El alienígena que violaba niños en el monte

El líder del grupo de montaña Edelweiss captaba menores para su secta lavándoles el cerebro con fantasías sobrenaturales y una férrea jerarquía militar

30 agosto 2017 | 9:00 hrs | El Pais

No debe de ser esto muy distinto a un sacrilegio. La madre des­pechada —su hijo se fue, huyó un día al extranjero que es cualquier otro barrio en Madrid— abre un viejo cajón de madera, tan noble co­mo la que cruje a sus pies en esta habitación. De lejos, entre calles atestadas de coches en doble fila, se ve el parque del Retiro, menos amarillo hoy que la tarde de otoño en que su hijo le reveló, con los ojos bajos de vergüenza o tal vez de rabia, que desde hacía un año se acostaba con su monitor de acampada. Desde entonces han pasa­do ya más de doce años, y el acto sacrílego de abrir el cajón delante de un extraño, de profanar la memoria del hijo huido, sólo se ve re­compensado por hallar de nuevo su rastro: la fotografía del carnet escolar, un dibujo de acuarela premiado con un notable alto y unejemplar de El Principito en francés y español. Hay además un so­bre grande de color marrón, un montón de recortes de periódico y una sentencia.

Una flor de alta montaña

“El líder de Edelweiss, condenado a 168 años de prisión por 28 de­litos de corrupción de menores”. El titular de El PAÍS del 23 de octu­bre de 1991 se sostenía sobre una fotografía de Eduardo González Arenas, más conocido por Eddie, un hombre de 44 años, serio, cabizbajo, con un traje azul y una camisa blanca de cuello duro. El juez acababa de mandarlo a prisión por una larga temporada, des­pués de considerar probado que él, junto a sus lugartenientes Carlos de los Ríos, Ignacio de Miguel y otros siete hombres más, habían or­ganizado un grupo de montaña con el fin de abusar sexualmente de niños de entre 11 y 14 años. La organización se llamaba Edelweiss, que es el nombre de una flor que crece en alta montaña. Hasta allí, bajo el pretexto de fomentar el deporte y el contacto con la natura­leza, condujeron a los niños con el permiso de sus familias. Nadie sospechó que desde la primavera de 1983 hasta el mes de noviembre de 1984 esos niños fueron obligados a mantener relaciones homose­xuales. Muchos llegaron a ser sodomizados. Todos guardaron el se­creto. Sólo así podrían ser elegidos por Eddie para alcanzar el pla­neta Delhais y librarse del cataclismo nuclear que con toda seguridad destruiría la tierra en 1992.

El zorro le dijo al principito: «Si quieres un amigo, ¡domestíca­me!».

Nadie ha vuelto a sacar el libro del cajón, pero de ese mundo —tan fantástico como las 43 puestas de sol en un solo día o la boa que se tragó a un elefante— se sirvieron Eddie y sus colaboradores para en­candilar a los niños, captados en colegios y parroquias cercanas al parque del Retiro. Les contaban que también ellos podían ser due­ños de un desierto con una sola flor, convertirse en un principito de verdad, tener poderes. Eddie era en realidad el príncipe Alain, en­viado por fuerzas extraterrestres para llevarles al Planeta de los Ni­ños, un lugar más allá de las estrellas donde sólo podrían entrar los elegidos. Sólo ellos estaban llamados a conocer el verdadero sentido de la libertad, el amor y la justicia. Había además otro secreto. Lo reveló Eddie y todos le creyeron: «La mujer es una imperfección, un símbolo de maldad; ahí tenéis el ejemplo de Eva».

Al principio fue una excursión. Sólo eso. Un fin de semana en el campo, observando las estrellas, jugando a juegos inocentes alrede­dor del fuego de campamento; regresando al colegio el lunes por la mañana con un montón de historias nuevas en la cabeza. Los moni­tores de Edelweiss eran jóvenes conocidos en el barrio, de buena fa­milia, capaces de convencer al padre más severo. Incluso algunos se ofrecían para ayudar a los muchachos en las asignaturas más difíci­les. Las reuniones —para evitar cualquier suspicacia— se celebraban a la vista de todos. Edelweiss buscaba a veces la coartada de la igle­sia o la ecología. El primer local que utilizó la organización para agrupar a sus jóvenes montañeros pertenecía a la parroquia del Sa­grado Corazón, en la plaza del Perú. Después se trasladó a un quios­co situado cerca del Palacio de Cristal del Retiro, al que todos se re­ferían como La Cabaña. Desde principios de los años 70 hasta el día de noviembre de 1984 en que la policía desarticuló Edelweiss y de­tuvo a sus dirigentes, todos los grupos de montaña organizados por Eduardo González Arenas se apoyaron sobre tres de sus obsesiones: hombres, planetas y uniformes.

Camisa verde, pantalones de faena o bombachos, medias rojas, boina y pañoleta. Eddie guarda de su paso por la Legión dos con­denas disciplinarias, 16 meses de arresto y una afición desmedida por lo paramilitar. Los miembros de su organización debían lucir en el bolsillo izquierdo de la camisa el escudo de Boinas Verdes, el de España en el brazo izquierdo y el de Madrid en el derecho, donde también había lugar para una escarapela con el nombre de la divi­sión a la que pertenecían. En la boina, un botón rojo, y, en los hom­bros, los galones correspondientes a su rango. La pañoleta era roja y amarilla para la división 101 y azul y blanca para las demás. Tam­bién existían dos escuelas especializadas, la de comandos (O.C.) y la de Policía Boinas Verdes (P.B.V). Bajo la dirección absoluta de Eddie, los integrantes del grupo se dividían en jabatos —los recién captados—, monitores —los instructores—, fieles, senadores y siervos según ascendieran en la estructura piramidal que siempre aplicó González Arenas a sus organizaciones. Ignacio de Miguel —hijo del sociólogo Amando de Miguel— y Carlos de los Ríos estuvieron siem­pre en la cima, los dos guardias de hierro que sostenían al jefe o le guardaban ausencia durante sus viajes a Delhais o, más frecuente­mente, a la cárcel.

Eddie anunció su regreso un día de primavera de 1983. La jor­nada anterior, Carlos e Iñaki reunieron a los elegidos:

—Mañana llegará Eddie, al que también podéis llamar príncipe Alain. Ahora debe de estar en el planeta Delhais o en otros grupos Edelweiss en su misión salvadora. Vosotros sois los elegidos.

Los más guapos, los más inocentes quizá; los más atrevidos segu­ro. Los elegidos. Uno de ellos no pudo superar la vergüenza y huyó de casa años después, olvidándose en el cajón de su mesilla de noche la cartilla escolar, la acuarela y El principito. Su madre reconstruye la pesadilla con precisión de relojero, recreándose casi en sus errores, reconociendo al fin:

—Sí, mi hijo también fue guardia de hierro.

Luego se inclina sobre el cajón abierto y coge la sentencia. Busca la página ocho, detiene la mirada de forma automática en el cuarto párrafo, y lee. O, más bien, recita; corrigiendo incluso sobre la marcha el estilo embarullado del juez: «La graduación de guardia de hierro sólo se concedía a los elegidos en un ritual solemne donde eran marcados en el brazo izquierdo con un alambre candente. En el mismo acto prestaban juramento de fidelidad absoluta al grupo».

Se para, levanta la vista y aclara:

—Mi hijo tiene esa extraña cruz en el costado, bajo la axila, tapa­da por el brazo izquierdo. Yo no se la vi hasta meses después de des­cubrirse el escándalo. No es tan fácil ver desnudo a un hijo de 13 años.

Baja la voz y mira de reojo al cajón y al desconocido, como si se arrepintiese de haber resucitado el recuerdo. Pero sigue leyendo: «Después del juramento, era necesario superar la última fase: man­tener relaciones homosexuales. Para ello durante este tiempo de aprendizaje se les hacía ver las bondades de los contactos entre los componentes del sexo masculino, siempre que fueran con los ins­tructores, los demás niños o bien el líder, Eduardo González Arenas. Ello suponía —y ahora la madre vuelve a levantar la voz, como que­riendo descubrir la clave del engaño— poder alcanzar la perfección que les haría merecedores del viaje al otro planeta. Un lugar donde sólo eran posibles las relaciones con el mismo sexo».

Había guardias de hierro que intentaban resistirse a ese tipo de contactos. González Arenas tenía una solución muy eficaz para ese problema. Uno de los adolescentes que intentó mantenerse virgen contó después su experiencia:

—Me dijeron con toda naturalidad que no me preocupara. Y a continuación me pidieron que me acostase con Raquel o con Esther, las dos únicas chicas que a veces acompañaban a Eddie. Fue una ex­periencia horrible. La mujer se movía de tal forma que me hizo mu­cho daño. Me fui llorando. Eddie me consoló. Me aseguró que por detrás dolía menos. Unos días después, me acosté con él.

Amistades particulares

Los jóvenes guardias de hierro —aún no iniciados en el sexo— ob­tenían entonces otra prueba irrefutable de que Eddie decía la ver­dad, velaba por sus intereses, estaba dotado de una fuerza especial que lo hacía infalible. Así no le era difícil introducir sus métodos, in­fringir castigos muy severos a los jabatos descarriados y, sobre todo, elegir a sus Amistades Particulares (A.P.). Éste era, sin lugar a du­das, el privilegio máximo. La sentencia que condenó a Eddie a 168 años de cárcel hace especial hincapié en las siglas A.P.,una de las claves secretas que utilizaban los miembros de la organización: «Los procesados habían enseñado a los menores que, ante la presencia de extraños, hablaran con términos que no pudieran descifrar su ver­dadero significado; así, cuando hablaban de jugar al ajedrez, se re­ferían a mantener todo tipo de contactos homosexuales; si hablaban de su A. P, querían referirse a su Amistad Particular, una relación semejante a la conocida como noviazgo».

Una vez que Eddie designaba a una Amistad Particular, no había forma de escapar. El juez considera probado que los 10 acusados, uno de ellos como líder y jefe supremo, otros dos como segundo y tercer jefe, y siete más como instructores de Edelweiss, captaban a los menores para su ingreso en el grupo y, tras fomentar su imagi­nación con historias de los planetas Nazar y Delhais, acababan man­teniendo relaciones sexuales con todos los que asumían esas ideas. Los detalles de la sentencia son escalofriantes: «Sodomizaban a los menores, todo ello precedido de abrazos o caricias lascivas, introdu­ciéndose normalmente en la cama de los niños por la noche. En to­dos los casos eran menores de 18 años. En alguna ocasión, los niños —sujetos pasivos de la relación sexual— aún no habían cumplido los 12 años. Es el caso de M.A.C.T., que alcanzó esa edad con pos­terioridad a la desarticulación de Edelweiss».

El juicio se celebró en el mes de septiembre de 1991, casi siete años después de la detención de los dirigientes de la red. Los menores de entonces ya habían cumplido la mayoría de edad. El ejercicio de la memoria se convirtió entonces en una trampa. Niños que habían es­tado en tratamiento psiquiátrico durante años para olvidar la pesadi­lla, se vieron obligados, de una forma brutal, a relatar cada trago de su experiencia. La sala donde debía celebrarse la vista oral no se pa­recía a un confesionario o a un diván. Delante de ellos, además de sus verdugos, se encontraban los representantes del fiscal, cuatro acusa­ciones particulares y 10 defensas, además del público y los periodis­tas. Ninguno, sin embargo, rehusó la ocasión para contar su violento despertar a las relaciones sexuales: «Coitos anales con eyaculación, intentos de coitos anales, eyaculación entre las piernas, masturbacio­nes recíprocas, caricias en zonas erógenas, abrazos, besos … ».

La policía —dirigida por el inspector José Antonio Ávila, cuyo pa­pel en la investigación fue crucial para desmadejar la trama— reunió pruebas de la gran influencia que el fundador de la organización ejercía sobre sus súbditos. Un informe policial incluido en el suma­rio advertía: «La fe de los chicos en González Arenas es ciega, y nin­guno de ellos hubiera dudado en realizar cualquier acto ordenado por él. Era como una cadena que más tarde hubiera sido muy difí­cil romper». La policía sospechó entonces que los planes de Eddie iban más allá del abuso sexual. Pepe Rodríguez, estudioso de las sec­tas, refleja ese temor: «Esto es la maniobra de un loco o un delin­cuente que estaba gestando la organización de una banda delictiva muy violenta».

No tuvieron tiempo. El inspector Ávila desarticuló la red sin de­jarles opción para la huida. González Arenas y tres de sus lugarte­nientes —Carlos de los Ríos, Rafael Dueño y Antonio Gutiérrez— fue­ron detenidos el día 4 de diciembre de 1984 cuando cenaban en un restaurante de la avenida Vizconde de Valbom, en Lisboa. El arres­to se produjo un día después de que el juzgado número 25 de instrucción de Madrid cursara una orden de busca y captura, difundi­da inmediatamente por la Interpol. El único que consiguió burlar el cerco policial y huir a Brasil fue Ignacio de Miguel, apoyo constante de Eddie en la dirección del grupo. Sólo unos días más tarde, el 9 de diciembre de 1984, El PAÍS ofrecía un extenso reportaje sobre la de­sarticulación de Edelweiss titulado «Un extraterrestre muy singu­lar». Dos de las personas entrevistadas en la información se lamen­taban de que Eduardo González Arenas hubiese gozado de tanta impunidad para actuar. Sobre todo teniendo en cuenta que ya había sido detenido y condenado en 1976 por corrupción de menores.

Una de las declaraciones era de su padre; la otra, del primer de­nunciante del grupo Edelweiss. El padre de Eddie, Eduardo Gonzá­lez, ingeniero jubilado de una empresa eléctrica, declaró: «Hemos hecho todo por salvar a nuestro hijo. Pero las cosas no eran hace 20 años como ahora; entonces no se hablaba con tanta claridad de es­tos problemas, y nadie nos dijo la verdad sobre nuestro hijo». Eduardo González reconoció que, ya en la adolescencia, su hijo ha­bía necesitado tratamiento médico: «Desde que advertimos cosas raras en él, lo hemos llevado a médicos; nos decían que no estaba lo­co, que era un psicótico, que no se podía hacer nada por él. Lo han reconocido también médicos militares, y nunca se nos ha ofrecido una solución. Para nosotros es una historia de un tremendo dolor». El primer denunciante del grupo Edelweiss declaró: «Lo de ahora se pudo evitar». La mayoría de los padres afectados por las tropelías que Eddie cometió en 1976 en el popular barrio del Pilar de Madrid, entre los que se encontraban varios funcionarios de policía, prefirie­ron guardar silencio: «Muchos tuvieron miedo al escándalo».

No se hizo nada y el príncipe Alain volvió a aparecer en Madrid en la primavera de 1983. Iñaki de Miguel y Carlos de los Ríos pre­pararon de forma minuciosa su regreso. Dice la sentencia que tanto uno como otro se encargaron de captar e instruir a los menores en la ideología del grupo, atribuyéndole a Eddie conexiones sobrenatura­les. Aquella revelación alimentó aún más la intriga de los jóvenes montañeros, que sólo después de la desarticulación de Edelweiss se enteraron de la verdad. Eddie, según recoge la sentencia y amplía el escritor Pepe Rodríguez en uno de sus numerosos estudios sobre las sectas, se encontró siempre mucho más cerca de la tierra que de las estrellas. Su ficha del antiguo Registro de Penados y Rebeldes lo cer­tifica: «Condenado, por un delito de estafa, a la pena de seis meses de arresto mayor el 14 de junio de 1971; condenado, por un delito de estafa, a la pena de seis meses de arresto mayor el 26 de noviembre de 1976; condenado, por un delito de escándalo público, a la pena de seis meses de arresto mayor y 50.000 pesetas de multa el 5 de abril de 1979; condenado, por un delito de corrupción de menores, a la pena de seis años de presidio menor y 30.000 pesetas de multa el 25 de septiembre de 1982». El príncipe Alain no llegó a Madrid en la primavera de 1983 procedente del planeta Delhais, sino del patio de una prisión.

Paseo de Navidad

Edelweiss nació un día de Navidad. Eddie paseaba solo por el pa­seo de la Castellana de Madrid. Eran las once de la noche y hacía frío. Lo contó en una especie de memorias apresuradas escritas a mano en la cárcel de Lisboa: «Nadie me invitó a compartir el calor familiar. La soledad, que nunca me ha abandonado desde muy ni­ño, me abraza en silencio, indulgente y profunda». Unos meses atrás se había separado de su mujer, Julia Báez Trujillo, nieta del dictador dominicano. La había conocido dos años antes, en 1968, y habían tenido un hijo, Iván, quien según Eddie fue «secuestrado por los pa­dres de Julia». De ahí su determinación, tomada al final del largo paseo de Navidad: «Si yo no tenía a mi hijo, todos los niños serían mis hijos. Si no tenía familia, ellos serían, para siempre, mi familia, mis amigos».

No tardó mucho en concebir. A finales de 1970, Eddie fundó en Madrid el embrión de todas sus organizaciones posteriores y lo bau­tizó Asociación Juvenil de Montaña Edelweiss. Se reunían en el local cedido por el párroco de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Un año después, cambió el nombre del grupo por el de Boinas Verdes de Edelweiss y extendió su actividad a cuatro colegios y tres parro­quias. Los Boinas Verdes  —la denominación Edelweiss quedó ya re­servada para unos cuantos elegidos— se distribuyeron por Cáceres, Alicante, Vigo, Canarias y Badajoz. Más de 500 adolescentes —de los que sólo seis o siete eran chicas— formaron parte de los Boinas Ver­des en un periodo de cinco años. Nada más que 50 alcanzaron el ex­traño privilegio de ingresar en Edelweiss. Algunos Boinas Verdes se percataron, en 1975, de que su fundador se quedaba con el dinero del grupo, lo denunciaron a la policía primero y lo expulsaron des­pués.

Eddie no se arredró. Su currículo fue creciendo a un ritmo verti­ginoso. Fundó inmediatamente un grupo parecido que denominó Rangers, dentro del cual también escogió a su guardia Edelweiss y creó otra sección llamada Camisas Pardas. El experto en sectas Pe­pe Rodríguez sostiene que este subgrupo estaba influido por una ideología «claramente nazi». Ya en 1976, Eddie es acusado de co­rrupción de menores y pasa dos meses en la cárcel. A la salida, se traslada a Las Rozas, a las afueras de Madrid, reorganiza Edelweiss e instituye la Guardia de Hierro de Delhais. Desaparece un segundo antes de que lo vuelvan a denunciar y se traslada a Alicante, donde su tío era entonces gobernador civil. La cercanía de la autoridad competente apenas le afecta. En octubre de 1978, después de fundar la Legión Juvenil de Montaña, Eduardo González Arenas se confie­sa autor de 40 violaciones a jóvenes de su mismo sexo. Todos ellos pertenecían a su grupo de montaña.

Había un aviso en la pared. Tres años antes de la detención de Eddie, en la calle de Jesús Aprendiz de Madrid, aparecieron varias pintadas: «Edelweiss». Días después, junto al nombre del supuesto grupo de montaña, apareció otra palabra: «Maricas». La fachada declaraba la caza de brujas. Las prácticas descubiertas en Edelweiss fueron utilizadas por algunos sectores muy conservadores para arre­meter contra los homosexuales. No parecía tan importante el abuso a menores como que esos menores fueran niños, y no niñas. La sen­tencia —aunque quizá demasiado tarde— ayudaría a aclarar las cosas. Los 10 acusados fueron condenados como autores de 28 delitos de corrupción de menores. Eduardo González Arenas, a 168 años. Car­los de los Ríos e Ignacio de Miguel, a 65 años. Y el resto -Millán Arroyo Menéndez, Javier Bueno Huertas, Eduardo Gómez Balleste­ros, Antonio Gutiérrez Rodríguez, José Garrido Gil, Juan Iriarte Arrizabalaga y Javier Marcos Martínez- a 28 penas de seis meses de arresto mayor. El tribunal aplicó a los monitores la eximente de ena­jenación mental. Aunque la sentencia descartó que Edelweiss fuera una secta, sí admitía que había utilizado métodos parecidos y los acusados pudieron verse afectados por «indefensión intelectual y se­cuestro de la voluntad».

Los verdugos habían sido víctimas. Todos los acusados, incluidos Iñaki de Miguel y Carlos de los Ríos, fueron captados por Eddie cuando todavía eran menores de edad. Sería por eso que el flautista de Hamelin —así definió a Eddie Fernando Oliete, uno de los aboga­dos de la acusación— se quedó solo. Nadie —ni sus lugartenientes en Edelweiss ni por supuesto los niños que corrompió— quiso estar con Eddie el último día del juicio. Su segundo, Carlos de los Ríos, se si­tuó de repente al Iado de las víctimas, y contó al tribunal cómo Ed­die también lo había captado muy joven: «Me hizo un total y abso­luto lavado de cerebro. Desde que lo conocí a los 12 años hasta hace escasos días lo consideré un extraterrestre, un enviado de las estre­llas».

De los Ríos intentó convencer al juez: «Si usted, con 12 o 13 años, se sitúa en un campamento, al lado de una hoguera, bajo una noche estrellada y le empiezan a hablar de planetas, estoy por asegurar que usted se lo habría creído». Julio Martínez Lázaro, el periodista de EL País que cubrió el juicio, se acuerda todavía de la desfachatez con que Carlos de los Ríos encaró al tribunal. De los Ríos también se vol­vió hacia Eddie y le acusó: «No sólo me ha explotado, sino que me ha humillado, me ha aplastado la personalidad». Bajo el influjo del líder, De los Ríos intentó llegar a Berlín para rescatar a una familia del otro lado del muro y, ya en prisión, escribió cartas sugiriendo que las historias de homosexualidad que los niños achacaban a Edel­weiss trataban de ocultar en realidad algunos casos de incesto con los padres. El guardia de hierro, que hasta entonces se había man­tenido fiel al príncipe Alain, se volvió contra él, lo destrozó con su declaración.

La estratagema funcionó. Aunque Carlos de los Ríos e Iñaki de Miguel fueron condenados a 65 años de prisión por 28 delitos de co­rrupción de menores, el Gobierno indultó el 25 de febrero de 1994 al hijo del sociólogo Amando de Miguel. La medida valoraba el arrepentimiento espontáneo de Iñaki, quien regresó de Brasil para presentarse voluntariamente ante la justicia. El sociólogo, muy afec­tado, había declarado: «El caso Edelweiss es el pago de una socie­dad que se cargó al Frente de Juventudes y a la Acción Católica y no supo sustituirlas por nada». Amando de Miguel había sufrido por doble motivo.No sólo se trataba de Iñaki, su hijo mayor. Otro de sus hijos, menor de edad, figuraba como víctima de Edelweiss. Lo ha­bía captado su propio hermano.

El príncipe Alain sigue en la tierra. Doce años después de ser de­tenido junto a una pensión de Lisboa, Eduardo González Arenas continúa en la prisión de Ibiza, donde se dedica a escribir libros. Ed­die sale de vez en cuando para ir a ver a Marina, su madre, la úni­ca persona que, a pesar del horror contenido en todas las sentencias, sigue convencida de que su hijo es inocente. Marina Arenas dice que todavía hay una verdad por desvelar. «Le prohíbo», advirtió desde su casa de Ibiza el pasado mes de febrero, «que escriba cualquier co­sa sobre mi hijo. Por su propio bien. Mi hijo tiene en su mano hacer mucho daño, él sabe cosas que no dijo en el juicio para no hacerle daño a mucha gente. La sentencia es ridícula. Por su propio bien, no escriba nada. Y si lo escribe, iváyase al cuerno!».

No hace tanto, Eddie escribió un relato entre rejas. Le puso un título: «Un cadáver mal calzado». Se presentó al concurso literario que organiza Instituciones Penitenciarias y obtuvo el segundo pre­mio. Pero no lo firmó. Utilizó un seudónimo extraño, inquietante; una especie de homenaje al pasado. Quién sabe si también al futu­ro. A pie de página, con letras mayúsculas, se puede leer: Hamelin.

Nota de origen