobre sí misma también se encuentre en la red”, resume Colomina. Pero este cambio de planteamiento abre un nuevo reto. Según la experta del CIDOB, ante dos historias con visiones distintas sobre una misma cuestión, se produce un “choque de narrativas”, por lo que toca explorar cómo se enseña de forma eficaz a “discernir qué relato es el verdadero”. Y mientras se prueban los antídotos que combaten las mentiras, la desinformación, apoyada en los desarrollos tecnológicos, continúa avanzando.