Historia de la mayor francotiradora del Ejército Rojo, mató a 309 soldados nazis

Su primer romance con un fusil sucedió mientras trabajaba en la fábrica, se inscribió en un club de tiro

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29 octubre 2017 | 8:38 hrs | Infobae

Su nombre, Lyudmila Mijailivna Pavlichenko, no suele aparecer en las crónicas de la Segunda Gran Guerra. Sin embargo, fue (o se dice, por lo menos) la mayor francotiradora del Ejército Rojo, y heroína de la Unión Soviética.

Algo así como una Juana de Arco rusa cinco siglos y pico más tarde, y con fusil en vez de lanza o arco y flecha.

La historia (o la leyenda) jura que un año –de 1941 a 1942–… ¡mató a 309 soldados nazis! De ellos, 36 francotiradores: cara a cara y bala a bala…

Según las calculadoras, 0,84 por día. Casi un enemigo diario…

Suficientes cadáveres para que el padrecito Iósif Stalin (1878–1953), amo, señor y dictador de todas las rusias, le colgara de su firme cuello las medallas Lenin y Heroína de la Patria, más allá de las dudas que surgieron con el paso del tiempo, planteadas por varios historiadores en sus libros. Algunos, de corte revisionista.

Pero… ¿quién fue Lyudmila Pavlichenko?

Nació el doce de julio de 1916 en el pueblo ucraniano de Belaya Tserkov. Poco se sabe de ella hasta sus 15 años, salvo que cursó los nueve años primarios en la escuela local, fue una alumna promedio, y sólo destacada por su carácter “terco e independiente”, según sus biógrafos.

Pero apenas cumplidos sus 15, el desastre: tuvo un hijo –Rostilav–, “que destrozó mi matrimonio con Alekséi”, contó mucho después. Alekséi Pavlichenko era un estudiante, muy joven también, y la llegada del bebé lo espantó: ¿Cómo mantenerlo, cómo afrontar esa responsabilidad en plena adolescencia?

Además… ¡el escándalo! Tan grande, que ella y su familia se mudaron a Kiev para alejarse –sólo en kilómetros– de la vergüenza…

Allí se empleó como obrera de una fábrica metalúrgica, siguió estudiando (ciclo secundario), se destacó como pulidora mientras alguien de su familia criaba a Rostilav, y llegó a la Universidad de Kiev. En 1937, a sus 25 años y lista para recibirse de historiadora, defendió con éxito su tesis doctoral sobre Bohdán Jmelnytsky, el gran héroe cosaco que lideró la rebelión, entre 1648 y 1654, contra el poder de la aristocracia polaco–lituana.

El destino parecía tardar en encontrarla…

¿Cómo llegó a empuñar un fusil, unirse a la 25ª. División de Infantería del Ejército Rojo, ser una de las dos mil francotiradoras soviéticas –sólo sobrevivieron quinientas–, y alcanzar el rango de heroína?

Su primer romance con un fusil sucedió mientras trabajaba en la fábrica, se inscribió en un club de tiro, la asociación de corte militar Osoaviajim, y no tardó en asombrar con su puntería…

En 1941, Adolf Hitler, luego de un bombardeo gigante de su poderosa Luftwaffe, puso en marcha la Operación Barbarroja: un ataque masivo para invadir a la Unión Soviética y dominar todo el frente oriental… y la primera semilla, el principio del fin que llegaría con la bandera de la hoz y el martillo ondeando en la cúpula del Reischtag (Parlamento) alemán, en Berlín, el 9 de mayo de 1945.

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Pero a pesar de las bombas del 22 de junio del 41 y de las brutales batalla que se avecinaban, Stalin –en principio– no llamó a las filas a las mujeres. Poco le importó a Lyudmila. Se presentó en la oficina de reclutamiento y dijo “Vengo a luchar contra los invasores alemanes”. Asombro en las caras de los militares. Le ofrecieron un trabajo más adecuado para mujeres. Se negó. “Fui a una escuela de tiro en Kiev. Tengo entrenamiento militar”, dijo. Y mostró su Insignia de Tiradora de Voroshilov ganada en torneos regionales. A pesar de ese galardón, le ofrecieron un curso de enfermera, pero lo rechazó.

Se presentó en la oficina de reclutamiento y dijo ‘Vengo a luchar contra los invasores alemanes’
El reclutador, entre perplejo y desconfiado, le tomó una prueba de puntería, y ella lo aprobó como un paseo.

Su primer fusil de guerra fue un clásico soviético: el Mosin–Nagant con mira telescópica de cuatro aumentos. Pero no tardó en empuñar el Tokarev SVT–40, porque no había que amartillarlo luego de cada disparo, y sin amedrentarse por su peso: no era fácil soportarlo durante horas, y a veces días enteros.

Se lució como francotiradora: en la guerra, una especialidad de mucha chapa: el héroe individual suele escribir una luminosa historia aparte. Por caso emblemático, el granjero y luego sargento norteamericano Alvin York, un pacifista que tiro a tiro, como quien caza pavos, el ocho de octubre de 1918, mató a una docena y capturó a 132 soldados alemanes.

El bautismo de fuego para Lyudmila llegó en la Batalla de Odessa, al sur de Ucrania. Se batió contra los nazis durante dos meses, y alcanzó (oficialmente) el rango de Francotiradora de Élite.

Según su testimonio, sus dos primeras víctimas cayeron en Belyayevka, ciudad a unos 50 kilómetros de Odessa, y mientras defendía una colina.
Sus biógrafos coinciden (algo que no sucederá siempre): “En diez semanas, y a pesar de sufrir dos conmociones cerebrales y una herida de poca gravedad, ¡mató a 187 enemigos!”.

Sin embargo, Odessa cayó, y el Ejército Marítimo Independiente, donde combatía Lyudmila, se instaló en Sebastopol, en la península de Crimea. Para ella, un calvario de ocho meses, manteniendo su posición durante semanas de frío bajo cero… y hasta comiendo insectos.

Pero valió la pena: aquella tiradora pionera en alistarse fue calificada entre las mejores del Ejército Rojo.

Uno de sus biógrafos escribió: “En uno de los enfrentamientos permaneció veinticuatro horas tumbada en la misma posición, acechando a un enemigo. Al amanecer del segundo día logró ponerlo en su mira y abatirlo, tomó del cadáver no solo el fusil: también su diario, donde contaba que había sido francotirador en Dunkerke y que había matado, entre soldados y oficiales, ¡a 500 hombres!”.

Sin embargo, ese episodio no fue el más heroico. Según una revista soviética, “ella se topó con un observador alemán oculto detrás de unos arbustos. El nazi esgrimió todos los trucos: poner un casco en un palo y levantarlo (blanco falso para que ella delatara su posición), y hacer corretear un gato y un perro para distraerla y ponerla en su mira. Pero ella no cayó en las trampas, y el nazi pagó con su vida la última: mostrarle sobre los arbustos un muñeco vestido con uniforme. Lyudmila vió el destello de los binoculares del alemán, y no erró el disparo”.

En este punto, la leyenda, impulsada por Stalin, empezó su camino…

Se corrió la voz de que los soldados nazis, aterrados por la francotiradora, le ofrecían a los gritos que cambiara de bando, prometiéndole una lujosa vida futura.

Nota completa: https://www.infobae.com/america/mundo/2017/10/29/la-increible-historia-de-la-francotiradora-ucraniana-de-26-anos-que-mato-309-soldados-nazis/