El legendario comandante

12 septiembre 2017 | 17:53 hrs | Carlos Jesús Rodríguez

EL ASESINATO de los hermanos Sixto y Rafael Díaz Pérez -el l 6 de Agosto de 1991, en Yanga-, fue acaso la gota que derramó el vaso. Sixto y Rafael eran dirigentes y abastecedores cañeros del Ingenio “El Potrero”, y sobrinos del célebre dirigente de la Liga de Comunidades Agrarias, Adalberto Díaz Jácome, cuñado a la vez de los caciques de Vicente Camalote, Oaxaca, Francisco y Miguel Hernández Terrazas, señores de horca y cuchillo en la zona centro con el respaldo –en sus inicios- del peligroso gatillero Tomás Sánchez Vitorero “Tomasín”, y solapados por los gobiernos de entonces. Toribio Gargallo Peralta, alias “El Toro”, había dejado de ser útil al sistema gobernante que usó a pistoleros como Rodolfo Álvarez del Castillo y Rojas, el afamado “Remington” -cuñado de María Félix, “La Doña”-  para deshacerse de los “estorbos”. Don Rodolfo, como le decían –y de quien incluso hay una película interpretada por Gustavo Alatriste-, fue, lo que se conocía en los años treintas como “gatillero a sueldo al servicio del sistema de gobierno” de aquel entonces, personajes que perduraron hasta los noventas. Los escándalos cometidos por “El Toro” Gargallo eran tantos y tan evidentes, que desde la Presidencia de la Republica se ordenó contenerlo, pero no sería fácil porque siempre viajaba con pistoleros a su servicio dispuestos a todo, como lo habían demostrado tantas veces. La orden tenía que cumplirse, y el Gobernador, en ese tiempo, Dante Alfonso Delgado Rannuro no podía fallarle a quien lo dejó al frente del Gobierno del Estado, el afamado “hombre leyenda”, Fernando Gutiérrez Barrios que, para entonces, fungía como Secretario de Gobernación con Carlos Salinas de Gortari.

POR ELLO en Octubre de 1991 se diseñó un operativo infalible. Colocar retenes de la policía en el camino que Gargallo Peralta transitaba a diario para dirigirse a Fortín de las Flores, donde solía tomar café o emborracharse con Heriberto Martínez alias “El Burro”, administrador del hotel Fortín de las Flores y encargado, entonces, de las Juntas de Mejoras de la región, dependencias que actuaban como contrapeso de los ayuntamientos incómodos, ya que por allí se repartían todos los apoyos de “Solidaridad”. Heriberto era, además, protector de Dante Alfonso Delgado Rannauro desde muy joven y, por tanto, Toribio se sentía protegido y confiado con su amistad, pero las cosas habían cambiado. El “Toro” comenzó a actuar a la alta escuela e, incluso, entró al negocio del tráfico de estupefacientes, algo que no se permitía a los caciques regionales por el escándalo que engendraban, además de ejercer el oficio de matón de mottu propio.

CUENTAN LOS sótanos policiacos de aquel tiempo que el Gobernador instruyó a sus mejores hombres, a los comandantes más avezados y valientes para que organizaran el recordado retén del 10 de octubre de 1991, en el entronque de Omealca con la carretera Federal Veracruz-Córdoba, por donde cada tarde viajaba Gargallo Peralta y sus pistoleros más cercanos, en este caso, Fructuoso Adán Hernández, “EI láminas”, Jacinto Nieto Gargallo, “El Chinto”, Jorge Flores Viveros y Marcial Romero Arroyo. El operativo estaba coordinado por los dos mejores comandantes de ese tiempo, los legendarios Antonio Rodríguez Hodkings y Norberto Portilla Morales, además de los jefes policiacos Juan Ramón Jiménez Morales y Rafael Huerta respaldados por una docena de judiciales quienes marcaron el alto a la camioneta de Toribio que, en vez de obedecer, sacó el arma sin que tuviera tiempo de dispararla ya que una lluvia de balas acabó con su vida y la de sus acompañantes, librando a la región centro del Estado (secuestrada de nuevo en este Gobierno) de una verdadera calamidad, pues tras  la muerte del “Toro” se inspeccionaron varios ranchos de su propiedad, y en Ojo de Agua, municipio de Omelca –de donde era originario-, fueron localizados varios pozos artesianos repletos de cadáveres, algunos de personajes como el periodista Martín Heredia y los empresarios y comerciantes Martín Tress Rodríguez, Mauro Montero Garduño y Alberto Rodríguez Henestrosa, entre muchos otros, pues en total llegaron a contabilizarse hasta 300 restos en ese predio que solía habitar el famoso cacique.

TAL VEZ el relato de ese Veracruz que ya se fue, pero que se continúa viviendo en la zona centro del Estado ahora con bandas ramificadas que siembran el terror mediante el secuestro, levantones, asesinatos e inhumaciones clandestinas, no tenga sino el objetivo de rendir un homenaje a un personaje que hizo posible que esa zona viviera en paz por algunos años: el legendario comandante, Antonio Rodríguez Hodkings que falleció este martes en el puerto de Veracruz, olvidado por ese sistema judicial al que tanto dio en vida, e ignorado por un gobierno que suele ser ingrato.  Y es que Rodríguez Hodkings, agobiado por la diabetes y otros males derivados, causó baja en la administración Estatal,  concretamente, en los órganos de seguridad, sin que recibiera ningún apoyo.

ALGUNA VEZ lo encontré en el campo de Béisbol de Jáltipan. Esperaba al ganadero Cirilo Vázquez Lagunes que presenciaba un juego de sus afamados “Tobies”, nombre que puso a la cuadra en honor de su inseparable perro “Tobi” que fue sepultado junto con él un día después de ser asesinado. Rodríguez, abandonado por el sistema policial, buscaba  apoyo para iniciar un proyecto de seguridad privada para poder ingresar recursos que le permitieran llevar el sustento al hogar. Y es que aparejado a los gobernadores que sucedieron a Dante Alfonso Delgado Rannauro llegaron modernos policías que desplazaron a los viejos comandantes como Jorge Ferman y hasta Norberto Portilla, y de pronto la delincuencia volvió a apoderarse del Estado. Toño, hasta donde se sabe, logró montar sin mucho éxito la empresa “Custodia y Protección Privada Hodgkin” en el puerto de Veracruz.

POR ELLO, vaya desde aquí un reconocimiento por su valiente labor e impecable hoja de servicio en el ejercicio del deber, pues a decir verdad, ya no quedan muchos policías como aquellos que se rifaban la existencia en el combate de bandas que fueron surgiendo en esos tiempos, como la de Esteban Cruz Bustamante, “la picuda” en la zona de Ignacio de la Llave, y antes con los remantes del desaparecido Felipe Lagunes Castillo en la zona centro, concretamente en Veracruz y lugares aledaños, los afamados Ignacio “Nacho” Mora y Javier Bernal (a) La Jaiba, entre muchos otros que asolaron al Estado, muchos con el aval del Gobierno. Así las cosas. OPINA carjesus30@hotmail.com

*Esta es opinión personal del columnista