En Ciudad de México (parte dos)

5 octubre 2017 | 10:35 hrs | Gilberto Haaz Diez

De Mandela: “Yo no tenía una creencia específica, excepto que nuestra causa era justa, era muy fuerte y que estaba ganando cada vez más y más apoyo”. Camelot.

Entro a la ciudad. Luce triste. Huele a temblor. Por doquier las caras lucen de otra forma. Recuerdo que cuando los terribles sucesos de Nueva York, a la caída de las Torres por los paisanos de Nemi, la gente cambió, se estrechaban en los abrazos, se miraban a la cara. Las tragedias suelen unirnos, como aquí ocurrió. Tú hueles a tragedia, tierra mía, diría el Vate. Prendo mi GPS y me mete mal. Me manda a Insurgentes sur hasta el fondo. Lo apago, medio conozco la ciudad. Iba a la Ifetel (Instituto Federal de Telecomunicaciones), en Insurgentes Sur 838, y llegué media hora después, una cita con dos servidores públicos me abrieron los ojos para un asunto que había que destrabar. Trepé a un edificio de estos llamados inteligentes, los que te hablan, para entrar hay que poner como en el Metro la identificación, luego me subí (en mi aldea no hay de esos, solo uno en L Orbe y otro en el Seguro Social) y me amarchanté y no piqué el piso, subió al cuarto, salí y le puse ir al seis. Me dije, como el ínclito: ‘Paciencia, prudencia, verbal contingencia’, y salí de allí como campeón, como cuando Ronaldo mete su gol en el Real Madrid. En la zona donde recorrí no había siniestros. Ni siquiera cuarteaduras. La bella y señorial Insurgentes y luego el afamado Paseo de la Reforma, calles que envidian los mismos Champs Elysees de París, hacen ver a esta ciudad que se conmovió con el llanto de la inexistente niña Frida Sofía, y el renacer de esos jóvenes llamados Millennials, que pusieron el ejemplo al país, y al mundo. Un poco mucho como aquella Sociedad Civil, que nació cuando el presidente Miguel de la Madrid apanicado no salía de las cuatro paredes de Los Pinos, escondido entre los rincones, temeroso que alguien lo viera, como cantaba Cri Cri. De allí a Reforma 222, donde está la gran librería Porrúa. Fui por un par de libros, “Nadie me verá llorar”, de Cristina Garza, y “Los primeros cuentos”, del gran Truman Capote. Allí surgió el incidente. Sucede que las laterales de la calle Reforma, las han achicado, mas angostas para dar paso a cientos de ciclistas, que ahí andan en sus biclas, las rudimentarias y ahora las que alquilan y tienen motor y andas más rápido y confiado. Parecen estampas londinenses. Allí se metió un camión de batea grande, de los que no deben circular, y nos metió un rozón. Jorge, el chófer se paró como de rayo y a esperar a los aseguradores. Era un pequeño rozón, nada de importancia, pero perdimos un par de horas allí y mejor opté por irme, comer en ‘Que chula es Puebla’, un molito rico y a mi aldea, para que no llegara la noche, porque en la noche todos los gatos son pardos. Y el miedo no anda en burro.

 LA OBRA DE PEÑA NIETO

 Debo decir, en contraste con todo lo que les he criticado, que la autopista Orizaba-Puebla-México, de la mugre Capufe, está muy bien, a un 90 por ciento rechinando de limpia. Uno trepa la Cumbre de Acultzingo o de Esperanza, y se ven los verdores y el Pico de Orizaba en su grandeza, visto desde la hermana república poblana. Cuando se llegaba a Chalco (Chalco cuyo nombre es de origen náhuatl, proviene de Challi: “borde de lago” y co: “lugar”, significa “en el borde del lago”), aquello era, hace 40 años, tierras de cultivo, comenzaron a llegar los paracaidistas y el presidente Carlos Salinas, con la venta de Mexicana, en aquel entonces, creo que en 700 millones de dólares, les llevó luz, agua potable, drenaje y comenzó a crearse una gran ciudad, que ahora debe tener un millón o dos de chalquenses al grito de la chamba, pues la mayoría trabaja en la capital. El paso de Chalco, el gobierno de Peña Nieto arregló esa carretera. Ahora se entra y sale en ocho carriles sin parar, dejaron a un lado los laterales para los chalquenses, y uno como yo, que comí en ‘Que chula es Puebla’, donde hay una gasolinera. El problema, y ojalá alguien le diga al presidente, no al inútil secretario Gerardo Ruiz Esparza, ese no arregla ni donde se acuesta, es que ya es una autopista de primera con el puente elevado de Puebla, obra del gobierno federal, donde se tardaba una hora para cruzar, ahora es de paga (55 pesos) y desembocas más rápido. El problema grave persiste, porque también los organismos empresariales de la región, Córdoba-Orizaba, han estado dormido, todos, Canacos y Canacintros y Consejo Coordinador Empresarial, cuando se paga la caseta de Esperanza, hay que apretar aquellito porque normalmente al bajar siempre hay neblina. En invierno, debía el presidente mandar al inútil Ruiz Esparza manejando, a que la baje él solo y va a ver si no lo soluciona. Se pueden hacer dos cosas, y no valen tanto con lo que cobran, una: ponerle luz de celdas solares a todo el tramo, o dos, ponerle reflejantes al piso, anoche mismo al bajar veníamos atrás de un camión de los doble tráileres, ese nos alumbraba el camino. Si las cámaras empresariales presionan a Caminos y Puentes Federales, seguro las instalan, por el bien de todos nosotros, que por allí descendemos, en esa bajada de la muerte.

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*Esta es opinión personal del columnista