¿Estamos preparados para morir?

Trasponer el umbral entre la vida y la muerte es el todo y la nada, sin embargo esa línea intangible, tan lejana y mediata, tan real y tan etérea, no la tenemos prevista jamás

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31 octubre 2017 | 11:03 hrs | Manuel Carvallo

¿Cuánto cuesta morir?

Trasponer el umbral entre la vida y la muerte es el todo y la nada, sin embargo esa línea intangible, tan lejana y mediata, tan real y tan etérea, no la tenemos prevista jamás. Creemos que a uno no le va a pasar o que tardará mucho tiempo en que ello ocurra; desafortunadamente cuando nos toca el turno no estamos preparados para un “buen morir” y, en la mayoría de los casos, ni siquiera para ser sepultado dignamente.

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A ese cambio tan radical y profundo que causa repercusiones morales y sentimentales, hay que añadir el factor económico, que si bien en esos momentos nadie toma en consideración, es de vital importancia pues afecta de manera determinante a los deudos.

De ahí que surja la interrogante…

¿Cuánto cuesta morirse? O, mejor dicho ¿Cuánto le cuesta a la familia del difunto? máxime si hubo una larga estancia hospitalaria producto de una prolongada agonía que acabó con la economía familiar.

Para cumplir con esa cita inaplazable, hay muchos caminos. Algunos llegarán en limosina de súper lujo, otros en la modesta carroza de la funeraria de la esquina y otros más, en la temida y nunca deseada “Muertera”, esto es la camioneta fúnebre del Servicio Médico Forense, cuya patrona y diosa “Coatlícue”, de nuestra cultura azteca, se yergue majestuosa a la entrada del anfiteatro de cualquier ciudad.

Si se trata del deceso de algún personaje del “Jet Set”, el costo del sepelio, dependiendo del féretro, podría elevarse considerablemente, pues mientras que en las funerarias de alcurnia, el entierro más económico es de 40 mil pesos, si la caja es metálica, pero se eleva hasta 360 mil si el ataúd es de maderas preciosas.

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En cambio, en una funeraria sencilla, el costo es desde 6 mil 300 pesos o hasta 14 mil, si la caja es de pino.

Aunque cabe aclarar que los costos siempre aumentan por diferentes causas: sobre todo por la agilización de los trámites, la mortaja del difunto, al que siempre hay que “arreglar”, pese a que su muerte haya sido tranquila y en su casa, un pulman extra; candelabros, arreglos florales, cualquier pretexto es válido para elevar el precio original.

Ahora bien, esos costos son para aquellos que tuvieron la buena fortuna de fallecer en casa, asistidos por el médico de familia y con la seguridad de obtener el consabido certificado de defunción o bien en un hospital, cuyo personal médico también dé fe de las causas de la muerte.

Pero… Si por favor se le ocurrió salirse a la calle para morir en forma violenta, ya sea por asalto, atropellado, etcétera, entonces la situación cambia diametralmente. Su cuerpo, en calidad de desconocido, será llevado inicialmente al anfiteatro de la delegación que le corresponda donde permanecerá 24 horas, en espera de ser reconocido.

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De inmediato, el Ministerio Público se comunicará con su “muertero” favorito, esto es el que mayor comisión le dé y le informará que ya tienen un “cliente”. El funcionario y el funerario estarán pendientes cuando sea identificado el difunto, para enseguida ofrecerle los servicios. Si los deudos aceptan sin chistar, los trámites serán rápidos y, mediante una buena cantidad, hasta con suerte pueden evitar la autopsia.

No obstante, si los familiares no aceptan, las cosas se complican y los precios comienzan a elevarse. La averiguación previa queda continuada, no hay médico legista, faltan testigos, los documentos de identificación son insuficientes, etcétera, de tal suerte que hasta que los deudos estén “convencidos” de las bondades del “muertero” y de su compinche, el MP en turno, entonces todo se arreglará.

Sin embargo, los gastos apenas empiezan. En el velatorio los estarán aguardando, como aves de presa, curas “piratas”, eso sí, con sotana, rosario, misal y demás aperos sacerdotales para ofrecer sus servicios por el eterno descanso del difunto. En la misma funeraria, habrá imágenes religiosas y, en algunas, hasta réplicas de “El Santísimo”, reliquia que representa lo más sagrado dentro de la religión católica.

En todo velorio que se respete deberá haber café y con “piquete”, desde luego, máximo si al difuntito le gustaba el trago y la rumba, sobre todo si era jarocho.

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Por aquello del qué dirán, tendrá que haber pan, alimentos y lo necesario para que la afluencia, regularmente copiosa, quede satisfecha. En principio todos tendrán cara larga y triste, de acuerdo a las circunstancias, pero conforme haga su efecto el “cafecito”, comenzarán las anécdotas, luego los chismes obligados y después los chistes que irán subiendo de color hasta que aquello se convierta en un jolgorio.

En el panteón estarán esperando a los deudos, además de los enterradores, unos verdaderos psicólogos, venidos a músicos. Estos, informados previamente, sabrán quién es el difunto. Si es un bebé, un niño o una niña, los norteños o mariachis, sin que nadie los llame, llegarán en los momentos cumbres del sepelio, entonando la canción “Osito de Felpa”.

Si fue la mamá o la abuela: “Amor Eterno” y si acaso el jefe de familia denota aficiones etílicas, entonces “Por el amor a mi madre”: si se trata de algún hermano, quizá “Te vas Ángel Mío” o si fue un amigo, la canción obligada es “Cuando un amigo se va”; el caso es dar justo en el punto sentimental para que los deudos, ya entrados en gastos, se suelten pidiendo las canciones que le gustaban al muertito y seguramente de ahí el duelo terminará en improvisada cantina. Esto solo pasa en México, lugar único en el mundo donde nos reímos de la muerte.

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Concluido el entierro, en cuya fosa no cabrán las flores y coronas, quizá producto del remordimiento, se pasará a los preparativos para los gastos que siguen, como la novena y sus rosarios y, desde luego, la “levantada de Cruz”, no hacerlo podría complicar la llegada del difunto ante la presencia divina, dicen.

Es común que al ser querido se le vista con lo mejor para su último viaje y si tenía alguna prenda o alhaja que le gustara o que usara regularmente, acompañe a su propietario, aunque también es común que algunos sepultureros, si no es que la mayoría, estén muy atentos observando cuidadosamente qué objetos de valor lleva el muertito, para en la primera aligerarlo de lo que ya no le será útil.

Empero, si el occiso dispuso que se le cremara, los gastos se reducen considerablemente, hasta en un 50 por ciento, pues si se llega a un acuerdo con la funeraria, hasta es posible conseguir la caja alquilada, aunque lo prohíba la Ley de Sanidad. Total solo pasa en México.

En muchos de nuestros pueblos, lejos de ser un hecho triste se convierte en un verdadero festejo, pues consideran que pasarán a mejor vida. La celebración durará varios días, con los consabidos gastos que ello implica, pero no cumplir con las tradiciones, con los usos y costumbres, significa un deshonor para la familia y eso no es posible, ejemplo claro en la mayor parte de los municipios de Chiapas y Oaxaca, y alguno que otro de Veracruz.

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Para emprender el viaje sin regreso, también hay sofisticados ataúdes con dispositivos electrónicos, para los rarísimos casos de catalepsia (trastorno nervioso que causa rigidez e inmovilidad) que causan una aparente muerte.

Timbres dentro del féretro, lo mismo que en la cripta, luces de alarma y demás aditamentos para que si “el muerto revive” pueda hacérselo saber a su familia. Su precio es millonario y hasta la fecha, no se sabe de algún caso en el que el difunto haya accionado dispositivo alguno.

Mención aparte merece los difuntos del mundo de los narcos, donde el lujo, la ostentación y el derroche no tienen parangón.

Uno de esos narco cementerios es el de Jardines de Humaya, en Culiacán, Sinaloa, donde reposan algunos de los restos de los más sanguinarios capos del narcotráfico.

Solamente un nicho, cuesta 50 mil pesos, pero como la gran mayoría acostumbra erigir un mausoleo en recuerdo de su ser querido, el precio es de varios millones de pesos, por sus acabados de maderas finas, escaleras de mármol, cúpulas y acabados en oro.

Hubo el caso de Arturo Beltrán Leyva, “El Botas Blancas” o “El Barbas”, que dispuso fuera enterrado en un ataúd bañado completamente en oro y con sus joyas más valiosas.

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Similares gustos tuvo Ignacio “El Nacho” Coronel Villarreal, tío-suegro de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, que también fue sepultado en un féretro de oro, lo mismo que Lamberto Quintero, tío de Rafael Caro Quintero.

Hablamos de faraónicos mausoleos que como si fueran residencias, cuentan con aire acondicionado, wifi, circuito cerrado, vitrales, salas de estar, recámaras, baños, cocina, comedor. Se trata de que cuando los deudos visiten a su difuntito, no sufran incomodidades, de tal manera que muchas veces el aniversario luctuoso termina en todo un jolgorio, con vino, drogas y la obligada música de banda.

Desde luego que todos esos caminos para dejar este mundo son muy caros, pero siempre hay otra vía, quizá un tanto cuanto tortuosa, pero eso sí, es seguro que el entierro saldrá totalmente gratis:

¡La fosa común!

Para llegar a este tétrico lugar, tendrá que morirse en la calle y no ser identificado.

Su cuerpo será llevado al Servicio Médico Forense, donde permanecerá 15 días en espera de que pueda ser reconocido, de no ser así, entonces se le destinará a la fosa común, pero si el cuerpo quedó “aprovechable”, esto es que sirva como material de estudio, entonces comenzará el peregrinar del difunto de cuando menos seis meses, en alguna facultad de medicina, durante los cuales será sujeto a estudios y disecciones que terminarán por convertirlo en un despojo.

Una vez que ya no sea útil, será regresado al Semefo y de inmediato pasará a formar parte de “la carga”, término peyorativo que se le da a un promedio de 20 muertos, entre los cuales figuran fetos o recién nacidos, cuyas madres abandonaron en basureros, y demás restos de quienes no fueron identificados.

No habrá carroza para cada uno de ellos, viajarán en una sola camioneta conocida como “La Muertera”: una ambulancia del Semefo destinada únicamente para esa clase de transporte. Ninguno llevará ropas, todos irán desnudos y, como si se tratara de pollos, hechos bola, como si formaran un nudo, serán retacados en el vehículo. Completada “la carga”, enfilarán hacia alguno de los panteones que cuenten con dicho servicio.

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Al llegar, la camioneta se estacionará por la parte trasera junto a una especie de alberca de tres por tres metros. Sin mayores preámbulos, sin responsos ni rezos, flores ni nada, los trabajadores, provistos con mascarillas por los gases que despiden los restos en descomposición, al bajar seguramente apartarán con los pies algunos huesos, cuero cabelludo u otros restos de entierros anteriores y con bielgos o rastrillos de jardinería, como si se tratara de rastrojo, jalarán los cuerpos hasta hacerlos caer a un costado de la fosa.

No habrá delicadeza ni contemplaciones y una vez que fueron repartidos en la superficie de la tumba colectiva, se les cubrirá primero con una capa de cal, después con otra de productos químicos para acelerar el proceso de descomposición y finalmente otra de tierra. Pasados los 15 días, los químicos ya cumplieron su cometido y la fosa estará lista para recibir otra “carga”.

Pero si bien este es el lugar de los olvidados, hay otros, como el panteón de San Fernando Rey, uno de los más antiguos del país,

Localizado en Guerrero e Hidalgo, a espaldas de la iglesia de san Hipólito y San Casiano, templo mayor de San Judas Tadeo, que poseen un gran acervo histórico y donde descansan los restos de próceres de la Revolución y de muchos personajes célebres.

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Ahí está la tumba de Benito Pablo Juárez García, “El Benemérito de las Américas” y a menos de 50 metros, están los restos de quienes fueran sus más odiados enemigos: los generales Miguel Miramón Tarelo y Tomás Mejía Martina de Amoles, fusilados por órdenes suyas en el Cerro de Las Campanas, junto con el emperador Maximiliano de Habsburgo.

También se encuentran las tumbas del general Ignacio Zaragoza, de Ignacio Comonfort de los Ríos y de uno de los principales pilares del periodismo: don Francisco Zarco Mateos, cuya lema siempre será vigente:

“La prensa no sólo es el arma más poderosa contra la tiranía y el despotismo, sino el instrumento más eficaz y activo del progreso y la civilización”.

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Empero, de una u otra manera todos, sí, todos tenemos una cita inaplazable con ella, algunos le dicen la muerte, otros la parca, algunos más la santísima, pero todas son la misma, la cual seguramente a todos nos gustaría eludir, sin embargo sabemos que es imposible y que ninguno de nosotros tenemos prisa por ir a su encuentro, salga caro, barato o regalado el sepelio.

Feliz Día de Muertos.