Ejercer y construir ciudadanía: compromiso de las mexicanas del presente

12 octubre 2017 | 15:29 hrs | Zaida Alicia Lladó Castillo

Hace ya 64 años que las mujeres mexicanas tuvimos la oportunidad de adquirir la ciudadanía plena para de esta manera ser reconocidas constitucional, legal, social y políticamente, etc. y con ello,  hoy poder reclamar nuestros derechos y también cumplir con nuestras obligaciones.

Antes de ese hecho, fueron décadas de lucha contra la propia sociedad acostumbrada a reforzar los estilos de desigualdad entre hombres y mujeres, fueron años de reclamos y peticiones a gobiernos, candidatos en turno y líderes de los partidos políticos. Éstas sufrieron desaires, engaños y negativas rotundas, pero… las mujeres no se detuvieron.

Debían unirse, participar en forma organizada, tomar en serio los asuntos públicos y prepararse para hacerse visibles y romper tabúes, estigmas y prejuicios que por siglos limitaron su capacidad e iniciativa para poder ejercer sus derechos sociales y civiles a plenitud. Por eso la gran importancia del logro de la obtención de los derechos políticos.

Adolfo Ruiz Cortines, candidato del PRI a la Presidencia de la República lo tenía ya en su mente en 1952. Las mujeres mexicanas se lo reclamaban en todas las regiones. El comité nacional femenil saltaba el cerco del candidato y la regiomontana Margarita García Flores, dirigente nacional  se le plantaba enfrente junto con su comité, demandándole: “Sr, candidato, las mujeres mexicanas desean se les conceda el voto universal de manera urgente. No puede posponerse ya esa garantía”. Y la respuesta comprometida del candidato surgía frente a 20 mil mujeres en el estadio 18 de Marzo de la Ciudad de México un 6 de marzo de 1952:

“La mujer mexicana generosa y desinteresadamente ha prestado su valiosa aportación a las causas más nobles, compartiendo peligros y responsabilidades con el hombre. Consciente de su alta misión en las vicisitudes de nuestras luchas libertarias , la mujer ha logrado obtener una preparación cultural, política y económica similar a la del hombre, que la capacita para tener eficaz y activa participación en los destinos de México…si el voto me favorece , el primer día de mi mandato, enviaré a las Cámaras la iniciativa de reforma a los artículos 34 y 115 Constitucionales  para reconocer nacionalmente a las mujeres de mi país en el derecho de votar y ser electas” (Adolfo Ruiz Cortines, 6 de marzo de 1952)

Compromiso que cumplió siendo Presidente, al enviar la iniciativa el 2 de diciembre de 1952, siendo aprobada por el Congreso y publicada la reforma en el Diario Oficial el 17 de octubre de 1953.

Y aunque mucho se ha obtenido para las mujeres  después de la consecución del voto, es bueno reflexionar en lo siguiente: ¿con la obtención de los derechos políticos, las mujeres han logrado ser mejores ciudadanas?,  es decir, han llegado a ser “ricas en ciudadanía”.

Pero vamos por partes. Si bien es cierto que el concepto de ciudadanía se relaciona básicamente con el ejercicio de los derechos políticos, la realidad es que el término va más allá, porque está ligado a los procesos de construcción sociocultural y a las dinámicas de democratización social y política. Y para poderme explicar utilizaré los razonamientos de T.H. Marchall[1]. Este establece que la ciudadanía se debe dar en virtud del  tratamiento conjunto a los derechos: a) civiles, b) sociales  y c) políticos.

  • La ciudadanía civil, que ampara los derechos de los individuos frente a la ley, es decir, garantizársele la libertad de vivir según la propia elección, gozar del derecho a la libre expresión y de creencias, promover el derecho a la propiedad y exigir justicia.  Pero el buen ejercicio de este tipo de ciudadanía tiene que ver con el compromiso de cada individuo de saber hacer buen uso de esas libertades y derechos.
  • La ciudadanía social, que se refiere a la prerrogativas de las personas de gozar de un estándar mínimo de bienestar económico y de seguridad (derecho a la seguridad social, salarios, beneficios, salud, vida y medio ambiente sano, protección jurídica y a la integridad física, moral y emocional, etc.),  pero ello obliga también que para el cumplimiento de esas prerrogativas los individuos dejen de ser dependientes y se vuelvan autogestivos; y cuando se tienen, que asuma la responsabilidad y la acción ética para conservarlas contribuyendo en forma permanente a su mejoramiento y obligándose a ser modelos de actuación.
  • La ciudadanía política, que implica el derecho a la participación democrática ejerciendo con libertad la voluntad al elegir sus representantes, como igualmente la oportunidad de poder ser electas. Pero haciendo el mejor papel en la oportunidad que se dé, cuando se ejerce el poder, para generar confianza y respeto.

Por lo tanto, la construcción de la ciudadanía incluye el garantizar el cumplimiento de la ciudadanía civil, social y política, pero también el formar al ciudadano en la responsabilidad y el compromiso. Y eso no se hace de la noche a la mañana, es todo un proceso formativo desde la niñez, en donde se moldean los primeros comportamientos. Igualmente en las aulas, en todos sus niveles,  para que en la educación recibida no se olvide el fortalecimiento de  los valores cívicos, morales, ético-científicos y nacionalistas que deben prevalecer siempre para crear hombres y mujeres de bien, En suma, generar y fortalecer en todas las etapas de la vida el sentido de identidad, pertenencia, amor y respeto a la humanidad.

Luego entonces, de acuerdo a Bustelo[2], cuando el individuo tiene garantizados esos derechos y existe correspondencia de la sociedad para poder valorarlos y preservarlos como buenos, se habla de riqueza de ciudadanía. Pero por lo contrario cuando los individuos se sitúan en una situación en la que NO pueden obtener las condiciones de vida, –material e inmaterial–, que les posibilite desempeñar roles para participar plenamente en la vida económica, política y social o cuando las personas tienen garantizados esos derechos y no los valoran y se vuelven parásitos,  entonces se convierte en pobreza de ciudadanía. Incluyendo en ello, a quienes no quieren o no pueden  entender los códigos culturales y normas sociales y jurídicas haciéndoseles fácil transgredirlas o manejarlas a conveniencia, impidiendo por ello el avance y la integración necesaria  y  frenando la posibilidad de que los miembros de una sociedad puedan pasar de una sociedad mediocre a una sociedad de excelencia.

Y es ahí, en esa parte, en que las mujeres tenemos una gran labor. Desde la forma en que educamos a los hijos en el hogar, es decir, en el cómo trasmitimos  los mensajes culturales y sociales desde nuestras casas; desde el  cuidar nuestra relación con la pareja y  familia para eliminar los roles de víctimas, a la de “todos podemos y somos responsables”. Igualmente en la forma en que repetimos los patrones de dependencia y de privilegio para un género respecto a otro y también,  cuando olvidamos nuestros roles-que son muchos-y nos centramos sólo en el estado de bienestar personal olvidando que tenemos un compromiso  comunitario. He ahí el sentido de la reflexión.

Ejercer el voto, por sí mismo, no nos hace buenas ciudadanas, ni el  ser electas a un cargo como una prerrogativa de la ciudadanía política. Una buena ciudadanía se logra construyéndola todos los días, en el camino de lograr una mejor sociedad.

A menudo me pregunto: ¿de que nos ha servido el haber obtenido logros laborales, mejoramiento de las leyes para asegurar  nuestra protección a nuestros derechos, sino no somos capaces de educar hijos positivos, sanos y con amor a la patria?  Luego entonces algo está faltando  en las mujeres y en la sociedad del presente, algo se está olvidando. Y la respuesta creo adivinarla: nos estamos olvidando de que para generar el cambio es muy importante el fortalecimiento de las capacidades individuales, pero también el fortalecimiento de las capacidades comunitarias, es decir todo lo que se refiera a la vida en común. Y eso implica generar “equipos” desde el hogar, la escuela, el trabajo y la propia sociedad. Y para ello tenemos que cambiar los estilos de la vida en común, cambiando los patrones de dependencia por los de una sociedad autogestiva y auto directiva que permite la colaboración conjunta para resolver por sí mismas sus propios problemas y obliga también a promover un Estado visionario que garantice la legalidad y la protección de los derechos, pero también que ofrezca las oportunidades para que la sociedad crezca y genere riqueza ciudadana.

Porque cuando las sociedades padecen de pobreza ciudadana, padecen de pobreza humana. Y para resolver este problema, habría que invertir la relación del “Estado Benefactor” por el “Estado socialmente responsable”. El Estado benefactor dejo de ser útil desde el momento en que invirtió más a la dependencia que a la formación educativa, laboral y de valores. Cuando convirtió a los ciudadanos en beneficiarios permanentes de sus programas asistenciales, cuando inventó miles de políticas públicas que solo le sirvieron para justificar presupuestos y gastar el dinero irresponsablemente. . Cuando llevó a la resignación y dependencia total a los individuos viéndolo más como votante que como persona, cuando les hizo sólo receptores y no aportadores de capacidad y de esfuerzo.

Por eso son tiempos de reflexionar. Especialmente las mujeres, porque mucho tenemos que ver, por nuestra capacidad y sensibilidad, con ser motor para constituir sociedades ricas en recursos económicos, materiales y humanos. Luego entonces, hoy a 64 años de la obtención de la ciudadanía las mujeres debemos analizar lo que hemos hecho bien y lo que podemos corregir y, de esta manera emprender una nueva etapa en la verdadera construcción de la buena ciudadanía porque de ello dependerá, el crecimiento personal, familiar y de nuestra nación en los próximos años.

Gracias y hasta la próxima.

*Esta es opinión personal del columnista