Inunda antros de Orizaba con alcohol adulterado

La venta de esta bebida es oro molido

15 febrero 2016 | 19:41 hrs | Emilio González Gómez

Orizaba, Ver.- Licor adulterado inunda antros del Valle de Orizaba. Cualquier alcohólico que lea esta nota podrá decir, “de algo nos tenemos que morir” o “para, morir nacimos”, pues cuando se trata de beber y ya entrado en el ambiente lo de menos es la marca. “Chupa fuerte y espera la muerte” reza otro dicho popular en el ambiente etílico, pues el que desea beber necesita sentir los efectos del alcohol para entrar al mundo falso que le produce en principio placer y después la frustración.

El negocio de la venta de licor es oro molido, de eso no existe duda, pues el alcohólico tanto social, como el enfermo, que es el que no puede controlar su manera de beber, también son defraudados por sus “amigos” cantineros al ofrecer en sus negocios el licor adulterado.

Luis, miembro del grupo de Alcohólicos Anónimos “El Trébol”, dijo que tan sólo un trago de licor adulterado en alta concentración, es una dosis letal potente que puede causar la muerte de una persona en menos de media hora.

Después de consumir metanol, el cuerpo se trastorna, y la persona siente como si se estuviera quemando por dentro. Posteriormente sigue un dolor de cabeza extremadamente fuerte y entre media hora o una hora, después de haber consumido el licor ‘envenenado’, se pueden poner los ojos borrosos y el desenlace puede ser fatal, agregó el entrevistado.

Sin duda, una alerta importante para que las autoridades lo consideren como un motivo grave para clausurar a los negocios que alteran las bebidas alcohólicas, pues actualmente con una simple multa los reabren, además de que no son detenidos, ni investigados como debiera ser, pues si aplicamos el criterio que los propietarios y sus empleados contribuyen con los homicidios, accidentes fatales y enfermedades que pueden provocar ceguera y locura.

Apuntó, que la enfermedad del alcoholismo, es incurable, progresiva y mortal. Aunque lo lamentable de este asunto, es que no se difunden los programas de prevención, y el enfermo es el último en aceptarlo, a pesar del fondo cuyo precio puede ser la vida misma.