Esos cumpleaños

25 marzo 2016 | 10:22 hrs |

Por Gilberto Haaz Diez

*Cuando voy a una fiesta, al pasar una hora me quiero ir, me parece estar perdiendo el tiempo, pienso que estaría mejor en casa viendo un buen partido de fútbol o un buen combate de boxeo…Las cosas sociales me aburren. Coincido con escritores que hablan mal de otros escritores; suelen ser autores menores, claro, porque los escritores realmente buenos no son envidiosos. Lobo Antunes.
Camelot

Los personajes mexicanos, los picudos en la política suelen dar la nota más por lo social que por su trabajo. Porque la política, según Groucho Marx: ‘es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados’. Sucede que el barbón Diego Fernández de Cevallos, rico entre los ricos, hizo su fiesta de cumple hace poco, el 12 de marzo. Se asemejó mucho a aquella del gran escritor Truman Capote. Va la historia. Un 28 de noviembre de 1966 se realizó el Black and White Ball, o Baile en Blanco y Negro, histórica reunión social que Truman Capote organizó en el hotel Plaza de Nueva York. Las invitaciones, enviadas a principios de octubre sólo a 500 elegidos del escritor, decían: “En honor de la señora Katharine Graham (dueña del Washington Post), el señor Truman Capote se sentiría muy honrado con su compañía para el Baile en Blanco y Negro el lunes 28 de noviembre, a las 10 de la noche, en el gran salón de baile del Plaza”. Más abajo se especificaba el dress code: Caballeros: traje de etiqueta negro y máscara negra. Damas: vestido de noche, negro o blanco. Máscara blanca; abanico. Y una verdadera fiebre se despertó entre aquellos que no habían recibido su salvoconducto a una fiesta que los diarios neoyorquinos no sabían si catalogar como la del año, de la década o del siglo. Ese había sido un año muy especial para el escritor. En enero había aparecido In Cold Blood (A sangre fría), novela basada en el asesinato de la familia del pueblo de Kansas, que se destacaba, entre otras cosas, porque, aunque escrito en forma novelada, todo lo que ahí se contaba no procedía de la imaginación del escritor, sino de sus investigaciones, de la realidad. Ahora se sabe que fueron seis años de trabajo que minaron el espíritu de Capote, en especial por haber asistido a la ejecución en la horca de los dos asesinos. Esa noche lluviosa, la ciudad entera se cubrió de glamour. La pasarela por la que cantidad de celebridades entraron a la fiesta con sus mejores galas atrajo la atención de cámaras de televisión, casi 200 fotógrafos, toda la plana mayor de los columnistas de moda y una multitud de curiosos. Por ahí desfilaron Frank Sinatra y su flamante mujer, Mia Farrow; Andy Warhol, Sammy Davis Jr., Tennessee Williams, Marlene Dietrich, Nelson Rockefeller, Henry Fonda, Greta Garbo, Oscar de la Renta y el marajá de Jaipur. Los invitados procedían prácticamente de los cinco continentes. Pero el que menos pasó desapercibido fue Norman Mailer, que llegó a proponer al asesor de seguridad del entonces presidente Lyndon Johnson continuar en la calle una discusión sobre Vietnam. Una de las mejores definiciones de la fiesta la dio un reportero de televisión: “Sabemos que usted no es lo suficientemente rico ni socialmente importante como para ser invitado; si no, no estaría mirando ahora las noticias”.

LA DEL JEFE DIEGO
Le han llamado Jefe Diego porque, en tiempos del presidente Salinas, cuentan que después del presidente él mandaba en la comarca. Hizo su fiesta como la de Capote, pero ésta en un rancho de Guanajuato. Nada del hotel Plaza de Nueva York. Si usted visita ese mítico hotel, entre y tómese un café y luego baje rumbo a los baños, por allí hay cuadros memorables colgando de la fiesta de Capote, con todos aquellos picudos. La del Jefe Diego, según sus decires, invitó a ricos y pobres. Aunque los pobres se habrán quedado a cuidar los autos en las afueras o a revisar la ordeña nocturna de las vacas. La quiso hacer muy en la secrecía, pero Xóchitl Gálvez, delegada de Miguel Hidalgo, invitada también, que es desmadrosa, la metió a su Periscope y la fiesta brilló. Había picudos como los dos Charlis: Carlos Slim Helú y Carlos Salinas de Gortari, expresidentes como Felipe Calderón, el rebelde Cardenal Norberto Rivera, que está en espera que el Papa Francesco le saque tarjeta roja y lo jubile y se vaya a atender a los ricos, porque Francisco quiere curas para los pobres; José Córdoba Montoya, marcado por el crimen de Colosio, Jorge Castañeda, Porfirio Muñoz Ledo, entre otros. Descubierto por Periscope, Diego dijo tajante: “No me avergüenzo de mis amigos”. Pos no, porque iba a avergonzarse si son los que mandan, en la banca, en la política, en los rezos: “A esas comidas que hago anualmente van ricos y pobres, van funcionarios y van profesionales, van militantes de partidos y simpatizantes; de todas las ideologías, de todas las religiones. Entonces, yo digo que no tiene por qué asumirse que si yo estoy platicando contigo, tú tienes que pensar igual que yo y yo igual que tú; pues al revés: puede ser la diferencia la que me da la riqueza a mí, de ver cómo piensas tú diferente en algunos temas y cómo me puedes dar ideas para que yo cambie o mejore, y viceversa”, dijo Diego. Se vio además a Jose Antonio Meade, que debe andar repartiendo ayuda a los pobres y dejar a los ricos en paz; el presidente del senado, Roberto Gil Zhuart, el amigo de Yunes, Ricardo Anaya, gobernadores y exgobernadores, el Producto Interno Bruto del país en la política. Si un accidente hubiera ocurrido, dejan sin medio gobierno al país. Aquí, como en aquella neoyorkina fiesta de Truman Capote, si usted no fue requerido, no se preocupe, no es nadie todavía, quizá el año que entra, en la misma fiesta, mismo lugar pero no la misma gente.

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