La construcción más ambiciosa del siglo XVI

La ambición y desparpajo en la construcción de este monasterio encumbró a este joven cántabro a una gloria que duró siglos

27 enero 2018 | 18:15 hrs | El Confidencial | Arte y Cultura

Impregnado en una percepción limpia de las líneas, cuando el Renacimiento ya cabalgaba con sus distinguidos avales, este enjuto chaval cántabro conseguiría asomarse a esa ventana veloz y fugaz tras la que se producen los grandes acontecimientos, en esa contabilidad tan prolija en avances unas veces y cicatera otras, en un mundo donde por lo general la banalidad es la masa crítica y el artista, la excepción.

Mediaba el siglo XVI con toda la potencia de la Corona Española a pleno rendimiento cuando Juan de Herrera circulaba por la Europa de los nuevos conceptos arquitectónicos de la mano del rey emperador Felipe II en su apogeo como gobernante, y con las bridas de sus interminables posesiones bien engrasadas por vastos ejércitos incontestables. La ambición y el desparpajo, la osadía de la juventud y una red de relaciones heredada de su influyente padre harían el resto para encumbrarlo hacia la gloria y el reconocimiento posterior.

Ya cortesano del rey más hierático de nuestra historia reciente, acompañaría al monarca montado en una pelirrojo alazán de bella estampa correteando por Europa, admirando gárgolas, chapiteles y contrafuertes, ora insertándolos en su cuaderno de campo, ora en su prodigiosa memoria fotográfica. Nuevos métodos de construcción de obra mayor, ya sea esta suntuosa o civil, entran junto a la proporción y la perspectiva por los capilares de los ávidos ojos del chaval. Pero si con alguien conecta de manera simbiótica, es con el ilustre Vitruvio, que le aporta la simplicidad y la belleza serena de las piedras que conversan en armonía encastradas en la decidida y firme belleza de sus obras.

Corría el año de 1563 cuando por expreso deseo de su religioso emperador recibiría una misiva que daría un giro copernicano a su vida.

Un edificio para la eternidad
Toda la grandeza del emperador Carlos I y la historia de sus hechos, allá por su ancianidad, le reclamaban un reconocimiento expreso, cuyo propósito no daba cabida a su ilustre cuerpo en su futura residencia para la entera eternidad. Y entonces, todas las piedras del mundo se unieron para configurar la construcción más ambiciosa del siglo XVI respaldando ante la historia la que sería la morada última del más grande.

De la mano de Juan Bautista de Toledo, su mentor en aquella colosal construcción, desafiarían la gravedad, el frio extremo, las pertinaces lluvias de primavera, las resistencias telúricas incorporadas a un subsuelo lleno de extrañas energías, y finalmente, al desgaste y al agotamiento de la probablemente obra cumbre de un siglo que amaneció con ingentes territorios hacia el lejano oeste y desembocó en terribles y estériles guerras de religión.

Este palacio-monasterio impactaba desde cualquier camino de aproximación a él y a la par anulaba al observador más próximo con su avasalladora presencia. En 1564, una gigantesca primera piedra iniciaría aquel colosal y ambicioso proyecto testimonio de una época de poder desbocado. Juan de Herrera, fiel a su rey, respondería con precisión a todos los requerimientos del obsesionado monarca para el que aquella magna obra era un pulso de titanes contra el tiempo, a la par que el certificado de su propia grandeza como estadista.

Pero Juan Bautista de Toledo se iría al poco tiempo allá donde los inmortales tertulian sobre las cosas que interesan alejados de la mundana algarabía. En 1572, Herrera asumiría todas las competencias de la magnífica e imponente obra, y algo más tarde, se constituiría por oficio y derecho en el responsable de toda la obra pública del reino. Con su maestro ya habitando en la memoria de las piedras, modificaría los planes iniciales, imprimiéndole una impronta más sencilla a todo el conjunto arquitectónico incorporando un marchamo más geométrico y suprimiendo lo superfluo por mor de la austeridad, marca regia.

Diálogo con la naturaleza
Esta monumental construcción tenía un dialogo muy entregado con la naturaleza circundante, prácticamente toda ella, propiedad del monasterio, puesto que el rey prudente quiso que en aquella ingente suma de piedras hubiera algo más con lo que entretenerse sin caer en la autocomplacencia. Las dehesas de la Herrería y la Fresneda funcionaban como contrapuntos paisajísticos a la par que explotación agrícola y ganadera dándole un toque bucólico a aquel lugar de recogimiento donde el silencio habitual de los Jerónimos -la Orden a cargo de su cuidado- era solo roto por el potente tañido de las enormes campanas y su idioma mágico. Una sabia repoblación llevó a miles de árboles a cobrar vida entre las grandes lajas de granito.

Acudiendo al llamado de su rey deja en manos de Juan de Mora la finalización de la basílica para abordar la Construcción de la Casa de la Lonja de Sevilla (más conocida como Casa de Indias), y la ampliación del Palacio Real de Aranjuez, obra iniciada asimismo por su mentor Juan Bautista de Toledo. Hasta la llegada de Herrera al escenario de la suma de las piedras, el plateresco era la corriente arquitectónica dominante; el llamado “herrerismo” perduraría todavía un siglo más y dejaría un largo rastro de estilo en las catedrales de Ciudad de México y Lima.

En 1597, un Juan de Herrera muy avejentado y con una fuerte artrosis en las dos manos que le había hecho muy malas jugadas durante el reto de la construcción de la que debería haber sido la catedral más grande del mundo (la de Valladolid) cesaría como es de rigor en el natural ejercicio del aliento vital. Su impresionante obra, legado de magnificencia para la larga posteridad de los tiempos, acabaría impregnándose del penetrante olor de las miles de jaras, primeras pobladoras de aquel bajomonte, al tiempo que encumbraría la genialidad y el talento singular de un hombre que ha trascendido los siglos.