Aquel Colosio de 1994

24 marzo 2017 | 9:59 hrs | Gilberto Haaz Diez

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. Antonio Machado (1875-1939) Poeta y prosista español.
Camelot.

 

Llegó un aniversario de la muerte de Luis Donaldo Colosio. Qué país se ve y qué país se antoja ver de aquellos años inciertos, cuando los crímenes políticos llegaron a nosotros.
Aquellos días de los Idus de Marzo de 1994.
Colosio murió joven (44 años), como Kennedy (46).
Algunos pensaron y especularon de su muerte, que hasta la fecha un buen de gente no cree en el asesino solitario, ese macuarro llamado Mario Aburto, que le cambió el timing del reloj a la política. Muchas cosas sucedieron desde entonces. Vinieron las vendettas entre Zedillo contra Salinas, y el entorno político se colapsó. México fue otro. Gobernó el PRI pero a poco llegó la oposición. Quizá en la remembranza de esos crímenes, la gente optó por un cambio de rumbo y estafeta. Aquel discurso del 6 de marzo de 1994, el de ‘veo un México con hambre y sed de justicia’, algunos lo quieren comparar con el de Martin Luther King, el de ‘tuve un sueño’.
De Colosio, muchos priístas toman su legado. En sus discursos, lo invocan a todas luces.
Nunca sabremos ni nos imaginamos cómo hubiera sido como presidente.
Los dichosos ‘hubiera’, pero de que era un hombre que venía en la ruta de la política, lo era. Quienes le conocieron hablan de una gente de bien, bien intencionado.
Yo le vi una vez, cuando vino a inaugurar, acompañando al presidente Salinas y al gobernador Dante, el tramo de la autopista de Córdoba a Veracruz.
Al pie de ese camino, hoy infumable, intransitable, de paga, que parece camino rural, Colosio llegaba como secretario de Sedesol. Allí venía también Patricio Chirinos Calero, Salinas se lo mostraba a Dante, se lo acercaba porque el grandote cordobés jugaba la baraja con Miguel Alemán, y por allí no venía el camino trazado, la hoja de ruta de la sucesión veracruzana se inclinó a Patricio. Te lo digo Dante para que lo entienda Miguel. Era la época que no había de hoja en el país que se moviera sin el consentimiento de Los Pinos.

EN LOMAS TAURINAS
Alguna vez de un viaje a zona californiana, a San Diego, California, de regreso en el aeropuerto de Tijuana habría un retraso de tres horas del vuelo, nos dijeron por los altoparlantes. Aproveché, tomé un taxi y me fui a Lomas Taurinas, un villorrio tijuanense con calles de nombres de toreros. Lo recuerdo. Aún no estaba pavimentado en su totalidad. Colosio cayó en una emboscada perfecta, un agujero del que no podría salir. El taxista pregonaba lo que uno sabía. Si yo había estado en el Cementerio Nacional de Arlington, y años después en Dallas, donde asesinaron a Kennedy, me dije a mi mismo que habría que ir a ver ese escenario del crimen. Barrancos, laderas y desniveles y polvo agitan la pobreza allí latente.
Todos recordamos dónde estábamos cuando le dispararon y dieron la noticia. Aquella vez que Jacobo Zabludovsky se quedó pegado en la televisión, día y noche y urgía a Talina Fernández, su corresponsal, a que se metiera al quirófano. Talina le dijo que el candidato tenía muerte cerebral, pero Jacobo esperó el comunicado de Presidencia, para informar. No había redes sociales ni cámaras en teléfonos, como los tiempos de Kennedy, sin nada, si no, hubiera habido cientos de filmaciones de los disparos al personaje abatido y los Zapruder mexicanos, hubieran abundado.
Esa vez de aquel tiempo, la televisión no dejó de darnos retratos de esa tragedia.
Llegué y pedí al taxista me esperara. Descendimos muchos metros y en el hoyo, justo en dónde le liquidaron, está de pie una estatua de cuerpo completo.
La Plaza de la Unidad y la Esperanza, le llamaron.
¿Cuál unidad? ¿Cuál esperanza?
Tiempos inciertos de un México que se fue.
Bajé y saqué mi cámara de fotos. Siempre hay que traer una a la mano. No existían los teléfonos IPhone con la calidad de las fotografías. Me acompañó un amigo, Walid Zairick, husmeábamos entre la pobreza lacerante de ese sitio. Posé al pie y la tengo en mi orizabeña oficina a la que un día le llegaron chayotes de un prado vecino y otro día, como la flor sin retoño, se secó y no volvió a dar ninguno, ni a madres.
La mano izquierda en alto, saludando, camisa manga larga, arremangadas. De cuerpo completo, unas flores al lado y el nombre con los dos apellidos. Luis Donaldo Colosio Murrieta.
Eso se ha convertido en un santuario, donde gente de todo el mundo sigue llegando, como le visitan los defeños, ahora citadinos, en un busto con su rostro en CDMX y uno, quien sabe por qué razones, cuando puedo me meto a los panteones, como lo hice en la tumba de Eva Perón, en Recoleta, Buenos Aires, donde la inmortalizaron no solo con la obra y la canción, No llores por mí, Argentina, sino porque Eva es y seguirá siendo la madre de todos los argentinos, a 65 años de su fallecimiento.

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