Hugh Hefner el padrote más decente de la historia

5 octubre 2017 | 23:09 hrs | Javier Roldán Dávila

Demiurgo andrófobo, sólo sacaba ‘conejitas’ de la chistera

Fundador del imperio Playboy, Hefner, buen hombre de negocios, explotó un nicho que hasta el momento en que lo inició, aunque usted no lo crea, era virgen. A través de su revista, logró que el desnudo femenino se convirtiera en un lucrativo negocio.

No sobra decir que el éxito de la empresa radica en una premisa básica: satisfacer la fantasía de millones de hombres (y mujeres), al poder auto deleitarse, apreciando el cuerpo de féminas prototipo de la belleza occidental…una de las facetas del ‘American Dream’.

Aunque técnicamente se podría decir que no era un proxeneta, porque no se establece un vínculo de relación carnal en el más estricto sentido del término, si se constituye una relación imaginaria, de la cual el que mayor ventaja económica obtenía era el señor Hefner.

Como se le quiera ver, el negociante regenteaba a las ‘conejitas’ al exhibirlas en el impreso, en los clubes de la franquicia, en la Mansión Playboy y más recientemente, por el internet. De no ser una suerte de Trata, las modelos hubiesen preferido cabalgar como Lady Godiva.

Además, algunas de las playmates han pasado a la industria porno y se han visto envueltas en problemas de drogadicción, eso sí, más de una acaba convertida en fanática creyente, para dar charlas inspiradas en la buena conducta. El arrepentimiento como expiación.

Aunque se dedicaba a cuestiones ajenas a las ‘buenas costumbres’, el propio Hugh dictaba conferencias en prestigiosas universidades y en las páginas del magazine, publicaron los más connotados escritores. También se codeaba con integrantes de las elites y fue un defensor de las libertades individuales y de la igualdad racial, aunque en los hechos practicó aquello de: los caballeros las prefieren rubias.

El mayor mérito del playboy, paradójicamente, fue encuerar a los puritanos fundamentalistas, aquellos que compran la revista de manera furtiva, para solazarse en el cuarto de baño y guardarla debajo del colchón. En paz descanse el icónico comercializador del obscuro objeto del deseo, aunque dudamos que Dios lo tenga en su Santa Gloria.

*Esta es opinión personal del columnista