¿Cómo es la experiencia con una copa menstrual?

Una mujer cuenta los miedos del primer día de prueba, los prejuicios de suciedad y los cambios en la duración de las menstruaciones

Foto: web
11 enero 2017 | 12:46 hrs | Clarín

La imagen de unos dedos bañados en sangre, un tapón de plástico y los coágulos semi vivos rodando por la pileta del baño –cualquier baño, incluso uno público- eran las imágenes que se me venían a la cabeza cada vez que mi amiga Ivana me hacía la pregunta, “¿no usás la copita?” “No, todavía no la probé”, respondía, atribuyendo todo a mi vagancia que no había explorado ese otro hábito de consumo “hippie”, “¿se encarga por internet? “¿cuánto sale? Bueno, ya la probaré”.

Cualquier mujer que haya lidiado con los efectos que producen algunos miomas (o fibromas) en el útero, sabe de qué hablo: sangrados de 15 días, dolores, anemia crónica y la sensación de que el útero se volvió una bestia indomable adentro del cuerpo. Unos meses antes de la segunda operación –que terminó definitivamente con el calvario de ir chorreando sangre por fiestas, camas y hasta la redacción del diario-, decidí ponerme en otra sintonía con el cuerpo. Astróloga, confiada en la luna y la espiritualidad natural, no había tomado el toro por las astas, pero ¿esto me va a ganar a mí? No querida. Puse primera y empecé a la búsqueda.

En la farmacia Gran Callao de Barrio Norte el empleado me sugirió mirar un tutorial de YouTube antes de usarla por primera vez. “Gracias”, le respondí, pensando “ni loca, no puede ser tan difícil”. Pero lamenté no haberlo usado. Ya en casa, y con el repaso de las instrucciones que mostraban cómo se doblaba, la copa quedó más o menos así:

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Una presión nada sutil hizo que entrara. Esto raspa, ¿no? Los dedos me quedaron con uñas de carnicera. Y luego, una vez en su sitio, me lavé las manos y no sentí nada más. Comodidad total, nada ajeno. Una de las cosas que había escuchado es que la copa aguantaba más que una toallita común, así que la dejé unas buenas horas, y todo perfecto. Cuando entré al baño a retirarla (misión cumplida) me encontré con un segundo tema: el cabito se me había ido muy arriba, ¿cómo bajarlo? “Hacer presión”, decía el instructivo, “pujarla un poco” (como si fuera una criatura) para luego tirar del palito externo, apresarla para que se le vaya el aire que hace la sopapa… Respiré, me tranquilicé, ¿por qué no venía con un hilo largo como a los tampones? Apoyando un pie sobre la bañadera y haciendo la parabólica humana, logré: primero bajar el cabito, despiés sacar la copa (no fácilmente). ¡Voilá! (Más adelante aprendería a quitármela si ensuciar el inodoro).

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