De tin marín

29 junio 2018 | 14:29 hrs | | Jesús J. Castañeda Nevárez

Por Jesús J. Castañeda Nevárez 

 

Qué sencillo era en nuestra ya lejana infancia resolver cualquier situación que implicara a más de una opción. La cascarita futbolera en plena calle en la que participaba un puñado de mocosos que se repartían en dos equipos y cuando se llegaba a la necesidad de elegir “democráticamente” al último jugador, ya existía el mecanismo idóneo para resolver el asunto; el volado, un disparejo con monedas, adivinar en qué mano quedaba la piedra o la “piedra, papel o tijera” resolvía todo sin problema y sin posibilidad de discusión, porque el proceso era transparente y el resultado inapelable.

Y después de varias horas de juego en las que los goles nunca fueron debidamente contabilizados, se definía el ganador con la decisión salomónica de “el que meta el gol gana” y después de esto todos a sus casas felices y contentos.

No se necesitaban discursos ni argumentos, mucho menos eran necesario el acarreo de otras personas para que se sumaran a la causa particular; todo era tan sencillo como un simple juego de niños.

La confianza era la clave, porque surgía de un principio de honestidad natural que fue cimentado en el seno de cada familia. Por eso se respetaban los acuerdos y por eso vivíamos y nos divertíamos en paz.

Crecimos, nos hicimos viejos y las cosas cambiaron completamente. Desapareció la opción de jugar en la calle, no sólo porque las calles se saturaron de vehículos; no sólo porque la inseguridad manchó de sangre sus banquetas; no sólo porque los juegos tecnológicos de hoy son individuales; sino porque también se extinguieron los principios con los que aquella niñez creció y fue formada.

Hoy vivimos una sociedad más informada y mejor comunicada con los que están lejos y peor informada y comunicada con los que están cerca. Las opiniones vertidas en “memes” tienen más aceptación y redifusión que las investigaciones realizadas con todo el rigor metodológico y difundidas en libros.

Hoy muchos hombres y mujeres exitosos, no tienen su origen en sus proyectos de empresa, sino en su actividad política y posteriormente en las empresas que al amparo del poder les han representado un enorme poderío económico y político.

Hombres y mujeres que jamás jugaron en la calle correteando una pelota de trapos viejos; que jamás supieron de la sencillez con la que se logran acuerdos entre la flota del barrio; que jamás sintieron el hambre lanzando gruñidos desde su estómago; que jamás usaron pantalones remendados y zapatos casi desbaratados.

Hombres y mujeres que nacieron en la comodidad de una familia influyente y que por lo tanto tuvieron la oportunidad de acudir a las mejores escuelas, llevados por el chofer de la familia y posteriormente en sus propios vehículos.

Esos hombres y mujeres que hasta hace unos días estuvieron en campaña electoral; hicieron un “acto de sacrificio” y se sumergieron en el desconocido (para ellos) mundo de la miseria y la marginación para llevarle a los pobres parias de esas zonas una mísera despensa con la certeza de que esas familias estarán felices por tener una bolsa de frijol y arroz que por lo menos ese día les calmará su hambre y gustosos estarán dispuestos a vender o regalarles su voto el próximo 1 de julio.

Los discursos, las propuestas, las ofertas, los compromisos, todo eso no tiene validez ni sentido, porque históricamente así han venido muchos y después de la elección se han olvidado de esa mala experiencia de haber ensuciado sus zapatos lujosos en esas calles de tierra; haber soportado el mal olor del drenaje expuesto y las manos mugrientas que ilusionadas buscaron las suyas para entregarle un papel en el que seguramente le pidieron algo.

El próximo domingo el pueblo acudirá a emitir su voto y muchos irán impulsados por distintos motivos: los que tienen militancia partidista está claro que lo ratificarán con su voto; los agraviados por el gobierno en funciones, los que fueron lanzados al desempleo, seguramente votarán en su contra; los ignorados por su partido, también lo castigarán y los que no tienen partido definido y que están ilusionados por un cambio optarán por el que los convenció.

Pero los que no tienen definido nada tal vez tomarán la opción de realizar alguna de las viejas prácticas y aplicarán el “de tin marin de do pingüé” con el riesgo de que le atinen al peor candidato y después suframos las consecuencias. Es mi pienso.

jjcastaneda55@gmail.com

Esta es opinión personal del columnista.