La cinta de garganta profunda

29 diciembre 2017 | 8:07 hrs | Gilberto Haaz Diez | Gilberto Haaz Diez

*“Para mí, el cine son cuatrocientas butacas que llenar”. Alfred Hitchcock  (1899-1980) Director de cine británico. Camelot.

En la tele de Roku y Netflix, que todo lo pueden en diversión cinematográfica, anoche mismo vi una película extraordinaria, dirigida por el mismo que hizo Parkland, aquella muerte de JFK cuando la historia se desarrolla en ese hospital de Dallas, que se volvió famoso porque allí, cuenta la película, la conjura de la emboscada apareció cuando los militares se apoderaron del cadáver del presidente Kennedy, para ir y acomodarlo bien y que no se supiera que hubo tres tiradores, esa cinta la produjo Tom Hanks. Esta llamada “Mark Felt, el hombre que derribó la Casa Blanca”, el famoso Garganta Profunda del caso Watergate, la estelariza Liam Nesson, un gran actor,  se desarrolla en los días que los plomeros del presidente Nixon invadieron la sede del partido demócrata en aquel complejo llamado Watergate. Comienza el film con la muerte de J. Edgar Hoover, y su segundo de a bordo en el FBI, Mark Felt, al cubrir el interinato, se resiste a entregar el poder al presidente Nixon y, desilusionado por las presiones, se convierte en el informador Garganta Profunda que alimentó a los periodistas Bob Woodward y Carl Berstein, a destapar la cloaca y lo podrido de la presidencia nixoniana lo que, a los meses, costó la renuncia del presidente Nixon, y el Premio Pulitzer para ellos. Mark Felt, aunque fue un viejo chismoso, lo pintan como un hombre íntegro, defensor a ultranza de esa institución llamada FBI. Hasta 2005 se supo su identidad, y su familia y muchos americanos lo trataron como un héroe. En la cinta se reviven los momentos, se reviven las presiones desde la Casa Blanca y se revive el gran trabajo del segundo de a bordo del FBI, cuando impone la independencia de ese organismo ante el brutal poder presidencial, algo muy similar a lo que ahora ocurre con Donald Trump y sus enfrentamientos con el FBI. Los pormenores del Fiscal general, de los secretarios privados y el de prensa, Ronald Ziegler, a quien el presidente a empujones trataba, porque el agua les llegaba al cuello cuando el Washington Post ejerció el poder de comunicar lo que se podía y sabía. Excelente cinta. Véanla en cuanto puedan. Y recordé a los poderosos jefes de prensa en este país, donde sobresalía uno.

 PANCHO GALINDO OCHOA

 En Ciudad de México, en Paseo de la Reforma Pancho Galindo Ochoa tenía su oficina. Le visité algún día. En tiempo que gobernaba Miguel Alemán Velasco. Cuando llegamos, preguntó por ‘Miguelito’, así le decía de cariño al gobernador Miguel Alemán Velasco, a quien le disgustaba que le dijeran ‘Miguelito’, porque ya no era chiquito y ya había crecido y ya Montano no lo cuidaba. Pero Galindo Ochoa contaba que lo vio jugar de pequeño en Palacio Nacional y en Los Pinos, cuando su padre fue presidente de la República. Nos atendió su secretaria Erika, la secre de muchos años, una mujer bella, que digo bella, cuerísima. Cuando entramos a esa oficina, cubierta las paredes de parquet y con un busto de Benito Juárez, el hombre portaba al cinto un revolver calibre 38, como John Wayne en Rio Bravo. Yo creo que le quedó la costumbre de aquellos tiempos revolucionarios, cuando todo lo dirimían a balazos, o quizá era para cuidarse de los bandoleros que habitan en esa ciudad de la nube gris y de los asaltos. Hombre platicador, narró algunos eventos de su vida. Ya pocos le visitaban, vivía sus últimos años recordando el esplendor del poder, la magia que se tiene cuando se manda y muchos obedecen porque, lo dijo Shakespeare: “Donde hay poder hay conspiración”. Y vaya que las habrá habido en su tiempo. Dirimió como réferi el pleito entre el presidente Jolopo y el expresidente Echeverría. A él le achacan la autoría de aquella respuesta presidencial: “¿Tú también, Luis?”. Aunque un día les dijo: ahí se ven, arreglen sus problemas solos porque, cuando dos elefantes se pelean, la hierba es la que sufre. Y él era la hierba. Si alguien quería ver al presidente, había que pasar por la aduana de Galindo Ochoa. Nadie se movía sin su consentimiento. Pegado al muro en su oficina de Reforma tenía un domi original del logotipo del IMSS, donde seguro algo tuvo que ver en esa idea y en ese logotipo que aún sobrevive. Comía por lo regular a un lado, en el afamado restaurante Champs Elysees (Campos Elíseos), atendido por su propietaria, doña Paquita. Antes lo hacía en el Four Season, pero un mal día llegó y su mesa estaba ocupada, y eso era un desdén para él, que acostumbraba tener su mesa reservada, un agravio que no perdonaba. Pasó al Veranda. Al final de su vida, desayunaba en casa y ahí invitaba a sus amigos, algunos empujaban su silla de ruedas, donde vivía postrado sus últimos días. Fue padre de Tina Galindo, la exitosa productora de teatro y representante artística. Hay cientos de anécdotas de Pancho Galindo Ochoa. Usted solo pique Google y ahí le saldrán varias. Lo quise recordar cuando lo visitamos en su oficina propia de Reforma. Tiempos de aquellos vientos. Jalisciense, nacido en 1913, murió uno de esos días septembrinos de 2008. A sus 95 años de edad, con mucha historia de poder en su memoria. Con su ADN de poder presidencial. Y lo recordé con estos líos de la película sobre Garganta Profunda, cuando el poder se ve así, desde lejos con toda su saña.

 EL DESAYUNO CONVOCADO

 Ayer mismo, en el orizabeño Orbe de Pepe Aranda, Sabas Flores, quien fue el primer jefe de Prensa del primer gobierno de oposición, el del gobernador Ernesto Ruffo Appel, y ahora en Nogales hace la misma chamba, convocó a un desayuno con el alcalde de Nogales, Antonio Bonilla Arriaga, una gente modesta y honesta, que tuvo la particularidad que, como Orizaba, no dejó deudas y alcanzó a juntar la lana para aguinaldos y sueldos. Asistió el joven subdirector del Sol Córdoba-Orizaba y ABC radio, Miguel Ángel Salazar García y Porfirio Baizabal Camarillo, del área administrativa. Reunión porque ellos ya se van, como la rama, bien agradecidos, y porque se va el Año Viejo, ay yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas. Felicidades a todos.

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*Esta es opinión personal del columnista