El sueño americano

22 junio 2016 | 11:25 hrs | | Gilberto Haaz Diez

Por Gilberto Haaz Diez

*Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él.
Camelot.

 

“Esta ciudad se cae sin nosotros”, me dijo Esteban, chófer del hotel Doubletree, al que utilizo, mediante su propina, lógico, para que me lleve por unos encargos, entre ellos un cable de una computadora que se me tronó. “Te llevo al Micro Center, que es el Santo Grial de la electrónica, mejor que Best Buy y que Radio Shack, y de mejores precios”, dijo. Platico con él. Tiene 30 años en la Union Americana, entre California y Texas, gana la hora seis dólares, más las propinas, pero hay muchos marros que dan un dólar, a lo sumo. Desayunamos en el I Hop, visita obligada a los pancackes, allí están un poco peor en salario, platico con Norma, cajera y mesera, ganan 2.13 la hora atendiendo mesas, pero me imagino que con las propinas se reponen. Laboran de seis a siete y ocho horas los fines de semana. Son esos mexicanos que hacen la patria fuera de nuestro México lindo y qué herido, que el estúpido Donald Trump debía venir y platicar con ellos y conocer sus historias de vida. Esteban y Marco Antonio, el otro chófer, son originarios de Tamaulipas, y envían dinero a sus familias, aquí andan buscando el Sueño Americano, conviviendo en este clima que llega ahora a 32 grados y que poco se camina, pues el factor humedad pega duro. Voy a la Galería, donde tienen una pista de patinaje como ya hay en México en algún Mall. Tomo la principal de esta zona, la Westheimer, la que te lleva allí.

 

LA ZONA DEL SHOPPING
Aun no salgo de esta zona, me repongo, el shopping cautiva y el huamachito florece. Es lunes, los lunes ni las gallinas ponen y los albañiles hacen puente. No hubo clases, Duarte decretó la Emergencia por un tornado. Lo van a extrañar los niños cuando ya no esté, era el que les daba los asuetos, en cada aguacero, en cada nubarrón, en cada norte aunque fuera pinchón, mas valía prevenir que lamentar. Ignoro si aún está el inútil director técnico de la selección mexicana, si tiene un poco de vergüenza, que no lo creo, debía irse, él junto a Justino y Decio de María y el hermano del laureado director de cine, el tal Iñarritu, que debía irse con su hermano a que lo enseñe a filmar películas y por ahí le presente a Leonardo Di Caprio. Beltrones ya se decapitó.  Entro al Mall, los elevadores al pie, hay muchos mexicanos que aquí tienen sus pisos. Ahora no fui a Woodland, allí donde hay venados entre la gente y entre la maleza, donde existen tres campos de golf y lagos y lagunas. El Comité Organizador de la Copa América se queja de que, al quedar fuera México, pierden mucho dinero. Todos presentimos que los mexicanos aquí radicados les darán la espalda, en los últimos quince minutos de ese juego con sabor a chile, coreaban los olés de los chilenos, y hasta a Guillermo Ochoa le asestaron su: uuuuttttooooo. Y eso que hubo un idiota que había presagiado que el torneo estaba arreglado para que México se coronara. Ajá. Deben irse todos. Dar una sacudida a ese árbol, no es el solo cambio de jinete, del entrenador, deben irse los tres mafiosos federativos, y quitarle a Televisa el balón. Ellos le han hecho daño al futbol mexicano, jamás hemos pasado el Quinto Juego y, como vamos, a la primera nos regresan a casa. Ayer comí en The Palm, uno de langostas, hay uno en el hotel Presidente Chapultepec, y en casi las ciudades importantes del mundo, Nueva York, Las Vegas, Washington y Dallas, donde alguna vez fui con el ingeniero Marco Córdova, un casi 22 de noviembre, fecha del homicidio de JFK, en aquel cruce de la muerte, cuando tres tiradores le abatieron, aunque el idiota viejito de la Comisión Warren solo haya deducido que fue Lee Harvey Oswald el único tirador dentro de ese viejo edificio de libros. La langosta es famosa en The Palm, llega de Nueva Escocia, me dice el mesero Joaquín. Ahora  es lugar a medias, no tan lleno, se quejan que hay poca gente, pero no creo, este es un lugar, igual que Dallas, donde el petróleo se sublimó y los hizo tener ciudades de primera, con las grandes autopistas que se les conoce, casi iguales que las nuestras de Capufe, solo que las nuestras llenas de baches, que parecen camino rural. Con sus universidades, sus grandes rascacielos y el Centro Médico donde se volvieron tan famosos, que hubo casos de mexicanos que llegaban y se encontraban a médicos mexicanos, listos para operarlos. Un tiempo López Portillo, cuando dijo que lo saqueaban y no lo volverían a saquear, decía que los mexicanos venían a Houston a cursarse de una pinche gripe, o de un dolor de cabeza. Eso ya existe poco, porque hay ya hospitales como el de Los Ángeles, que son de primera con precios de jeques árabes. Aquí una vez llegó de Acapulco a morirse el gran magnate Howard Hughes, que era el dueño del hospital Metodista. El multimillonario piloto, director de cine, a quien su padre volvió millonario al dejarle una patente del petróleo, entregó su cuerpo al Señor en Houston. En esa zona de rascacielos donde en los hospitales todos luchan contra la muerte, porque la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos, según el poeta Antonio Machado.

Mañana el juego Argentina-Estados Unidos, y el regreso a casa.

 

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