El teatro es mirar al otro y a encontrarme con el otro: David Olguín

Su transformación, agradece, se la debe a la gente de teatro que lo rodea

David Olguín
7 agosto 2017 | 22:02 hrs | Ana Martina Ortiz León

Xalapa, Ver.- “Yo creo que ya podemos empezar”, pronuncia el dramaturgo y director de escena David Olguín, cuando ve a la última persona sentarse en el auditorio de la Galería de Arte Contemporáneo de Xalapa. Los ahí reunidos, que sacrificaron su tarde sabatina de asueto, quieren saber “¿Para qué sirve el teatro?”, el título de su conferencia.

No hay algún moderador o maestro de ceremonias que lea su semblanza o currículum. Se presenta a sí misma. Su voz profunda y modulada por los muchos años de ser “gente de teatro” concentra la atención y origina que ni siquiera se escuche el molesto murmullo de los clásicos impertinentes.

Su infancia en la colonia Guerrero, en la Ciudad de México, hace imaginar a un húngaro paseando por las calles con una gran osa de color negro o a los niños y a sus padres haciendo cola para entrar a las funciones de los circos Atayde o Unión, después de que el pregón anunciara por las calles sus llegadas, cercado por acróbatas vestidos con leotardos de colores brillantes y animales encerrados en jaulas.

“Si me voy a mis orígenes les diría que soy hijo de un hombre cuya formación alcanzó el tercer grado de primaria, obrero, migrante a los Estados Unidos, regresó a México se encuentra con mi madre que trabajó en un pequeño comercio desde sus seis hasta sus 92 años de vida y quien acaba de fallecer a principios de este año y hasta el último día de su vida prácticamente siguió con su pequeño barrio en la colonia Guerrero y asistiendo a ese mismo negocio”.

Narra mientras su voz se quiebra un poco. Ser lo que es hoy –explica– se lo debe a la mirada trágica, muy cargada de dolor y ensimismada de su padre, y la mirada muy práctica, muy pragmática y con los pies en la tierra de su madre, puestas en esa colonia popular plagada de tipos sociales interesantes y atractivos, “tiempos donde todavía la palabra se volvía relato, relato de boca en boca, anécdota popular y personajes callejeros que implicaban una teatralidad enorme”.

“Se los cuento porque es extraño ver que alguien que no creció en una atmósfera de libros ni tenía algún antecedente teatral familiar, de pronto decide dedicarse al teatro y tomar una formación libresca y, finalmente, por peripecias de la vida y demás hacer su vida en las artes. También se los cuento porque creo que el teatro es una manera de mirar en la medida en la que la misma palabra nos recuerda en su raíz griega la palabra mirador, el lugar desde donde se mira a otros hacer; y cuando pienso de dónde esa pasión por el teatro no puedo pensar más que en eso: en mi infancia y en esas dos maneras de mirar a los otros”.

Confiesa que el título de la plática “¿Para qué sirve el teatro?” se lo robó al dramaturgo francés Enzo Cormann, a quien escuchó hace 15 años disertar acerca de lo mismo y concluir que, tras el redoble de una música dramática y unos puntos suspensivos, que para nada.

Anuncia, como lo hacían en las antiguas tragedias griegas, que llegará a la misma hipótesis pero transitando diferentes caminos. En su primera respuesta recurre, de nueva cuenta, a los griegos y su idea de purga contenida en el concepto médico de la catarsis.

“De ahí vienen estas ideas del agonista, del que padece, el primer agonista, el protagonista, el antagonista, pero es esa idea del Agono, el que sufre y cómo el espectador, a través de la catarsis, encuentra una especie de equilibrio moral. Para los que lo ejecutan, los que agonizan, se abre uno de los terrenos más inquietantes, atractivos y perturbadores de la palabra teatro que tiene tanto tiempo en su haber, en su sentido, en su pasado y llega hasta nosotros aparentemente cuestionada sobre su futuro pero de enorme vigencia”.

La cara de David Olguín cambia al hablar de la educación sentimental, una tercera respuesta del para qué del teatro. Se debe a sus recuerdos de cómo creció yendo a interminables funciones de cine en que se proyectaban cinco o seis películas y de las frases que solía decir Ludwik Margules.

“Decía que la experiencia humana es como los barcos, que el actor tiene una especie de calado en su alma y en su comportamiento, lo cual no depende necesariamente de la edad, no depende necesariamente de la experiencia, depende de la manera de mirar. El teatro sirve para conocernos, para desconocernos, para mirarnos en el otro y a fin de cuentas explica muchas de las cosas que de pronto dicen los maestros de actuación que el teatro nos puede hacer mejor personas, sí, sin duda”.

La cuarta y última respuesta que detalla es la que considera al teatro como una técnica, un lenguaje y una poética, pues cada una de las acciones o de las artes que involucra: actuación, dramaturgia, puesta en escena, escenografía, etcétera, tiene esa triada de posibilidades.

“Es un lenguaje en la medida en que es una convención establecida y en Occidente nace con los griegos, que separa a los oficiantes de los espectadores, que llegan a construir un espacio de representación que en ese momento es un espacio al aire libre pero que recorrerá la enorme y larga lista de los espacios escénicos en el mundo occidental. Otra convención es cuando vemos a un señor que sale y da tres bastonazos y aunque hoy día no se usa más que en una obra de Molière o del Neoclásico Francés, inevitablemente pensamos en nuestras tres llamadas, eso va estableciendo un código así como lo es el Morse o el propio lenguaje”.

La técnica, aclara, implica aprender y dominar una serie de códigos ya establecidos; y la poética se refiere a “la voz personal de quien está utilizando esa técnica y ese lenguaje, es decir lo que en las viejas escuelas se hablaba de estilo. El estilo es el hombre, es la manera de ver muy personal y muy particular. El que hace teatro habla con la actualidad pero inevitablemente habla con una tradición, con aquello que está ahí remotamente enterrado en los lenguajes y en las técnicas”.

La frase de Chejov: “Sólo lo inútil tiene sentido” es la conclusión a la que llega y que explica con su propia trayectoria de 37 años de hacer teatro porque quiso ser actor para vivir otras vidas, “tener la tener la posibilidad de ser diferente de como soy”.

Es dramaturgo “por algo de nacimiento” y hasta el momento ha escrito alrededor de 25 obras; y ser director de escena le costó trabajo, pero “me hice a costa de voluntad, a fuerza de estudio y de pronto me pasó con el tiempo y con la edad algo de lo que alguna vez le oí decir a Enrique Singer, a propósito de los actores viejos: cualquier actor que llegue actuando a los 60 años es un buen actor. Yo diría que el tiempo y la edad tienen que ver con algo particular a propósito de la mirada del que dirige: me fui haciendo mejor director de escena”.

Reconoce que en sus inicios “era una persona muy egocentrista, muy metida a resolver problemas que traía en mí mismo, me tiraba demasiado al olvido, de hecho lo que empecé a escribir eran básicamente dramas existencialistas, dramas de corte intimista, de desgarramientos hacia uno mismo”.

Su transformación, agradece, se la debe a la gente de teatro que lo rodea, “estar con un colectivo, estar con los otros y mirar al otro. En la medida en que yo empiezo a dirigir cada vez más y cuando pienso que me hago mejor director es a partir de que me anulo o anulo por así decirlo a mi yo, o como dice esa frase de Pascal ‘el yo es odioso’; cuando empiezo a mirar al otro y a encontrarme con el otro, pienso que las palabras no son en última instancia una expresión individual sino un intento por tender un puente de comunicación con el otro”.

Si bien el teatro sigue siendo un sinsentido, agrega que también es memoria, identidad, pertenencia, colectividad, acontecimientos cotidianos y extraordinaria especificidad. “O como dice Octavio Paz en su poema ‘Piedra de sol’: ‘Los otros que me dan plena existencia’. Creo yo que esa es la extraordinaria lección que nos da el teatro o que le da el teatro a los seres humanos desde sus orígenes hasta prácticamente nuestros días”.

Con “¿Para qué sirve el teatro?” concluyó la primera semana de la Muestra Estatal de Teatro, que comenzó el 31 de julio y en la que se impartieron talleres de dirección escénica, diseño escénico y escenotecnia. Desde este lunes 7 y hasta el domingo 13 de agosto serán las puestas en escena de las 15 obras seleccionadas.