In Guns we trust: Mentalidad estadounidense y armas

En Estados Unidos no abundan los estudios sobre las matanzas que sacuden regularmente al país

13 octubre 2017 | 11:06 hrs | Víctor García Guerrero

Stephen Paddock hizo en Las Vegas una ensalada de sangre. El último ciudadano cero, cantaría Sabina, mató a cincuenta y ocho personas desde las ventanas del hotel Mandalay y se suicidó. No se conocen los motivos que le llevaron a disparar contra la multitud, «como si fueran peces en una pecera», dijo un testigo. Sí se sabe que Paddock utilizó fusiles reconvertidos en ametralladoras. La pieza mágica se llama bump stock: un trozo de plástico pegado a la culata que aprovecha el retroceso del fusil para transformarlo en un arma de guerra. Es absolutamente legal. Y un éxito de ventas. Las webs que lo comercializan en Estados Unidos no aceptan pedidos estos días. Están desbordadas.

La bump stock fire, el artilugio de Paddock, fue aprobado durante el gobierno de Obama. Cuesta, de media, cuatrocientos dólares pero los hay hasta por noventa y nueve. Por ese precio se pueden comprar cuatro ejemplares del último número de Shooter’s Bible, la Biblia de las Armas de Fuego. La revista presume de vender siete millones de ejemplares al año. En la de este mes aparecen tres armas en portada: una escopeta de caza, un revólver y un AR-15, el fusil que automatizó Paddock y el que utilizaron también los asesinos múltiples de San Bernardino y Orlando. El AR-15 es el novio de América: el fusil más vendido a civiles y el más usado por las tropas para llevar la democracia al mundo.

El AR-15 lo produce Colt, la del famoso revólver que enseñó a los indios apaches, sioux y seminolas el fuego de la libertad. Colt no cotiza en Bolsa, pero sí sus rivales Ruger y AOBC, la antigua Smith & Wesson. Ambas subieron más del tres por ciento de su valor en los días posteriores a los cristales rotos de Las Vegas. OLN, la empresa que produce la munición Winchester (otro mito del far west) fue todavía mejor: sus accionistas son un 6% más ricos desde la matanza del Strip. En los Estados Unidos ahora de Trump, el debate de las armas se resuelve en el comercio y en los billetes verdes que compran armas y balas al calor de la siguiente masacre.

En Estados Unidos no abundan los estudios sobre las matanzas que sacuden regularmente al país. Los pocos que hay indican que en el siglo XXI hay menos masacres que en los ochenta y noventa, pero son más mortíferas: avances de la tecnología de la destrucción. En Grupo salvaje, Sam Peckinpah retrataba la violencia seminal de aquel país construido sobre la sangre. Era 1969, y Estados Unidos arrasaba Vietnam con napalm y fusiles AR-15. Peckinpah quería que el espectador se horrorizase con la violencia pero a los asistentes del estreno les pareció que los llamaba asesinos. Dicen que el director tuvo que salir del cine apresuradamente para huir de aquella jauría de corazones bombardeados.

“Notas de Extramuros” es una columna informativa de Siglo 21