Guillermina Ortega, creadora de conciencias

27 octubre 2014 | 14:25 hrs |

COATEPEC.-  Fuerte, femenina, intuitiva, humana y espiritual; vinculadora del arte contemporáneo con el arte tradicional indígena por el respeto y admiración que le tiene a este último y con un talento envidiable, así es la artista veracruzana Guillermina Ortega.

Gracias a su destacado trabajo en colectividad con curadores y artistas nativos en conjunto con la naturaleza, crea obras y videoinstalaciones con un planteamiento de revaloración hacia los antepasados indígenas, que muchas veces son discriminados. Es una creadora de conciencias.

Con su última obra Mirar la raíz, nutrir la fuente, nos hace, por un momento, voltear a ver nuestro yo interno y preguntarnos con qué fin estamos en este mundo.

De abuelos nahuas que migraron de la Huasteca hidalguense y poblana hacia Poza Rica, Veracruz, en los años 30, Guillermina Ortega es oriunda de Poza Rica y egresada de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), así como de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) con estudios en Historia y Artes Visuales.

Su gusto por el arte se dio desde niña, cuando veía con agrado y sorpresa las pinturas que traían las cajas de cerillos en la época de los 60, preguntándose quién realizaba esas obras.

Esa curiosidad, a los 10 años, la llevó a estudiar dibujo por correspondencia después de inscribirse por correo a una escuela en México, gracias a unos cupones que venían en la contraportada de una revista.

“Cuando era niña, en mi tierra, no existían las casas de cultura; entonces en las cajitas de cerillos aparecían pinturitas, y de ahí nació mi gusto, preguntándome quién hacía esas pinturas; lo único a lo que uno tenía acceso en esa época era una caja de lápices de colores Fantasy y te la pasabas dibujando.

“Me acuerdo que en la revista Alarma, en la parte de atrás salía un cuponcito que decía: ‘Estudia dibujo por correspondencia’; entonces, recorté a los 10 años el cupón y lo mandé por correo. De regreso me llegó todo el paquete con papeles para estudiar dibujo; yo corrí a ver a mi papá para mostrarle el paquete, y me preguntó a qué hora hiciste esto”, comentó.

Sin embargo, por vivir en los años en que el petróleo en la zona era el auge y lo que impulsaba a la gente a pensar en una mejor vida, su padre no le permitió estudiar una carrera en artes debido a que esta no era algo que viera redituable; aparte en Poza Rica no existía nada relacionado con la cultura.

Al terminar la preparatoria, en 1978, se mudó a Guerrero, donde ingresó a la universidad a estudiar Turismo, empero, debido a la situación que pasaba el estado de Guerrero por los conflictos de las guerrillas en contra del gobierno, decidió mudarse al Distrito Federal, en donde a su llegada quedó deslumbrada por las exposiciones y movimientos artísticos que albergaban los museos, galerías y calles de la ciudad, por lo que en 1983 decidió realizar los exámenes de admisión en el colegio La Esmeralda y a la UNAM.

“En Poza Rica solo existía Medicina, Química y Trabajo Social; me fui a la Universidad de Guerrero en el 78, cuando llegué se cumplieron cuatro años de haber matado Lucio Cabañas, todavía estaba reciente eso, la situación estaba muy fea y yo no me sentía a gusto viviendo ahí; me voy al DF y ahí llego a ver exposiciones en el Palacio de Bellas Artes, en los museos y un día en 1983, me inscribo para hacer mi examen de admisión en el colegio La Esmeralda, antes me metí a la UNAM a estudiar Historia, hice los exámenes y me aceptaron”.

Es así como comienza su travesía por el mundo de las artes plásticas, estudiando y observando a los artistas egresados trabajar en la calle, creando y viviendo el arte a su manera; pues aunque la escuela era muy conservadora y disciplinada, fuera de ella el panorama de las artes plásticas en el DF era extenso y existían artistas irreverentes para su época, como Eloy Tarcisio, quien dejó huella en Guillermina luego de ver sus instalaciones de pencas de maguey con sangre, que a pesar de ser pintor egresado, sus obras se alejaban de las reglas establecidas para crear trabajos diferentes.

Con una visión amplia y clara sobre lo que quiere mostrar en sus obras y lo que quiere lograr como artista e investigadora, en 1985 empieza a trabajar y colaborar en distintos institutos, como el Instituto Nacional de Bellas Artes, en la Galería José María Velasco en Tepito, el Instituto Veracruzano de Cultura, la Casa de Cultura de Poza Rica, el Consejo Veracruzano de Arte Popular, el Centro Estatal de las Artes “Hugo Argüelles” y la Casa Salvador Díaz Mirón en el Puerto de Veracruz.

Dejar el DF a principios de los 90, para ella fue difícil, y más regresar a su natal Poza Rica en una época en donde los cambios políticos de descentralización en México dejaban fuera a muchos lugares de Veracruz en al ámbito de la cultura, pues instituciones como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) ni siquiera volteaban a ver el estado a excepción de Xalapa que había tenido un auge cultural a partir de los 70.

Ver los temas sociales durante su estadía en Guerrero, luego, durante sus estudios y trabajos en el DF ver el universo de artistas plásticos, así como  ser parte de la evolución cultural en el estado de Veracruz la dotó de grandes experiencias que le servirían de sustento para sus trabajos colectivos y no quedarse como artista individual.

Sabe que en este ambiente la gente que se estanca, no evoluciona, por eso ella quiere seguir desarrollándose, continuar con estudios, investigando y arriesgándose con sus proyectos especiales.

Su exploración la ha llevado a crear proyectos especiales como curadurías, ambientaciones, ofrendas, festivales, programas culturales y tutorías artísticas.

Del 2000 al 2012 colaboró en el Festival Cumbre Tajín; del 2008 al 2012 colaboró con el Centro de las Artes Indígenas y el Museo Nacional del Indígena Americano (Smithsonian Institution) realizando curadurías de Arte Indígena.

En el 2013 realizó un Intercambio artístico en Canadá Creation de Ouvres d’Art Installatives, con la colaboración del Consejo de las Artes Canadiense.

En Canadá conoció un grupo de curadores indígenas contemporáneos que trabajaban a conciencia la colectividad para mostrar al mundo su arte ancestral, que durante mucho tiempo se tuvo en el olvido e incluso era rechazado; este encuentro hizo que el interés por sus antepasados cobrara más realce.

Siempre ha tenido un gusto y fascinación por las artes indígenas, lo que la ha llevado a trabajar con alfareros, curanderas, artistas y artesanos nativos de las comunidades que actualmente existen en México y Veracruz; este último intercambio le transformó la vida,  y es lo que la llevó a ver hacia su interior y hacer visible su historia a través de su obra que la focaliza en identidad, memoria, descolonización y geografía, en esa raíz que volverá a nutrir la fuente, esa que se ha perdido en la búsqueda de nacionalización inexistente posterior a la Revolución Mexicana, como Guillermina Ortega lo menciona.

Por eso incorpora hilo y aguja en la intervención de las fotografías de su obra añadiendo piedras, monedas y espejos; pues el hilo y la aguja han estado presentes en todos los grupos indígenas del mundo “no hay nada mejor que estas herramientas para simbolizar lo cotidiano de nuestros antepasados que con esto creaban sus vestimentas, sus trajes”; por eso la indumentaria de las comunidades los transforma en pantallas para proyectar videos, creando una mezcla del pasado con el presente.

“Las dos videoinstalaciones, uno de los motivos para realizar estas, es porque la videoinstalación es la parte tecnológica y entonces yo lo vinculo con esto que son símbolos, como la tierra y la cultura; entonces lo que yo hice fue quitar el monitor o pantalla de proyección como siempre se hace, y empiezo a intervenir indumentaria”, relató.

En la actualidad, Guillermina Ortega mezcla toda el arte tradicional indígena con la tecnología moderna, para crear historias, mostrándonos cómo nuestra herencia se puede incorporar a la modernidad para transformarnos como personas y ver el camino que tendremos después de ver nuestras raíces de las que provenimos. Pues en este mundo tan cambiante, en el que todo es efímero hay que voltear a verse de vez en cuando para saber quiénes somos y de dónde provenimos.

“Ahora que estudio sobre arte y es teórico todo esto, es entender mi propia generación en el arte tanto e México como en Europa y por qué somos lo que somos, por qué hacemos lo que hacemos y cómo eso lo estamos viviendo en un momento que ya las cosas cambiaron, se llama esto tiempo líquido, todo es efímero y  ya todo aburre aparentemente”.