Democracia y Justicia ¿Serán temas con Obama?

18 julio 2016 | 9:27 hrs |

“…si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en que se convierten sino en una banda de ladrones a gran escala? y esas bandas que son, sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por ellos aceptada”

Agustín de Hipona

Por:  Jorge Miguel Ramírez Pérez

Los autoritarismos y su conexión con la injusticia están ya precisados con sencillez en la “Ciudad de Dios” obra del doctor de Hipona en el siglo V;  se basaban o mas bien se basan en controles arbitrarios y unilaterales; inservibles y desalentadores para la población. La idea de justicia, en su más prístina interpretación la de Pablo de Tarso: “castigar al que mal hace y premiar al que bien hace” en ese tipo de regímenes es inexistente.

En el autoritarismo que hace omisa la justicia, los burócratas son calificados por el grado de confianza, es decir de complicidad y abyección con el jefe: por su capacidad de encubrir la verdad y por el enorme cinismo de poner como prioridad los intereses y caprichos del jefe, por encima de las leyes y por encima claro está, de las necesidades más apremiantes de los gobernados.

Para estos subordinados sean administrativos, legisladores o jueces, no hay independencia de poderes o criterio; la justicia  es un tema aburrido que no tiene lugar. Son como los “apparátchik” soviéticos solo tapan el hueco, para que alguien capacitado no lo haga. Son indolentes, sin credenciales para el servicio público, rémoras que pueden ocupar cualquier puesto, lo que se trata es bloquear el trámite correcto y aprobar la ocurrencia o la ley mañosa con premura vehemente.

Para los autoritarios las instituciones del estado son ficticias, desconectadas de la justicia, son vistas como órganos de ritual y obediencia extrema a los deseos del que paga y manda. La oposición o la disidencia se castiga corporalmente o con el desprecio político: ni los veo, ni los oigo. El autoritario es paranoico, ve en cualquier opinión distinta o correcta  una amenaza a su poder enfermizo. Te llama, pero no te toma la llamada. El que necesita es el poder, los interlocutores no tienen voz.

En los autoritarismos los de la cúpula política, los cercanos, que acaban por convertirse cuando acontece la adversidad, en los traidores más deleznables, son los únicos que disfrutan, como los narcotraficantes de un fugaz poder excesivo e ilegítimo; sus familiares habilitados en funcionarios fake, sus corporaciones voraces: socios de la corrupción, concubinas y efebos tienen el papel de alardear su influencia con el tirano.

El autoritarismo es un aparato de dominación, que con la impunidad como arma principal produce temor. Un aparato político que paradójicamente no necesita de políticos, porque las ideas no valen si son ajenas, y porque no hacen falta otras opiniones, los balbuceos propios son la sustancia exultante.

El otro, el democrático que quiere empezar a caminar por sí, es un sistema de gobierno complejo, radica en los compromisos con los votantes libres, no con los oficialmente certificados como pobres profesionales para efectos electorales. En el sistema democrático se intenta, como ideal, sobre todo, producir ciudadanos interesados en el tema de la justicia y con las herramientas de las libertades esenciales, para obligar a la autoridad a caminar por sendas de justicia.

La democracia no es perfecta, se ha dicho mucho, tampoco es una panacea, sencillamente es un sistema superior al autoritarismo, que es primitivo.  Es un sistema de crítica vigilante y así funciona. El escrutinio es permanente, pero el que puede ser fatal es el escrutinio de las elecciones, éstas son la espada de Damocles, el que se equivoca y es sorprendido en el mal manejo del dinero o abusa del poder es exhibido, sale del juego arrastrando consecuencias, no tiene padrinos de excepción que lo rediman, ahí está la Rousseff. El pueblo festeja a la justicia cuando el abusivo cae.  Cada quien construye su entrada o su salida, algunos la libran, pero los que no son profesionales indefectiblemente sucumben.

La transición democrática resultante de la decisión electoral es un proceso complejo, en algunos sitios fue necesaria una revolución para que se entendiera. Hoy para evitar violencias extemporáneas, se supone que debe ser protegido el proceso, por autoridades de escalas nacionales e internacionales. Porque se aduce incluso, la defensa de la democracia al grado de custodia, que lleva a la misma guerra. Y en el club de la modernidad mundial, los jefes de estado deben rendir homenaje práctico a la defensa de los procesos democráticos y en contra de la impunidad. Si no lo hacen, se despliegan mecanismos de jurados híbridos de organismos multilaterales y los de presión como Open Society de Soros, que tumban gobiernos como han ensayado con éxito en Guatemala, donde hoy son los que mandan. Una forma novedosa de golpe de estado efectista. Un ensayo que pegó, apuntalado en el discurso anticorrupción por desoír consejo.

El 22 de julio, el presidente Enrique Peña Nieto se va a reunir con Barack Obama, presidente de EUA. Hay muchos temas pero dos son relevantes para entender la ubicación de aliados políticos, los debe tener presente la embajadora profesional Roberta Jacobson: el de la justicia, que es el sobado de la anticorrupción de manera prioritaria, junto con derechos humanos, que sigue en calificación reprobatoria; en la espiral que lleva a los factores guatemaltecos; y el de la democracia, de los gobiernos estatales en la transición democrática subnacional.

Dos temas en los que hoy, el saldo es negativo, lleno de vericuetos y opacidades, se interpretan complicidades y doble lenguaje para los observadores agudos; los gobernadores perdidosos se empeñan en castigar a los ciudadanos que votaron por el cambio democrático y están quebrando sus entidades para dejar tras sí, un cadáver financiero. Se obstaculiza a la transición con empeño y la mayor complicidad superior.

Porque no basta que el dirigente nacional del PRI, el otro Enrique,  reitere repulsa discursiva a los gobernadores transgresores, si los procesos que evidencian las prevaricaciones son lentos o inexistentes; se aduzcan caminos tortuosos y se niegue eficacia a la política, como herramienta de soluciones para detener los daños. Abdicar a las decisiones oportunas, es perder el poder por indeterminación; para que las consecuencias los alcancen sin remedio.

México no puede quedarse en el escaparate de siempre: con actos de corte dictatorial pinochetista, con  todos los representativos de la élite, con loas y con la burla manifiesta de la renovación moral de la sociedad, que  hace 34 años, el PRI  anunciara y la que jamás, el poder central, se ha atrevido a ejecutar en sus correligionarios por causa de la justicia y no por venganza personal como sí ha acontecido. Amigachos que seguramente estarán aplaudiendo la ineficacia de la anticorrupción en el acto faraónico, siguiendo la pauta fatal que Agustín mostrara: la de una banda de ladrones en gran escala…