De que se quejan

10 diciembre 2018 | 10:15 hrs | | Mario Lozano Carbonell

Por Mario Lozano Carbonell

No entiendo de qué se quejan. Hace dos años, cuando el PAN ganó la gubernatura, las y los nuevos funcionarios de ese entonces, llegaron a arrasar con todos los puestos en la administración estatal.

Habían prometido que evaluarían el trabajo de cada empleado, pero no fue así. Como buitres, se abalanzaron sobre cada puesto que les permitiera borrar cualquier rastro de Duartismo.

Esa fue la consigna y la cumplieron al pie de la letra. Incurrieron en excesos al lastimar de manera innecesaria a mujeres y hombres valiosos que servían al estado por décadas y que nada tuvieron que ver con el desfalco al estado.

Dejaron sin ingresos a miles de familias que no lo merecían. Trataron con la punta del pie a todos los que no fueran de su pandilla. Fueron soberbios, arrogantes y displicentes. Pero en el  pecado llevaron la penitencia. Al improvisar en los puestos con puros cuates, las dependencias no funcionaron. Los resultados están a la vista.

Ahora que llegaron los morenos, chillan porque ya les pidieron la renuncia. De jefes de departamento para arriba, adiós a quienes vapulearon al personal y creyeron que estarían ahí otros seis años.

A diferencia de hace dos años, los nuevos funcionarios, en su mayoría, han llegado con sencillez y apertura. Nada que ver con los gandallas Yunistas.

Los que se quejan son los que ven perder sus canonjías y aunque no se le desea mal a nadie, pues a cada capillita le llega su fiestecita.

Lamentablemente en estos movimientos, como siempre, en pocos casos están pagando justos por pecadores. Elementos valiosos, no azules, que no fueron valorados.

Pero a los azules que bueno que los sacaron, ya no los aguantábamos. Ahora sienten lo mismo que sintieron los empleados maltratados. Hay un Dios, sin duda.

Sin embargo aún quedan varios azules incrustados en las dependencias, embozados, tratando de ganarse  a los nuevos. No deben permanecer, también deben irse y dejar paso a un nuevo comienzo, sin odios, venganzas personales y traumas.

No cabe duda que los carniceros de ayer, son las reses de hoy.

 

Esta es opinión personal del columnista