EN LA HABANA (PARTE II)

29 noviembre 2016 | 10:56 hrs | Columna

Por Gilberto Haaz Diez

*De Machado: “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Camelot

Aquel viaje a esa Habana, a Cuba la bella, me hizo recordar momentos muy veracruzanos. Si uno llega a ese pueblo, que tenía un ‘dictador brutal’, como lo llamó el pelos de elote, Donald Trump y que, por ese comentario, se vaticina que de ahí no pasaran las aperturas de Obama para tener vía libre, esa Habana es muy veracruzana. Sus calles, su gente, sus balcones, bueno los cafés La Parroquia de allí vienen, cubanos sin duda. Llegué y me hospedé en un Meliá, que no tienen los hoteles con la limpieza de los americanos y españoles, porque estos en Cuba están obligados a que, tú inviertes, pero son ellos los que los operan, y por eso las quejas de que no tienen la calidad de servicios. Pero viendo lo positivo se la pasa uno chévere. Entrando al hotel encontré a tres chicas, estaban en el lobby, pajarean por los clientes, el Infante Gustavo, mi sobrino soltero, se quedó a platicar con ellas un buen rato. Qué quieren, les dije, me pidieron dos sándwiches, porque traían hambre. Guapas las canijas, como las cubanas de siempre. Fidel Castro muere y deja dos sentencias. Aquella de que la historia lo absolvería. En la FIL (Feria Internacional del libro) de Guadalajara, el gran reportero Juan Cruz, del diario El País, pidió al Nobel Mario Vargas Llosa un comentario de esa muerte. Vargas Llosa lo reprobó: “A Fidel Castro no lo absolverá la historia”. Villoro y Enrique Krauze, por igual. En su tiempo, para los intelectuales Fidel era su Mesías, su máximo, con el tiempo perdió a todos, el único que le aguantó vara  y quedó leal fue Gabriel García Márquez, pero todos huyeron de su salvajismo. Es muy clásico aquel escrito del otro Nobel, José Saramago, quien le asestó un ‘Hasta aquí he llegado’: “Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo. Disentir es un derecho que se encuentra y se encontrará inscrito con tinta invisible en todas las declaraciones de derechos humanos pasadas, presentes y futuras. Ahora llegan los fusilamientos. Secuestrar un barco o un avión es crimen severamente punible en cualquier país del mundo, pero no se condena a muerte a los secuestradores, sobre todo teniendo en cuenta que no hubo víctimas. Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí he llegado”.

EN LA HABANA

Caminé por todos lados, fui a Finca Vigía, donde Hemingway presumía a sus invitados y les decía que tocaran el agua de su alberca, “para que sientan la piel desnuda de Ava”, la gran Ava Gardner, cuando Sinatra lloraba por sus amores y ella se empiernaba con el torero Luis Miguel Dominguín, papá del cantante Bosé, solía nadar desnuda en esa alberca, en esa casa donde Ernest escribió El viejo y el mar. Había pobreza y mucho interés de las jóvenes por los celulares y el Internet. No tenían para pagarlo, la tecnología se les ocultaba por ese bloqueo terrible. Platiqué con gente de la calle y supe de sus carencias. Fui a la casa de Ciro, el chofer, quien invitó un tentempié y un ron cubano con su familia, viven como las casas de Infonavitt nuestras, pero tienen una ventaja, cuentan con gran seguridad, allí no hay feminicidios ni levantones, ni policías corruptos ni agentes de tránsito mordelones, no saben qué es eso, no hay bandas de narcos ni siquiera narcocorridos, viven para su deporte, un día paseando por el malecón pedí al taxista se detuviera, quise ver como entrenaban en un pequeño campo de béisbol a unos chamacos de 7 a 12 años, en béisbol son grandes. Tienen a su favor la gran medicina cubana, fui a un hospital en busca de esa famosa del cáncer, el alacrán azul, y otro de la piel, el vitíligo, un amigo tenía cáncer y me pidió ir por una dosis, la obsequian, pero debí llevar receta de qué tipo de cáncer padecía. Manuel Lila de Arce ejerció la medicina allá un par de meses, fue de invitado antes de ser Secretario de Salud, para conocer el desarrollo medicinal, y me habló mucho de esos médicos que son héroes. Comí con uno de ellos, le invité al Templete, un restaurante español de primera, ese médico que era una lumbrera no tenía coche, llegó con uno prestado de un amigo, un carro viejito y destartalado que apurado rodaba. ‘¿Puedo llevar a mi esposa y a mi hijo?’, pidió cuando le llamamos por teléfono. Su hijo era un muchacho de 18 años que en su rostro se veía la tristeza. Este médico cubano salía mucho de la Habana a dar conferencias. Le dije por qué no te vas con tu familia, tú con tu talento en México tendrías casa y dos autos, mínimo. ‘No puedo’, respondió, ‘a mi hijo nunca lo dejan salir’. Eran los rehenes de esa Revolución que se forjó a fuerza del poder y miedo de las dictaduras. Otra, me pidió permiso si podía comer carne, le dije que pidiera lo que quisiera. La comían poco. Igual que al chofer Ciro, como mi sobrino Gustavo tiraba la hueva y no se levantaba, invitaba a Ciro a desayunar. Ciro cuando vio las pilas del jamón preguntó si podía tomarlas, come de todo, Ciro, solo con cuidado, no te vaya a pasar lo que a Macario, aquel personaje que Lopez Tarso llevó al cine y por comerse un pavo, le fue como en feria.

La Habana tiene su encanto. Uno visita todo, el Tropicana, famoso por sus bailarinas. Otra tarde caminaba por su centro histórico y en uno de eso bares cafés una mulata cantaba música de Toña la Negra, cuando nos descubrió cantó el Veracruz de Lara y se acercó a saludar. Me dijo que había conocido a Toña la Negra, y era su máximo. Anduve por todos lados, La bodeguita del medio, lugar clásico fundada en 1942, para un mojito y para tomarse la foto.  Irse a tomar una copa al hotel El Nacional, sitio que exhiben fotos de todos los artistas de Hollywood que allí se hospedaban, antes que el barbón los hiciera huir, los sitios donde la Mafia americana liderada por Meyer Lanski, en 1959, comenzaban a instalar los casinos y, cuando no pudieron, fueron a crear Las Vegas. Hay tristeza en algunos viejos de Cuba. Los jóvenes, como que les vale. En la Little Havana (pequeña Habana) de Miami, sitio donde una vez caminé y platiqué con esos viejos cubanos que allí viven, añorando a las 90 millas las luces de la Habana, jugando al dominó y ahorcándose la mula de seises, ellos ayer festejaban. Había júbilo en las calles. Esos cubanos le aborrecían y muchos desearon su muerte.

Fidel pasa a la historia. Ya lo han juzgado, creo, y los números no saltan a su favor. Todos los dictadores, a la mitad de su camino, terminan por ser odiados, se les pasa la mano en muertes y ejecuciones, pero la historia así es, la historia es una gata que siempre cae de pie, decía otro cubano escritor, Eliseo Alberto.

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