Don Pilo, hombre excepcional

20 junio 2016 | 11:44 hrs |

Por Jesús J. Castañeda Nevárez.- jjcastaneda55@gmail.com

Este clásico tercer domingo de junio me sumé en la inercia de felicitaciones por el día del padre; día siempre grato, siempre emotivo, siempre feliz y festejado para muchos, aunque pudiera ser su único día de reconocimiento.

Muchos padres estarán como ausentes, porque en el ánimo de su familia puedan no significar nada especial. Por méritos propios o justamente por falta de méritos.

Eso es la vida. No hay sueño perfecto, ni situación ideal. Todo tiene un valor subjetivo y aunque parezca exagerado es razonablemente entendido.

Al mejor padre, al campeón mundial, al más bueno de todos, al más virtuoso, etc., que se traduce en el mejor ejemplo que tienes en tu mente y en tu corazón. Eso lo sabemos y entendemos todos, porque en cada familia existe el “mejor de todos”.

A mi padre lo conocí enfermo, delgado, debilitado por la enfermedad. Su tiempo de plenitud física sólo la vi en las fotos que reflejaban a un hombre imponente elegantemente vestido y con una gran personalidad. Pero a mediados de 1956 antes de cumplir mi primer año de vida, la historia dio un vuelco con la primera crisis de epilepsia que atacó a mi papá de forma constante por los siguientes 30 años.

Fueron días difíciles los que vivimos durante todo ese tiempo; mi madre se multiplicó milagrosamente y se consagró en atender a un esposo enfermo y a un nuevo hijo que se incorporaba a la familia cada 9 meses más 40 días, de modo que en 10 años ya éramos 8 chiquillos en escalerita.

Es fácil entender que vivimos en condiciones de extrema, extrema pobreza económica, pero no alimentaria y mucho menos emocional, porque no la sufrimos, la aprendimos. Nuestra humilde casa fue siempre la mejor universidad de la vida y su centro siempre fue Dios.

La figura de mi papá aún con sus 50 o 60 kilos de un cuerpo enfermo, era superior a un enorme roble, marcado por los machetazos de la vida, por las heridas de su rostro producidas en los cientos de veces que cayó al suelo por la enfermedad, pero con unas ramas frondosas y fuertes como para dar sombra, protección y seguridad a su familia.

Su mano firme nos señaló el camino del bien y nos reforzó el aprendizaje oportunamente cuando nos salimos de la ruta. Esa misma mano se elevaba a los cielos todos los días en oración a Dios, enseñando con su ejemplo la ruta más corta a la bendición.

Qué fácil es cantar en tiempos de bonanza; pero en tiempo de miseria y múltiples dificultades nuestro vecindario de casitas de madera se inundaba del canto de mis padres. Tengo bien marcada esa imagen en mi mente y mi corazón. Mi padre con su guitarra y con su peine tocando, cantando alabanzas a Dios junto con mi madre con el coro infantil de los 8 hijos.

Nunca gritos, nunca pleitos, nunca malos tratos. Tampoco quejas sobre la situación de pobreza que recriminaran o señalaran culpas. Eso nos ubicó en una situación especial.

Todos tienen el mejor padre sin dudarlo, pero el hombre que me tocó en bendición como padre fue y sigue siento Don Pilo un padre excepcional.

Por 31 años estuvimos juntos y por los siguientes 30 años no he tenido a quien celebrar en el día del padre, pero eso no significa que no he tenido padre. No hay día sin referencia directa a mi papá, ni uno sólo. Todos los días he citado algo “como mi papá decía” y ha sido como parte de sus enseñanzas que marcaron mi vida y siguen vigentes a mis 61 años.

Pero a pesar de tenerlo activo en mi corazón, como quisiera tenerlo conmigo aunque sea un ratito, porque hay muchos problemas que no los vivimos cuando él estaba y ahora que me tocan sólo, no sé cómo resolverlos. Me doblo de dolor y no tengo sus hombros para llorar. Quisiera preguntarle cómo se hace para cantar cuando el corazón grita en lágrimas. Y cómo se logra marcar la vida de los hijos de manera que todos se sientan orgullosos del padre que tuvieron.

Hace 30 años que soy huérfano no porque mi padre haya muerto, sino porque me sigue haciendo mucha falta y su ejemplo me fue imposible imitar. Quedé muy lejos de la marca; aunque hice lo mejor que pude no lo logré.

Pero como nunca es tarde para empezar ya puse las cuerdas en mi guitarra para cantar a pesar del dolor. Sólo me falta tu peine papá para que cantemos juntos otra vez.