América Latina en un libro de poemas

Esta antología poética iberoamericana, que no define el concepto de vanguardia en el que se basa, omite datos esenciales de los poemas seleccionados y suscita muchas preguntas sobre sus vaguedades

10 febrero 2020 | 10:03 hrs | Babelia | Arte y Cultura


En el póstumo Mi corazón al desnudo, Charles Baudelaire (muerto en 1867) se refiere, con su habitual mueca de irritación, a la “predilección de los franceses por las metáforas militares”, de la que surgió la denominación “literatos de vanguardia”. Este término iba a servir, en las décadas sucesivas, para abarcar un ámbito tan amplio de manifestaciones artísticas que, desde mediados del siglo XX, los historiadores y críticos prefieren usarlo con notoria precaución: apenas aparece en Hugo Friedrich (Estructura de la lírica moderna) o en Marcel Raymond (De Baudelaire al surrealismo), para mencionar dos estudios ya clásicos. Y, para entrar en la materia específica de la poesía latinoamericana, Octavio Paz, en Los hijos del limo, aunque subtitula Del romanticismo a la vanguardia, se refiere sobre todo a “modernidad”, “tradición de la ruptura”, “revuelta del futuro”.

¿En qué sentido se usa el concepto en esta Antología de la poesía vanguardista latinoamericana? No lo sabemos; no lo define y la “bibliografía mínima” que se ofrece no llega a los 10 títulos (entre los cuales no está el canónico estudio de Paz), el primero de los cuales es Diccionario de las vanguardias en España, de Bonet, obra de extraordinario valor que, como su título denuncia, se abstiene del salto transatlántico. Para completar la vaguedad: no se dan fechas que ciñan el periodo, ni los poemas seleccionados las llevan tampoco, ni de cuál libro han sido tomados. Pero en el prólogo se conjetura que el movimiento de avanzada empezó incluso antes de la muerte de Darío, si El cencerro de cristal (1915) “puede considerarse como el primer título de vanguardia poética en América”. Ese libro de Guiraldes, una serie de estampas que, con trabajadas metáforas, celebran la vastedad del campo argentino, no escatima en pareados del estilo de “Un chico a caballo. / El canto de un gallo”.

En el prólogo, Juan Bonilla, acaso para que no se lo tome por un académico acartonado e insensible, prefiere el lenguaje informal (“Pedro Luis Gálvez puede fardar” de haber frecuentado a Marinetti; las “herramientas retóricas” de Neruda son “marca de la casa”; la guerra del 14 “iba a cargarse” a algunos de los futuristas). Y progresa mediante afirmaciones que van de lo obvio (Lugones, Fernández Moreno, López Velarde, Eguren “son grandes poetas autosuficientes, no necesitan ser etiquetados…”) a lo arbitrario: Residencia en la tierra, de Neruda —uno de los libros más influyentes de la poesía latino­americana posterior a Darío—, merece este escueto juicio: “muestra de virtudes y defectos” y de “facilidad y autosuficiencia”. La conmovedora y recurrente voluntad de unir el destino de Hispanoamérica al de España lleva a afirmar que “no hubo país americano en el que Ramón [Gómez de la Serna] no cosechara una buena cabalgata de discípulos”; el influjo de las greguerías, indudable en Oliverio Girondo, en el primer Borges y acaso en Altazor, de Huidobro, es dudosa en Residencia en la tierra e inexistente en Trilce. De Trilce precisamente se predica su condición de “mítico” (es decir: todo y nada a la vez) y se lo señala como “una de las más radiantes muestras del primer surrealismo”, cuyo fundacional Primer manifiesto publicó Breton en 1924: dos años después del libro de Vallejo. También, “se libera fácilmente de cualquier intento de catalogación”. Igual que los “poetas autosuficientes” mencionados más arriba.

El considerable corpus de la antología, de casi 1.000 páginas, se rige por un cándido espíritu democrático: se divide por países, de modo que el concierto de las naciones de América Latina está representado por entero. Entonces, para poblar una (más bien dudosa) vanguardia cubana, se suman cinco poemas de Eugenio Florit: algo digno de aplauso si no fuera porque se trata de décimas, una forma cuya prosapia tradicional acredita, entre otros maestros, a Fray Luis de León y Lope de Vega. Algo semejante puede decirse de los poemas de Carpentier; la mitad de los seleccionados, por otra parte, escritos en francés. Sin duda es un acierto la incorporación de Brasil, cuya relación con lo que Henríquez Ureña denominó las “corrientes literarias de la América hispánica” es siempre problemática. En ese aspecto, es justa la mención de Jorge Schwartz, uno de los estudiosos que más han trabajado en la relación entre esos ámbitos, sobre todo en el siglo XX; Las vanguardias latinoamericanas (Cátedra, 1991) es una obra ineludible.

Uno de los rasgos esenciales de la vanguardia fue el trabajo sobre la disposición visual del poema, el aspecto caligramático que Huidobro puso en juego tempranamente, en Canciones en la noche, y que alcanzó su máximo interés en 5 metros de poemas (1927), de Carlos Oquendo de Amat. Esa obra ponía en cuestión incluso el concepto de “libro”: era un desplegable que medía los cinco metros que su título anunciaba, y cada una de sus 27 caras, troqueladas como si fueran fotogramas de un filme, contenía un poema. En Tierra negra con alas la integridad de esas piezas queda destruida: los poemas se reproducen como si fueran simple texto, de modo que ‘Réclame’, por ejemplo, queda disuelto entre dos páginas sucesivas y seguido por ‘Jardín’ y, en la misma página, ‘Amberes’, que continúa en la siguiente. El lector que no conozca la disposición con que Oquendo publicó esos poemas se llevará una impresión adulterada de ellos. En caso de que esa forma de editarlos fuera inevitable, ¿no podría, mediante una breve nota, haberse declarado esa modificación? ¿Tiene sentido, a casi 100 años de ese hito de la poesía latino­americana, reproducirla sin ese mínimo cuidado? Hay más preguntas que esta antología suscita, pero con las ya formuladas es suficiente para hacerse una idea acerca de su valor.