“Desconectarse”, para sentir en paz interior

15 septiembre 2015 | 19:42 hrs |

Que bien se siente “desconectarse” un fin de semana, –sin ir muy lejos y de viernes a domingo–, sin grandes equipajes, ni viajar muchos kilómetros por autopistas o tomando aviones, simplemente ir a alguna de las poblaciones y hermosas playas que tiene nuestro estado para sentir el sabor de la naturaleza, valorar la compañía de la familia y los matrimonios amigos que nos reciben, pasando horas de diversión sana, tranquilidad, armonía, y de paz.

Disfrutar el “Dharma”, como dicen lo que profesan la religión budista, sintiendo y valorando “las cosas como son”, a través de la reflexión y la meditación “permaneciendo sin esfuerzo en lo que se está”.

O estar con Dios, –para los que profesan la religión católica–, revisando nuestro interior, logrando comunicarnos con él sin necesidad de hablar.

En decir, disfrutar lo más cercano, lo que hace sentir bien sin que implique esfuerzo o complicación. Mirar y sentir lo hermosa que es la vida sin pensar en el dinero, el trabajo o los problemas, valorando lo más importante: lo favorable para el cuerpo, la mente y el espíritu, despegándonos de lo angustiante o estresante para entrar a un estado de armonía y sincronía personal y con los demás.

Por esas razones, nos dimos un espacio mi esposo y yo el pasado fin de semana. Porque no basta saber que cumplimos 38 años de vivir una experiencia maravillosa como matrimonio, sino que necesitábamos confirmar también que tenemos ánimo para seguir conviviendo y divirtiéndonos con nuestros hijos , familia y amigos, con la misma disposición que cuando nos veíamos hace más de tres décadas.
Y nos tocó de todo en el fin de semana. Sol picante, norte, tormenta y cambio de clima. Todo ese regalo para disfrutarlo, frente al mar. Porque es un obsequio pararse frente a éste y sentir su inmensidad, pues sólo confirma lo pequeño que uno es frente a la propia naturaleza y…ésta manda en el planeta…pues, de enfurecerse te desaparece en un segundo.

Pero lo cierto es, que no se necesita algún pretexto para tomarse ese tiempo, sino tener el gusto de querer darle a la mente y el cuerpo un descanso.

Aunque viéndolo bien, si se trata de desconectarse, tampoco se necesita ir a un lugar especial, basta con hacer un ejercicio mental reflexivo, en soledad, poner buena música a bajo volumen, sentarte en un buen sofá — no combinándolo jamás con el alcohol–, para dedicarse a escuchar tu “yo interior”, eliminando las imágenes que estresan o producen angustia o preocupación y poder entrar en un estado de relajación o de meditación sostenida, que permita que se disfrute lo que se ve o siente.

Si esto lo hiciéramos por una hora todos los días, nos quitaríamos muchas arrugas y también enfermedades.

Para algunas personas es difícil hacerlo, porque tienen el síndrome de la “obsesión por el trabajo, el poder o el dinero” o ya están alteradas de su sistema nervioso por su forma de vivir y les cuesta aún más esfuerzo superar ese nerviosismo, porque implica detener hábitos, vicios, malas costumbres, en suma cambiar la rutina y desconectarse –aunque sea por un momento–, de su realidad.

Porque el desconecte debe ser completo. Implica también, alejarse de los celulares, de las tablets, de las computadoras, de la tv, incluso de los periódicos, –especialmente aquellos que sólo dan malas noticias o exhiben puras críticas, en lugar de propuestas–… porque haciéndolo, valoramos entonces todo aquello que no alcanzamos a ver o a escuchar por nuestra inercia de actividades y estrés.

Ahora que si se desea estar en un lugar especial, lo ideal es buscar alguno que nos haga sentir unidos a la naturaleza, que sea capaz de descontextualizarnos y entonces –solo, con uno mismo–, mirar en silencio nuestro alrededor para valorar las plantas, el aire, los animales, el sol, el mar, la brisa, las montañas, etc. En ese espacio, se pueden cambiar rutinas, levantándose temprano para presenciar un amanecer y se pueda ser testigo de los cambios que el cielo nos ofrece—desde que inicia el día hasta que anochece–, que son maravillosos y que nos hemos perdido disfrutarlos. En suma, hacer el esfuerzo de valorar la vida y encontrarse con uno mismo.

Pero ese encuentro, requiere de un espacio y un tiempo para entonces conectarse también con la propia grandeza, aceptando miedos, males, complejos y también comprometerse con el cambio, para elevar el ánimo y dar gracias a la vida por todo lo que se ha recibido—mucho o poco, bueno o malo-, pero que se ha tenido y debe uno aceptarlo con amor.

Encontrarse con uno mismo, es dar y tenerse confianza, recuperar el valor de nuestro ser—completo, integro–, conectarse con un propósito: tener la consciencia de que estas en el camino…y así seguirás, porque del final tú no te tendrás que preocuparte, porque solo Dios te dará la pauta.

Ojalá buscáramos más seguido los seres humanos, un espacio o un tiempo para desconectarnos y lograr convivir interna y externamente en armonía. Eso nos permite, tomar bríos y regresar al mundo real con grandes esperanzas y convicciones para aún ser mejores.

Ojalá también lo anterior permita reflexionar, que vivir con prisas es morir lentamente, y vivir con tranquilidad—en los tiempos que manda el universo–, alarga nuestra presencia en este mundo, ofrece hábitos diferentes en nuestro actuar cotidiano, nos deja vivir con mejor disposición y equilibrio y permite decidir, que despertar –todos los días–, y tener consciencia de la propia vida es darle el verdadero significado y ese es el tesoro más preciado de nuestra existencia.

Gracias y hasta la próxima.