Cuba (parte III/última)

30 noviembre 2016 | 10:01 hrs |

Por Gilberto Haaz Diez

*Proverbio cubano: ‘Quien no haya sido castrista en el siglo XX no tiene corazón y quien sea castrista en el siglo XXI no tiene cerebro’. Camelot

 

Rememoro el viaje que hice a La Habana, en 2009. Ultima parte de una serie de tres columnas, a la muerte de su Dictador.

 

AL DESPERTAR

Al despertar, la primera mañana en aire del Caribe, sol brillante, mar tranquilo,  clima cálido como el veracruzano, en La Habana uno siente y piensa, con razón, que esta ciudad ha sido heroica, que ha sobrevivido a un bloqueo criminal. Con la parte del pueblo que he platicado, viejos y jóvenes, se sienten bien y a gusto. “Nosotros todos somos pobres” -me dijo el taxista-, “pero aquí todos tenemos derecho a la salud y la educación y vivimos seguros,  tengo cuatro hijos y siete nietos, y han vivido aquí toda su vida, recibidos, profesionistas ya y trabajando en este país”.

Oteo a un lado y veo el Edificio Bacardi. La historia de la familia Bacardi va ligada a Cuba, herederos y creadores del mundialmente famoso ron, tuvieron que emigrar a Miami cuando llegó la Revolución. Se llevaron su marca registrada y luego de mucho andar terminó patentándose entre Estados Unidos y República Dominicana. Impresionante y bello edificio, mármol todo y de altura en los pisos, de piso a techo, como de 12 metros, es de seis pisos pero asemeja al Empire State neoyorkino, en la parte donde uno toma los elevadores. Me atrevo a asegurar que fueron los mismos arquitectos que construyeron ambos. Unas fotos para la colección y una entrada escasamente a un bar allí, donde sirven café y bebidas y botanas.

Salgo a la calle y en la puerta pregunto a la empleada si la parte de arriba del edificio Bacardí está habitada o son oficinas. Son oficinas, me dijo. ¿Privadas?, me atreví. Aquí nada es privado, todo es del Estado, terció un joven que estaba de pie al lado. Platicamos. Dijo llamarse Carlos Rafael. Lo abordé. Respondió. Es estudiante de arquitectura, 23 años, joven que dice sentirse a gusto viviendo en este sistema. “Todos los países tienen problemas”, se justificaba. Va a la carrera de arquitectura y presume la educación de Cuba. Dice tener familia en Europa, pero no quiere llegar hasta que no tenga el título: “No quiero ser un negro más, quiero ser algo”. Con libro bajo el brazo, le cuestiono qué lee (Ler, diría Aurelio Nuño). Promesa del Angel, un libro de los pretorianos. Joven preparado, con lenguaje de estudiado y con educación. Me despido y le deseo suerte. En sus limitaciones económicas entienden que el estudio para ellos lo es todo, y allí se meten con dedicación.

 

HOTEL EL NACIONAL

El hotel es viejo y huele a viejo. Es impresionante su belleza. Aún está en funciones y es favorito de mucho turista europeo. Habitaciones llenas. Visito sus salas, voy a un salón de mural de fotografías. Muchos mexicanos plasmados en esas paredes, la inmortal María Felix, Cantinflas, Tin Tan, Pedro Armendáriz, Lara, una pléyade de figuras del cine de antaño, cuando el cine mexicano era campeonísimo en América y en países de habla hispana, con las fotografías de Gabriel Figueroa. Aparece la Cosa Nostra: Lansky, Traficante, Lucky Luciano, aquel que solía decir: ‘en cualquier negociación lo importante es no ser el muerto’.  Los grandes del canto: Nat King Cole, Harry Belafonte, Sinatra, las bellas, Ava Gardner y una pléyade de mujeres hollywoodenses que le daban brillo a aquella vieja Habana, cuando venían a probar el ron y a escanciarse en los amores furtivos en sus viejos casinos.

 

EL MUSEO RODANTE

Uno pasea por calles cubanas y los automóviles viejos asombran. Los Chevrolet de los 50s andan en jiribilla de la buena. Ignoro qué han hecho y cómo han conseguido las piezas para que muchos circulen como si nada. El cubano tiene imaginación, inventiva y quizá con torneros han creado las piezas que el bloqueo no les permitió traer y que ahora a los años ahí andan. Automóviles que en México y el mundo pertenecen a coleccionistas, aquí abundan. Por todos lados se ven. De los 55-56-57, los Fairlaine y los Bel Air.

 

EL CENTRO VIEJO

Camino su centro viejo, no el histórico, el viejo. Muy deteriorado. Es aquí el lugar preciso donde hacen las fotos y crean la mala imagen de La Habana, la gente pobre las habita, los tendederos de ropa alcanzan a tomar plenitud en sus frontispicios de los mismos departamentos. No hay espacios donde colgar y se cuelgan de alambres que tienden sobre el aire. La ropa se lava y se seca.

 

SU MUSICA

Para hablar de la música de Cuba, hay que ponerse de pie. Son tantos y tantos los autores, los músicos y los cantantes que le han dado gloria a este país, que nadie se atrevería a nombrarlos, so pena de que se olviden algunos. Desde aquella Sonora Matancera, cuando comenzaron a exportarla, hasta hoy día, cuando poco exportan. Están sus dos shows, el del Tropicana y el Cubano en el Parisien. Obligatorio verlos, teatro de revista como en las grandes ciudades del mundo. Voy al Museo del Ron, un lugar céntrico con su Bar Havana.  Voy a oír un espectáculo de canto, el de Buena Vista Social Club. Comienza el desfile de sus canciones, las inmortales. Una noche cubana en los 50s, le llama la anunciadora. Los viejos cantantes, tres, con sus trajes viejos, gastados y cansados y una boina de las españolas. Abren con ‘Dos Gardenias’, la canción que Isolina Carrillos compuso en una sentada, como las componía José Alfredo Jiménez en El Tenampa, donde agarraba por su cuenta las parrandas, con una botella de tequila de compañera. Un piano eléctrico, guitarra, los timbales, trompeta y las maracas hacen que la noche sea cubana. Pasan los inmortales, José Antonio Méndez y su Novia mía, desde el primer y cruel abrazo… México y Cuba se hermanan en la música, se oye Vereda Tropical, la de la noche plena de quietud, con su perfume de humedad, mexicana hasta las cachas. Hay de todo, como en botica, dos grupos de mexicanos, unos holandeses, otros de España y algunos más sin identificar, son los asistentes.

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