El palacio desolado

6 febrero 2018 | 9:03 hrs | | Gilberto Haaz Diez

Por Gilberto Haaz Diez

 

*Insistir, resistir, persistir para nunca desistir.
Camelot.

Hace nada, en un asunto de turismo jalapeño, al darme grasa en el parque Juárez con los boleros que saben todo y lo que no lo inventan, visité el palacio de gobierno jalapeño, sede del asiento de los gobernadores, que se inauguró cuando en 1940 era presidente Lázaro Cárdenas (lázalo, lázalo que se te va), gobernador, el Alemán papá del exgobernador de las estrellas, y el interino Fernando Casas Alemán. Si Chikiyunes gana la elección, se repetirá el caso de que padre e hijo tomaron ese asiento de poder, como los Alemán padre, hijo y espíritu santo, aunque Napoleón decía que ese asiento solo era un taburete forrado de seda. Los tiempos son diferentes, el estilo personal del gobernador Yunes Linares también lo es. Poco debe estar en ese viejo palacio, me imagino que cuando llegan embajadores o asuntos oficiales, como lo hizo cuando le visitó la embajadora de Estados Unidos. Él gobierna a la intemperie, con los rayos del sol o las lluvias. No tiene tiempo, le dieron muy poco para gobernar, dos años se van rapidísimo y apura el paso en su hoja de ruta. Cuando llegué, comparando los tiempos pasados, aquello era una romería, colas y seguridades impidiendo entrar, los pedinches de chambas, los pedigüeños de cosas, los que buscaban que las puertas se abrieran, formaban colas. Había que dar santo y seña de a quién veías. Y lógico, dejar tu ID. Ahora nada, un ujier en la puerta que solo pregunta a quién vas a ver, y te franquean el paso. A la entrada por la parte del parque Juárez se encontraba la poderosa oficina de Comunicación, ahora no se ve a nadie. Ni siquiera los fantasmas del pasado que allí espantaban y deambulaban. Subí las veintitantas escaleras y miré a las llamadas cuatro esquinas, parecía reportero de National Geographic, husmeando por aquí y por allá. Una de esas cuatro esquinas es del góber, la otra del secretario Rogelio, en la otra al parecer Contraloría y en medio de esas un subsecretario, en una esquina más, como en ring, el poderoso Manuel Muñoz Ganem, el Pepe Córdoba Montoya de Yunes. Jefe de la oficina de Gobierno. Le vi y nos saludamos, platicamos espacio de unos 15 minutos. Muñoz Ganem viene de la escuela yunista, y hace mucho tiempo gritó: Yunete. Me aseguró que lleva con el ahora gobernador 44 años, dándole a la chamba. De su paso por la alcaldía de Tuxpan y de los comienzos de muchos de ellos en la escuela de Rafael Hernández Ochoa, gobernador que impulsó a muchos jóvenes de aquellos tiempos. Una secretaria ofrece un café, pido agua. No quito mucho el tiempo, voy a reunión de la Ceapp (Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas), un saludo y una buena plática y a seguir deambulando por esos pasillos donde, a veces, en la parte de abajo hacen los actos de gobierno. Todos los gobernadores imponen su estilo personal, el de Yunes es así, dejando los escritorios cómodos e irse a la chamba a la calle, lo mismo en los esquemas de seguridad, que tanto daño ha hecho al estado, que viendo carreteras y las cosas necesarias. Algunas veces dándose las mañanas para correr, como lo hizo en Córdoba hace unos días, ejercitar su cuerpo y tener buena condición física, que siempre es necesario, salud física y mental. Estoy a punto de retarlo a una carrera de dos kilómetros, si me da kilómetro y medio de ventaja. O un poquito más, no menos.

EL BOLETO SALADO
Suelo ser salado para eso de las apuestas. No apuesto. La ludopatía no me alcanza, no me gusta el juego porque, entre otras cosas, no gano ni a los volados. Pero el viernes pasado aposté unos 200 pesos a favor de que las Águilas de Filadelfia ganaban el Súper Bowl. No daban mucho, creo que 450 pesos, más lo mío, pero, qué creen, no encuentro el mugre boleto, estoy más salado que el Cruz Azul. Normalmente he jugado a las chicas, y al Veracruz le apuesto ahí de vez en cuando, esta vez que debí ir contra el Querétaro, no aposté, porque siempre pierden. Pero con las Águilas de Filadelfia mi vida cambió, suertudo, había ganado una apuesta chica, pero el cochino boleto no aparece, lo busco como Sherlock Holmes por cielo, mar y tierra, entre la ropa, entre los papeles y no doy con él. Pero fuera de esa salación el juego fue de primera, hacía mucho que una final no tenía tanta calidad. Hubo historias que contar, una de ellas ver el retiro del gran Tom Brady, Mariscal que pronto ira al Salón de la Fama, donde se ubican a los grandes de todos los tiempos. No llegó su sexto título, pero el hombre siempre dio todo de sí mismo. En México no solemos ver los comerciales, que aseguran valen entre 5 y 7 millones de dólares, los 20 o 30 segundos, pero la magia del Internet y del Youtube los tienen para que los adoremos, sobre todo el del guacamole, que mi tío, aunque él no lo sabe, cultiva y vende el aguacate Hass, sublima a los gringos que con sus guacamoles y totopos mexicanos y las chelas nuestras, las de Orizaba, Sol o Superior, brindaron y tragaron hasta hartarse.

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*Esta es opinión personal del columnista.