El Beto Silva del chiki

2 febrero 2015 | 10:40 hrs | | Gilberto Haaz Diez

Hace unos días recorrí el Bulevar del Chiky. El alcalde de Boca del Rio, Miguel Ángel Yunes Márquez, anunció a los cuatro vientos, como la canción, que ya tiene los ciento sesenta y tantos millones en la mano, en la buchaca, para iniciar la remodelación del Bulevar de Boca del Río, de la plaza Andamar hasta la estatua del gordis Manuel Ávila Camacho, expresidente muy querido por los veracruzanos, hombre bueno, tío abuelo del exalcalde jalapeño y empresario de grandes ligas, Manolo Fernández Ávila, bulevar que presumen quedará igual que uno de Miami, el Lincoln Road, o como aquel Hollywood Bulevar de Los Ángeles, donde las estrellas ponen sus firmas. Así lo presumen y al parecer quedará bello, muy adecuado para esa ciudad que tiene un empuje y una hotelería y restaurantería de primera, plazas por doquier, parques, ciclopistas, llegará pronto un Palacio que es de Hierro y no tiene Rey, y ya anda allí para lujuria de los mirones, la excelente tienda Victoria Secret’s, donde el corazón palpita y se alegra el ojo, un turismo arrollador porque en este puente las colas en la autopistas eran largas, muy largas como los martimiércoles de plaza de Chedraui cuesta menos. Hay alcaldes que brillan, si cada alcalde pueblerino dejara dos o tres buenas y grandes obras, en años seriamos ciudades bellas, pero algunos son manirrotos, otros muy tentones, golpeadores de mujeres y hasta criminales Abarcas ahora pululan, como el de Medellín. Por eso es de aplaudir que esta obra del ChikiYunes inicie, en cuanto termine al carnaval. Tiene Boca del Río, además, una orquesta sinfónica, y el Beto Silva del Chiki apenas me contactó mediante un correo, que ahora exhibo:  «Le escribo para invitarlo a que nos acompañe a uno de los conciertos de la Orquesta Filarmónica de Boca del Río, los próximos conciertos son los días 30 de enero, 13 y 27 de febrero. Usted indique qué día se le facilita y nosotros le hacemos llegar los boletos. Nos encantaría contar con su presencia. Me reitero a sus órdenes y quedo pendiente.  Elías Assad Danini».

Poco antes, en mesa de contertulios en café en Américas, el Perro Uribe, tormento de las chicas Herbalife, departió con sus cuates. Sobresalía Mauro Loyo Varela, exsecretario de Salud y el mejor constructor que ha tenido esa área. Tuvo tanta confianza en él Miguel Alemán Velasco, el exgobernador de las estrellas, que le dio la secretaría y lo hizo ingeniero de obras públicas, lo dotó de botas mineras, casco, pico y pala y órale, a construir, hacia más hospitales que operaciones en el coco. Buen médico, muy prestigiado neurocirujano, algún día atendió a mi esposa Matilde y la devolvió a la vida, sana y salva, en el hospital Ángeles del Pedregal. Mauro departía con Manolo Fernández, conocido como el Pámpano, hijo de aquel famoso ‘Pámpano fue el rey del carnaval’; Fernando Díaz Mirón, de la estirpe del poeta Salvador Díaz Mirón, que tiene una estatua en su calle y avenida, frente a lo que fue Televisa Veracruz. El doctor veterinario, Zamorano, y algunos más, faltó Pepe Ajo.

 

MANUEL CAMACHO SOLIS

La historia cuenta que, si el presidente Salinas hubiera designado a Manuel Camacho Solís como su sucesor, en lugar del aniquilado Luis Donaldo Colosio, México hubiera sido otro. Sin crímenes políticos. Ya nunca lo sabremos mijito, diría Minga. Manuel Camacho fue siempre un politólogo, gente muy pensante, respetado como Comisionado en las batallas de negociaciones con el Subcomandante Marcos, en Chiapas, aquellos funestos años de enero de 1994, cuando los zapatistas se levantaron en armas contra el gobierno y el país no volvió a ser el mismo, como ahora en Ayotzinapa. Poco después de ese levantamiento, quien esto escribe visitaba Nueva York, en todos los kioscos de revistas y periódicos, la mayoría traían en portada al encapuchado, era más famoso que Boticaria, una gente de Veracruz. En el senado de la República, donde ahora cobra sus quincenas, los perredistas le rindieron un homenaje. Le reconocieron su talento, le reconocieron lo que ha aportado al país. En julio de este año, cuando debatían la Reforma Energética, de repente se quedó callado, no sabía qué decir y perdió el sentido en la tribuna del Senado de la República. De inmediato fue auxiliado y, una vez recuperado del lapsus, volvió a subir a la tribuna. Ofreció disculpas y argumentó que se debía a una pastilla que estaba tomando. Desde aquel día, el perredista de 68 años de edad no volvió a poner un pie en el Senado. Se dice que le dio una embolia. Lo que es un hecho es que no puede hablar, y quizá le pasó lo mismo que a Adolfo Suarez, el gran expresidente de Gobierno de España, que estando en un mitin comenzó a hablar incoherencias. De repente se quedó callado. Enmudeció. El padre de la Transición, le llamaron en España. Estando en un mitin en apoyo a su hijo, en Albacete, se le borró el casete. Nunca supo más quién fue y quién era. El alzhéimer le atacó, lo convirtió en un niño de 3 años. Murió no hace mucho. Ahora Camacho Solís vive esa tragedia de las enfermedades.

 

LO LEO Y LO VIVI

Leo que un Mustang, propiedad del hijo del diputado Juan Bueno Torio, en el kilómetro 70+400 de autopista la Córdoba-Veracruz, un auto se le incendió. Y salvó la vida. Anoche mismo, al regreso en ese tramo de la espantosa y horrible autopista de Capufe, que menos la arreglarán ahora que hubo recortes federales, otro auto se incendiaba ardiendo en la parte delantera con las dos llantas quemándose. La gente en los autos se detenía como podían. Algunos cruzábamos con miedo, temor a que, cuando el fuego llegara al tanque de gasolina, aquello explotara. Toco el tema porque desde hace algunos años, las codas y pichicateras y marras compañías de automóviles ya no dotan de extinguidores a los autos nuevos. Uno recuerda que cada compra de auto traía su extinguidor. Si esos extinguidores existieran, sin duda ese incendio de anoche lo hubiéramos apagado con unos cinco de ellos. Pero se extrañan esos artefactos. Quizá era por el ahorro, pero de que era útiles lo eran.

 

De Chéjov y Kamalucas: «Los infelices son egoístas, injustos, crueles e incapaces de comprender al otro. Los infelices no unen a las personas, las separan». Camelot