Huevos de gallinas enjauladas, langostas cocidas vivas… la ética animal, sobre la mesa

No hay duda de que cada vez cuestionamos más lo que comemos y que el respeto a los animales es el origen de ese interrogante

24 enero 2018 | 9:51 hrs | Público | Redacción

La reciente ley suiza que prohíbe cocer langostas vivas en agua hirviendo ha reavivado el viejo debate científico –aún no resuelto- sobre la capacidad sintiente de los invertebrados. Investigadores, biólogos y etólogos del mundo llevan años repasado el sistema nervioso de este crustáceo de alto copete para tratar de dilucidar si las langostas sufren o no. La cuestión no es baladí. Pero más allá de las consideraciones técnicas al respecto, esta pionera y precursora revisión de la normativa suiza sobre protección animal viene a consolidar una tendencia en auge de menor discusión: la ética animal está sobre el plato.

“Si echas la cuenta de la biomasa de los mamíferos que hay en el planeta Tierra, el porcentaje que corresponde a animales silvestres, libres, es de menos del 3%. Más o menos, una tercera parte somos humanos y las otras dos terceras partes restantes animales de granja que en general viven en condiciones infernales. Quizás deberíamos plantearnos cómo hemos tardado tanto tiempo como sociedad en darnos cuenta de que hay aspectos morales y políticos importantes en nuestra relación con los otros animales. ¿Cómo una sola especie se arroga el derecho de tratar así al resto de especies con las que comparte la biosfera?”, señala el ecologista y profesor de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Madrid, Jorge Riechmann.

No hay duda de que cada vez cuestionamos más lo que comemos y que el respeto a los animales es el origen de ese interrogante. En EEUU, por ejemplo, la cifra de vegetarianos ha pasado de un 1% en 1971 a un 13% en 2013. En Reino Unido el porcentaje de jóvenes de entre 16 y 24 años que se declara vegetariano o vegano es del 20%; en Alemania los productos veganos se han incrementado un 1800% en cuatro años y en Italia un 10% de la población no come nada de carne y pescado.

Incluso en un país de gran tradición carnívora – 51 kilos por persona al año, según la FAO- como el nuestro. No existen datos oficiales, pero una encuesta realizada a principios del año pasado por la consultora Lantern reflejó que en España un 6,3% de la población adulta es flexitariana (con una dieta eminentemente vegetal, aunque con algo de carne y pescado), un 1,3% es vegetariana (sin consumo de carne y pescado) y un 0,2% vegana (que no ingiere ningún producto de origen animal, incluida la leche o los huevos). Es decir, que sólo en España hay unos 3,6 millones de personas que en mayor o menor medida han dejado de comer animales y, aunque la salud y la sostenibilidad son también razones para el cambio, la gran mayoría de los encuestados (57%) reconocieron haberlo hecho por motivos éticos y animalistas.

“Es un proceso. Al principio era una convicción ética y seguía añorando, al menos desde un punto de vista mental, la carne y el pescado. Pero luego el hecho de no comerlos influye en tu visión. Ahora solo veo un animal muerto en un plato de jamón ibérico”, dice Javier Morales, vegetariano desde hace dos años y autor de El día que dejé de comer animales (Silex, 2017). Confiesa que se decidió tras conocer la realidad de la ganadería industrial que el norteamericano Jonathan Safran Foer describió en Comer animales. “Puso delante de mí la realidad de los animales que nos llevamos a la mesa”, asegura.

Pero trazar una frontera a veces es difícil ¿Por qué un cerdo nos genera más empatía que una langosta? En realidad, la nueva ley suiza lo que impone es la obligación de aturdir previamente al animal antes de sacrificarlo, una normativa que sí se aplica en los mataderos de toda la Unión Europea para el ganado.

“Puede ser deseable por razones éticas no comer ningún animal, pero hay una diferencia enorme entre mantener lo que necesariamente guía un sector pequeño de ganadería ecológica o sin confinamiento en condiciones naturales, y las condiciones de la ganadería industrial”, dice Riechmann.

“La mayoría de la gente tolera con tanta naturalidad el sufrimiento animal porque simplemente no han tenido oportunidad de plantarse la cuestión”, apunta Óscar Horta, profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Santiago de Compostela, especializado en ética animal y especismo, un término que utiliza para explicar la llamada a la discriminación de quien no pertenece a una cierta especie. “Mucha gente es especista con los animales por el simple hecho de que no son humanos”, señala. “También hay un factor cultural. A muchas personas les parece mal la matanza de perros y gatos en ciertos países para su consumo como comida, por no hay ninguna diferencia entre comer estos animales o comer, por ejemplo, cerdos, que tienen una idéntica capacidad de sentir y sufrir.

En cualquier caso, y aunque la conversión hacia el veganismo no es masiva –no todo el mundo está dispuesto, al menos por ahora, a cambiar su alimentación de forma radical- sí hay un consenso mucho mayor en el rechazo hacia la crueldad animal que está siendo capaz de cambiar prácticas comerciales cada vez más cuestionadas. Hace menos de un mes la cadena de supermercados Lidl anunció que dejaba de vender huevos procedentes de gallinas enjauladas en sus establecimientos en España, un objetivo con el que se han comprometido también otras cadenas de alimentación conscientes del rechazo social hacia el maltrato animal y del enorme tirón de ventas que hay detrás de estas iniciativas: el mercado global de productos veggie mueve cerca de 4.000 millones de dólares anuales y crece a un ritmo de un 6% anual, según la consultora Markets and Markets.

“No se trata de comer animales por el mero hecho de que sean animales, sino porque, como los humanos, tienen la capacidad de sufrir y disfrutar. La explotación animal siempre causa sufrimiento, como mínimo, el día en que se mata a los animales. No sólo eso, para cubrir la gran demanda actual de consumos de origen animal es totalmente inevitable causar un sufrimiento horrible a los animales durante gran parte de su vida”, explica Horta.

“¿Necesitamos comer animales para algo? Quizás esa sea la pregunta”, sentencia Morales.