El recuerdo de AAL

18 abril 2016 | 10:44 hrs |

Por Gustavo Cadena Mathey

El 12 de abril de 2011, a los 81 años de edad falleció don Agustín Acosta Lagunes, quien llegó al cargo impulsado por el PRI y fue uno de los mejores gobernadores que ha tenido la Entidad.

Al parecer la fecha pasó desapercibida en el medio oficial; sin embargo, muchas de sus buenas acciones como carreteras, calles, puentes y museos siguen dando de qué hablar muy positivamente.

También se habla de las malas que se le atribuyen y que palidecen ante las de otros en nuestros tiempos.

En uno de los cuatro recordatorios de aniversario luctuoso que le organizó el actual gobierno estatal, Agustín Acosta Azcón, su hijo menor daba las gracias a nombre de él y la viuda doña Esperanza Azcón, recordando que Octavio Paz, el premio Nobel de Literatura 1990, decía que dar gracias expresa bondad de alma.

“La gracia es gratuita, es un don; aquel que lo recibe, el agraciado, si no es un mal nacido, lo agradece: da las gracias”. Eso dijo el poeta.

Vale la pena reiterar algunas de las cosas que expresó entonces el joven Agustín, que pasó a la fama con el Despacho Acosta y Asociados por lograr la liberación de la secuestradora francesa Florence Cassez:

Seamos sinceros. Don Agustín era hombre culto pero no era fácil. Ustedes ya recordarán que por los pasillos de palacio o en las redacciones de los diarios se le recordaba como don Disgustín o don Asustín. Incluso él mismo lo reconoció textual en su quinto informe: “Sé que no siempre les he parecido agradable”.

Decía que su carácter venía de sus orígenes rancheros. Admiraba a mi abuela, doña Josefa Lagunes, mujer de campo, de quien aprendió la sobriedad en la manera de ser y el valor ante la adversidad. Y efectivamente así fue. Tocó a mi padre enterrar al suyo. Mi abuelo, don Florencio Acosta, azucarero venido a más y luego caído a mucho menos, murió asesinado en Paso de Ovejas.

El sepelio de don Lencho fue aquí en Xalapa. En esa triste ocasión, asistió en representación del Estado un gran veracruzano, a la sazón oficial mayor del gobierno. Me refiero por supuesto a don Adolfo Ruiz Cortines, quien lustros más tarde ocuparía la primera magistratura. Y lo digo aquí pues don Adolfo fue inspiración de don Agus. Adivino que le gustaba identificarse con el personaje. Siendo gobernador, mandó restaurar su casa y en varias ocasiones lo escuché invocar en tono admonitorio la frase célebre de don Adolfo: “No siembro para mi, siembro para México”.

La orfandad selló su suerte. La tragedia lo empujó a la capital y a los estudios profesionales, primero por recomendación de su hermana Josefina en la facultad de química y luego por elección en la naciente escuela de Economía. Entonces, otro presidente influiría en su carrera. Don Miguel Alemán, amigo y jefe de mi tía Francisca, doña Paquita, ayudó a que el joven entrara de analista al Banco de México. Eran tiempos de alta necesidad de técnicos de la ciencia económica. Entre los expedientes y archivos del banco central, Agustín encontró su destino. Ahí, venciendo su timidez provinciana, conoció a una joven economista, Esperanza, mi madre. Inútil decirles lo que pasó después. ¡Presentes, gracias por supuesto a ti mamá!

La generación de economistas a la que perteneció, creyó profundamente en el destino y la prosperidad de México. Apadrinados por don Carlos Abedrop, un empresario de visión, David Ibarra, Jesús Silva Herzog, Emilio Mújica Montoya, Alejandro Cervantes, por mencionar a algunos, forman parte de la historia del México moderno. Su credo era fundamentalmente keynesiano, su visión la de un Estado emprendedor y su vocación, servir a México en la docencia, las finanzas públicas y el fomento económico. Me faltan el espacio y la capacidad para emitir juicio, tan sólo diré que su tiempo fue de crecimiento, de oportunidades y de construcción de instituciones.

Los vaivenes de la vida hicieron regresar a mi padre del altiplano a su tierra natal. A principios de los setenta, le tocó entrar al rescate de las tierras familiares. Entonces, redescubrió una de sus grandes pasiones: su amor al campo y la ganadería. Y vaya que era duro acompañarlo en esas jornadas. Para darles una idea, recuerdo un verano del año 1970 cuando, entre moscas y vacas, tuvimos que escuchar los goles de Pelé en la radio mal sintonizada del vochito que usaba mi papá.

Vaivenes políticos todavía más inescrutables y misteriosos llevaron a don Agustín de los corredores de las finanzas públicas al palacio de gobierno de Xalapa. Su sentido de humor que, a veces era picaresco, lo llevó a decir que él era la mejor aspirina para Veracruz. Acosta Lagunes prometió a sus paisanos hacer de nuestra Patria chica, yunque y granero de la Nación. Al gobernador muchos de ustedes lo conocieron. Sobre su gestión, quisiera compartir los comentarios de dos hombres que en esa capacidad lo trataron:

El 25 de mayo de 1981, don José López Portillo, apuntó: “Gira buena y larga por el Estado de Veracruz. Empezó en el Sur y terminó en el Norte. Industria, agricultura. Buen trabajo de Agustín Acosta. Salvo su consistencia ideológica, no muy rigurosa, mezcla de economista con ganadero, está entregado a trabajar y a que la gente trabaje… Un puente sobre el Papaloapan, hecho con material norteamericano de tiempos de guerra… está casi concluido. En fin, Acosta hombre práctico que está sacando de su marasmo al riquísimo Veracruz.”

Recordando el mes de octubre de 1985, Miguel de la Madrid escribió: “Agustín Acosta Lagunes… por cierto ha tenido buen resultado, pues en términos políticos, las fuerzas vivas… están totalmente “planchadas”, muy tranquilas. La entidad está caminando y eso es algo que la prensa no refleja.”

Señor gobernador: Permítame aquí hacer pausa y unirme, en forma modesta, al sentido pésame que a nombre del pueblo y gobierno de Veracruz externó usted a la familia de don Miguel de la Madrid, un presidente patriota, serio y responsable. Don Miguel, fiel a su convicción republicana y federalista, siempre ayudó a Veracruz. Y para

ejemplo ahí está la presa Cerro de Oro, que hoy lleva su nombre y que contribuye a controlar el cauce del río Papaloapan.

Obras son amores. Algunas las borra inevitablemente el tiempo, otras no. El museo, dijo mi padre citando a Malraux, es el lugar que eleva a lo más alto la idea del hombre. Hoy, entre ustedes, en este Museo de Antropología, al amparo de las palabras que reciben al visitante, revivo el final de su mandato y su devoción total para que esta obra fuera entregada en tiempo al pueblo veracruzano. Aquí, escucho todavía su voz quebrada por la emoción cuando el presidente de la Madrid cortó el lazo inaugural.

Ahora que lo recordamos, me pregunto: ¿En qué creía Agustín? Pues primero en Dios, como su madre, que era mujer devota. En su buena estrella que le permitió el paso de la tecnocracia a la política y afirmó su creencia en la capacidad de transformar, de hacer obra. Era apasionado de la historia y del arte, aquí en Xalapa están el Museo y la Hacienda de El Lencero, en Orizaba la colección de pintura del Estado que consolidó y ahora se exhibe en la pinacoteca que otro gobernador, Dante Delgado, mandó construir. Admiraba al presidente

Cárdenas, éste último a quien conoció en el rancho familiar. Se inspiraba en las vidas de gigantes del siglo XX, especialmente el presidente Roosevelt. Y, en tanto político y esto debo decirlo aunque suene políticamente incorrecto, Acosta Lagunes creía en su partido, el revolucionario institucional; fue hasta el final un militante convencido del PRI.

Don Agustín no era un hombre fácil, pero en justicia, fue también un ser feliz. Lo fue muy a su manera, durante el sexenio que gobernó y también y de manera entrañable, después. Cito sus palabras al rendir su último informe de gobierno: “Ejercí el poder y lo utilicé como una fuerza para poder hacer cosas; hice política, mucha política… lo hice con alegría, con rigor, con responsabilidad y con vehemencia.”

Los veracruzanos lo sabemos bien: Para subir al cielo se necesita una escalera y otra cosita. Para ser un buen político se necesitan muchas virtudes, salud, talento, experiencia, suerte, pero a menudo se nos olvida un ingrediente fundamental, la felicidad. Hacer política con seriedad pero también con alegría.

Hasta aquí lo dicho por Agustín el hijo, imagino que el PRI y su candidato le rendirán algún recordatorio en estos días de campaña.

Tenga lector una excelente semana.

gustavocadenamathey@hotmail.com