La gran María (Félix)

9 abril 2018 | 13:33 hrs | | Gilberto Haaz Diez

Por Gilberto Haaz Diez

 

*En el 104 aniversario de María Félix, Google le rinde homenaje a nuestra gran estrella.
Camelot.

Hay mujeres que, a la distancia, al tiempo, se vuelven más hermosas. Cada país ha tenido las suyas, unas se convierten en mitos, a su temprana muerte, como Marilyn Monroe, otras, como Briggite Bardot, de quien el presidente De Gaulle pensaba que era el producto interno bruto mas aclamada de Francia y la mejor cintura del mundo. Y tenía un poco de razón. Marlene Dietrich era otra y, por supuesto, Sofía Loren en Italia. Toco el tema de ellas porque al abrir mi computadora (Ordenador, en España), vi que aparecía un retrato a lápiz, de la gran María Félix, nuestra María, donde el portal Google le festeja sus 104 años a su nacimiento. Aquella que inmortalizó Agustín Lara y la metió a la historia musical con eso de: ‘acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, María bonita, María del alma’, y por ahí se fue el flaco cantando su amor y dejando esta canción que han cantado por todo el mundo, y en todos los idiomas. El escritor Carlos Monsiváis recuerda que alguna vez acompañó a la actriz a un restaurante en la ciudad de Puebla donde apenas al entrar la orquesta del sitio empezó a tocar ‘María Bonita’. “Yo ya no oigo esa canción pero sé que les hace felices pensar que me hacen feliz”, le confesó la actriz. Si Lara la inmortalizó en la música, Diego Rivera la inmortalizó en un lienzo. María era la actriz, la guerrillera revolucionaria, la generala bragada, la consentida de Gabriel Figueroa, ella misma que, cuando se le acababan las balas en escena de película, dijo a su compañero: “Miéntales la madre, que eso también hiere y duele”. Al lado de Pedro Infante, Jorge Negrete, el Indio Fernández y Dolores del Río, cubrieron época de gloria del cine mexicano. Octavio Paz, Premio Nobel, dijo de ella que había nacido dos veces: cuando sus padres la engendraron y después, cuando se inventó a sí misma”. Yo creo a mí entender que quien mejor la retrató fue Carlos Monsiváis. La Doña vivía un idilio a veces de odio y amor con su pueblo, pero Monsi dijo que María Félix era “la persona que veía en el lujo la escenificación de sus fuerzas interiores. Y sí, María era su propio sueño, un sueño que materializó la aspiración de la mujer pudiente, arrebatada, altiva, que choca contra sí misma, que no es necesariamente ente activo en términos de lucha social”. Bien por recordarla esos 104 años de su nacimiento.

LAS OTRAS DIVAS
Y me acordé de otras divas, como La Doña. Busqué quizá a la más grande de todas, después de aquel inmortal mito caído, Norma Jean. La bella Sofía Loren (Roma, 20 septiembre 1934), que hace unos días cumplió radiante con gallardía y belleza sus 83 años. Los años, decía Emerson, enseñan muchas cosas que los días jamás llegan a conocer. Sofía es bella entre las bellas. Un mito del séptimo arte. Sus películas recorrieron el mundo, lo mismo al lado de Mastroiani que Belmondo. Junto a Claudia Cardinale y Gina Lollobrigida formó esa tercia de mujeres italianas deseadas y amadas. En Hollywood trabajó al lado del malito actor pero buen cantante, Frank Sinatra, y con Cary Grant y Peter O’toole y Marlon Brando. Ganó todos los premios y se paseó por todas las alfombras rojas hasta atrapar un Oscar de la Academia, al ser la primera artista que lo ganaba en idioma diferente, en ese círculo tan cerrado donde las estrellas se hablan de tú con Dios todos los días, y Dios les concede indulgencias para que nos sigan entreteniendo. Casó con Carlo Ponti, productor, y ha sido una mujer llena y radiante de vida, feliz a sus años. Por si no fuera suficiente, Hollywood le dio otro Oscar honorario por su contribución al mundo del celuloide, y fue declarada ‘tesoro mundial del cine’.

MUERTE A LA CARTA
Hay estados de la Unión Americana, donde los sentenciados a muerte pueden escoger la mejor forma de morir, si es que hay alguna. Todos soñamos con morir en la tranquilidad de una cama, sin sobresaltos, que llegue la muerte y bendita sea, si no hace daño ni crea dolor. El filósofo chino Confucio, primo lejano de Kamalucas, un filósofo de mi pueblo, solía decir: aprende a vivir y sabrás morir bien. Los condenados a muerte en Estados Unidos, son por lo regular crápulas que han liquidado gente. Asesinos confesos. Pues bien, en Utah, uno de los estados norteños, la legislación permite que el sentenciado a muerte escoja cómo morir. Como si se estuviera en una Mac Donald y se pudiera pedir la burguer o la triple mac. A un gringo maloso le ocurrió. Sentenciado a muerte, escogió ser fusilado porque, dicen que ser fusilado tiene un toque de heroicidad, y se puede mirar al pelotón de fusilamiento cara a cara. Los del pelotón de fusilamiento, para que no carguen en su conciencia él haber sido el killer, toma uno de ellos un rifle con balas de salva, y así ninguno reconoce de quién fue el tiro certero. En la historia de la revolución hubo muchos casos así. Martín Luis Guzmán nos explica varios casos, como aquel general rebelde que, cuando las fuerzas de mi General Villa lo tenían en el paredón, pidió fumar un cigarro, de seguro era Delicados o Alas Extra, los de moda aquella época. Lo dejaron fumar, la mano no le temblaba y la ceniza se mantuvo firma, quería decir esto que era de los soldados bragados. Hay formas de morir: inyecciones letales o silla eléctrica. Ignoro cómo le fue al gringo, si pidió piedad o solo cerró los ojos para esperar el tiro liquidador. Pero de que pidió cómo morir, lo pidió, a la carta, y le fue concedido.

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Esta es opinión personal del columnista.