El maquillaje en la Edad Media

Perfumes y aceites eran de uso común para mujeres y hombres de muy distintos estratos sociales, ya que en la Europa occidental el baño no estaba tan asentado como en el mundo árabe

5 marzo 2018 | 11:02 hrs | Renovatio Medievalium | Redacción

El maquillaje y el adorno ha sido un elemento fundamental tanto para las mujeres como para los hombres desde la prehistoria, aunque sus técnicas y significados hayan ido cambiando a lo largo del tiempo. La Edad Media, por tanto, no va a ser una excepción, aunque sí vamos a empezar a ver aquí esa tendencia (especialmente en el occidente cristiano, el cual vamos a abordar aquí) de relacionar este adorno directamente con las mujeres y, además, a convertirlo en un elemento criticable.

Para hablar del maquillaje primero tenemos que hablar del ideal de belleza que imperaba en la Europa medieval, el cual está presente de forma muy clara en la literatura que se inclina hacia la temática del amor cortés. Se abandona el aspecto más “recargado” de sus predecesoras romanas para buscar un look que se relaciona directamente con la imagen de la mujer más perfecta: la Virgen. La mujer ideal tenía que tener la piel pálida, el cabello rubio (preferiblemente liso o ligeramente ondulado), las mejillas y los labios rojos, y las cejas negras. Una imagen sencilla pero, como veremos, no tan fácil de conseguir.

La doctrina cristiana medieval va a tener una visión muy negativa, tanto del maquillaje como de cualquier adorno personal (peinado, joyería, etc.), en primer lugar como método de ruptura con la estética romana anterior, y en segundo como método de defensa de la modestia tanto femenina como masculina. El cuerpo habría sido creado perfecto al estar hecho a imagen y semejanza de dios, de modo que no seria necesario modificarlo ni añadirle nada. El maquillaje va a tener, además, una relación directa con varios pecados, no sólo con la soberbia sino también con la lujuria (se entendía que las mujeres se maquillaban exclusivamente para atraer a los hombres, y por eso en muchas ocasiones se relaciona de forma directa con la prostitución) y la mentira en general, ya que se presenta una visión del propio cuerpo que no se corresponde con la realidad (y que niega también la idea de que el cuerpo humano es algo perecedero y que lo realmente importante es la consecución de la vida eterna).

Sí se permitía el maquillaje y el adorno, sin embargo, en momentos muy determinados. Una mujer podía arreglarse para atraer a un hombre si sólo lo hacía con intención de desposarse y sólo buscaba la atención de un hombre en concreto. También solían ser más permisivos cuando se trataba de acudir a una celebración (una boda, una justa) o de un día de fiesta, aunque en general casi todos los autores hacen hincapié en que no hay mejor adorno que llevar una vida elevada.

Dijera lo que dijese la Iglesia, sin embargo, el maquillaje se seguía utilizando. Perfumes y aceites eran de uso común para mujeres y hombres de muy distintos estratos sociales, ya que en la Europa occidental el baño no estaba tan asentado como en el mundo árabe.

Para conseguir la imagen divina de la que hablábamos al comienzo de este artículo, las mujeres recurrían en muchas ocasiones a métodos para blanquear la piel (aunque no de un modo tan extremo como en épocas posteriores) que eliminaban también las posibles imperfecciones: el zumo de fresas o frotarse el rostro con un cristal de amatista húmedo eran los remedios más comunes para eliminar las rojeces. Recetas del siglo doce nos hablan de una mezcla de raíces de lila, aunque el ingrediente por excelencia era la harina de trigo, que tras dejarse en remojo durante quince días formaba un polvo que se aplicaba en el rostro del mismo modo que hoy en día utilizamos el maquillaje en polvo. Ya a finales del periodo medieval se empiezan a añadir a la mezcla otros materiales que ofrecían un mejor resultado, pero que también resultaban sumamente tóxicos, como el arsénico.

Para los labios y las mejillas se utilizaban polvos rojos, que podían extraerse incluso del vino, mezclados con cera de abeja u otro tipo de bálsamo. El cabello va a tender también a un color rojizo, ya que los tintes de origen vegetal que se utilizaban dejaban ese tipo de tono en las usuarias. Además, tenemos noticias del uso de pinturas negras en el rabillo del ojo, una suerte de eyeliner que se critica en diversos textos religiosos.

Sin embargo, no eran sólo las mujeres las que modificaban su apariencia, aunque el pecado se les achaque (como solía pasar) sólo a ellas. El maquillaje en los hombres solía tener la función de mantener una imagen de juventud y virilidad, de modo que buscaban frecuentes remedios para la calvicie y se teñían el cabello para disimular las canas.

Si el cuerpo era perfecto, ¿podía considerarse la fealdad una enfermedad? Medicina y cosmética van a ir de la mano desde los tiempos de Galeno y, aunque en la Edad Media no deja de haber controversia al respecto, parece evidente que tener mejor aspecto era un claro indicio de un cuerpo saludable, y que en el ámbito médico se van a estudiar métodos de dar un color más agradable al rostro o como evitar la tan temida calvicie.

Aunque también habrá momentos en los que sucederá completamente lo contrario: al final del periodo medieval, y de forma bastante recurrente desde entonces, la cosmética se usará para fingir padecer una enfermedad que en realidad no se tiene, y conseguir así permiso para mendigar y dar mayor lástima a los posibles benefactores y benefactoras. La enfermedad favorita de estos maestros del maquillaje va a ser, por supuesto, la lepra