El libro de Paul Auster

14 septiembre 2017 | 9:47 hrs | Gilberto Haaz Diez

*”Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”. Don Quijote de la Mancha – Cervantes. Camelot.

Debo decir, a fuerza de decir verdad, como dicen en los ministerios públicos, que los libros donde entran muchos personajes logran hacerme bolas. Me ataranto. Un día mi hija M, me dijo que en un papelito apuntara los nombres de cada uno y cuál era su papel en ese libro, como apuntador. Eso era imposible, si no los guardas en el coco mejor deséchalos, como los Kleenex. Me ha ocurrido con algunos, suelo cuando llevan muchos personajes darle vuelta  a la hoja y mandarlos a mi biblioteca archivo, que algún día vivirá mejores sueños. Cuando no llegan al entorno es mejor abandonarlos, como se abandonan los zapatos viejos, según decir de Joaquín Sabina. Si alguna vez usted abrió el Ulyses de James Joyce y no le entendió, no se aflija, le ha ocurrido a medio mundo. El Ulyses, decía el escritor Manuel Vicent, es una cima difícil de alcanzar, cuando la misma Marilyn Monroe, por presumirle a su vejete Arthur Miller, que ella le entraba a la sapiencia y mamaba cultura, se le tomó una fotografía en la playa con ese mítico libro, cuya foto está en el Museo a James Joyce, porque quizá Marilyn no haya sido una intelectual, pero ha sobrevivido y sobrevivirá a James Joyce, la joya de la literatura, que escribió la mejor novela en idioma inglés del siglo XX. Suelo cuando ando fuera entrar a las grandes librerías. Vi la de Porrúa en Reforma 222. Luego, en espera de un vuelo de México a Veracruz, en la Terminal Uno, donde vuelan los aviones de mi exgobernador Miguel Alemán, y de Montano, hice un alto a un tentempié y a husmear en las librerías.

 LOS GRANDES TÍTULOS

 Hay miles de títulos y uno se ataranta de tantos, por ejemplo, Maximiliano y Porfirio Díaz tienen vigencia, hay autores que dedican tiempo a sus odiseas de gobierno y a su partida y a su muerte. Cuando los veía, la empleada del mostrador como buena vendedora me lo mostró. Y lo recomendó. Era el último libro, decía, del gran Paul Auster, y solo por ella, por su recomendación, lo compré. Sucede que Auster ha escrito su trilogía de Nueva York y como NY es una ciudad encantada, pues me lo llevé a fuerza de perderle el amor a cerca de 500 pesos, que vale este libro de mil páginas. Comencé a leerlo y no lo he soltado, me dan las once y la una y a veces las dos (Sabina dixit) y ahí ando entre el personaje, cuyos primeros habitantes llegaron a Nueva York por la afamada Isla Ellis, donde entraban aquellos que buscaban, primero, no morirse de hambre por las hambrunas en Europa, cuando la papa dejó de darse y se pudrían por una plaga que les pegó y les creó la hambruna terrible, entonces miles y miles tuvieron que emigrar, y segunda, cuando se ponían frente al agente de migración que no hablaba sus idiomas, como medio los oía así les cambiaba los apellidos originales, este terminó en Ferguson. Alguna vez ese tema se explicó en la cinta El Padrino, cuando llegó el primer Vito que era del pueblo de Corleone, entonces el migra al no entenderle le fijó el nombre de Vito Corleone, así no se apellidaba, era del pueblo de Corleone. En Orizaba ocurrió con muchos, un día un querido amigo de apellido Nesme,  me platicó que cuando llegaron sus antepasados el suyo era Nishma, y el agente les puso Nesme, y así quedaron bautizados en esos papeles de Migración.  Comienza el libro con Isaac, abuelo de Archie, llega a EEUU desde Minsk (Bielorrusia) el primer día del siglo XX con el apellido Reznikoff. Es un hombre corpulento de recias espaldas y manos enormes, inculto, sin cualificación, mano de obra barata. En el control de inmigración de la isla de Ellis le preguntan por su apellido, pero olvida el que le había recomendado un compañero para empezar con buen pie su nueva vida: Rockefeller. Así queda, por error burocrático, el de “Ferguson”.

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*Esta es opinión personal del columnista