La Feria Internacional del Libro (FIL)

30 noviembre 2017 | 9:38 hrs | Gilberto Haaz Diez | Gilberto Haaz Diez

*De un Papa: ‚ÄúCuando era joven le√≠a casi siempre para aprender; hoy, a veces, leo para olvidar‚ÄĚ. Camelot.

Alguna vez de hace a√Īos, anduve y and√© en la afamada Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, la catalogada n√ļmero uno en el mundo, la de las letras hispanas. Este a√Īo homenajearon a Madrid, pedazo de la Espa√Īa en que NO nac√≠. Pero que en M√©xico se piensa mucho en ti. Aquella vez, por poco veo y conozco al gran Carlos Fuentes, un amigo que platicaba con √©l, me llam√≥ y me dijo: ‚ÄúVen, alc√°nzame, estoy con Carlos Fuentes, quiero present√°rtelo‚ÄĚ. No llegu√©, andaba lejos de esa FIL porque, sucede que hab√≠a ido por la ma√Īana y las distancias a veces son muy canijas. Pero alcanc√© a o√≠r al gran Jos√© Emilio Pacheco, el poeta de la generaci√≥n de los cincuentas. Hab√≠a la gente del mundo de las letras, las grandes editoriales echan la casa por la ventana y uno tiene que ir a tientas, porque se antojan todos los libros. Y merodean los grandes reporteros del diario El Pa√≠s, excelentes, alcanc√© a saludar a Juan Cruz, de mis favoritos. Uno tiene que llevar morral o maleta grande para ir y comprar, ¬†y si corres con suerte te encuentras a los autores firmando. Concurren los grandes de las letras del mundo, muchos Nobel y los afamados mexicanos y mexicanas escritoras como la gran Poniatowska. Cuando en esos dos d√≠as merodee por sus stands, encontr√© a una gente de un turbante, escrib√≠a, se me hizo el m√°s folkl√≥rico para tomarme la foto y me la tom√©. A√ļn no hab√≠a mucho eso de las selfies, ni sal√≠an al mundo, o si sal√≠an estaban muy caros, los IPhone. Como pude con una camarita chafa y jodida, me hice de ella y es el d√≠a que no la encuentro, la foto. Lo de la intelectualidad se me da, pero en las calles. He contado una an√©cdota de que, una vez, a la salida de un Samborn‚Äôs de Slim, yendo con dos de mis hijas peque√Īas, top√© frente a frente con el gran Carlos Monsiv√°is. Lo encar√© y le tend√≠ la mano, le dije: ‚ÄúEs un honor saludarlo, Maestro‚ÄĚ. Agradeci√≥ el saludo y mis hijas me dijeron: ‚ÄúAy pa‚Äô, que naco te viste‚ÄĚ. Les dije que para m√≠ era como si ellas hubieran encontrado a Luis Miguel y lo saludaran. Asunto concluido.

 MI HEMINGWAY PERSONAL

 Ver a un picudo escritor en la calle, es algo que no se olvida. Gabriel García Márquez contó esta anécdota sobre Ernest Hemingway.

‚ÄúLo reconoc√≠ de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en Par√≠s, un d√≠a de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en direcci√≥n del jard√≠n de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo √ļnico que no parec√≠a suyo eran los lentes de armadura met√°lica, redondos y min√ļsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Hab√≠a cumplido 59 a√Īos, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresi√≥n de fortaleza brutal que sin duda √©l hubiera deseado, porque ten√≠a las caderas estrechas y las piernas un poco escu√°lidas sobre sus bastos. Parec√≠a tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro a√Īos para morir. Por una fracci√≥n de segundo -como me ha ocurrido siempre- me encontr√© dividido entre mis dos oficios rivales. No sab√≠a si hacerle una entrevista de Prensa o s√≥lo atravesar la avenida para expresarle mi admiraci√≥n sin reservas. Para ambos prop√≥sitos, sin embargo, hab√≠a el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo ingl√©s rudimentario que segu√≠ hablando siempre, y no estaba muy seguro de su espa√Īol de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante. Sino que me puse las manos en bocina, como Tarz√°n en la selva, y grit√© de una acera a la otra: ¬ęMaeeeestro¬Ľ. Ernest Hemingway comprendi√≥ que no pod√≠a haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvi√≥ con la mano en alto, y me grit√≥ en castellano con una voz un tanto pueril: ¬ęAdioooos, amigo¬Ľ. Fue la √ļnica vez que lo vi‚ÄĚ

 EL DE EDGAR ALLAN POE

 Ahora no fui a Guadalajara, pero la sigo a diario en El País. Me gustó el relato escrito por Luis Pablo Beauregard, del escritor Paul Auster. Va:

‚ÄúElena Ram√≠rez, editora de Seix Barral, cont√≥ esta tarde que Paul Auster tard√≥ dos segundos en aceptar la invitaci√≥n a la Feria del Libro de Guadalajara. ‚ÄúSer√≠a un honor para m√≠‚ÄĚ, dijo el escritor nacido en Nueva Jersey. Ese breve instante resarci√≥ un silencio que dur√≥ m√°s de tres d√©cadas. Auster aterriz√≥ esta semana por primera vez en la fiesta literaria del espa√Īol m√°s grande del mundo. Y, desde el auditorio Juan Rulfo, hizo aquello por lo que se le admira tanto a ambos lados del Atl√°ntico: cont√≥ un cuento.¬†En la feria que celebra a los escritores vivos, Auster comenz√≥ narrando la historia de un fantasma. Cont√≥ la historia de los restos de Edgar Allan Poe, fallecido en 1849. ‚ÄúLa tumba en la que lo enterraron permaneci√≥ sin nombre durante varios a√Īos‚ÄĚ, dijo el escritor ante un auditorio atestado de lectores. Uno de los primos del escritor de Narraciones extraordinarias consigui√≥ el dinero para fabricarle una l√°pida a su pariente. Cuando esta estuvo lista un tren descarril√≥ y entr√≥ en el taller del marmolista haciendo a√Īicos la pieza. ‚ÄúEs un giro que el propio Poe podr√≠a haber imaginado. Ese accidente mantuvo a Poe en una tumba an√≥nima por 20 a√Īos. Varios maestros de Baltimore hicieron aportaciones para pagar una l√°pida decente para el escritor. Cuando estuvo lista se prepar√≥ un homenaje al que se invit√≥ a los poetas m√°s reconocidos de finales del siglo XIX. El √ļnico que acudi√≥ a aquella ceremonia de 1875 fue un achacoso Walt Whitman. Auster cree que St√©phane Mallarm√© tambi√©n estuvo ‚Äúen esp√≠ritu‚ÄĚ en aquella deslucida despedida‚ÄĚ.

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*Esta es opinión personal del columnista