Aguirrre y Silva: cartas marcadas

Foto: Especial.
6 abril 2018 | 12:02 hrs | | Estatal

Por José Antonio Flores Vargas

 

El destino parece unir a Carlos Aguirre Morales y Alberto Silva Ramos, dos veracruzanos descubiertos, creados y amamantados por el poder absoluto de Fidel Herrera y Javier Duarte durante sus gestiones gubernativas en Veracruz. El primero, experto conocedor de la normatividad que rige el origen y la utilización de los fondos federales y estatales. El segundo, un jactancioso ideólogo y operador político que, a su decir, orientaba y aconsejaba a sus dos jefes y amigos.

Carlos y Alberto, destinos paralelos. Rieles de ondulante vía. Golosinas de la misma piñata. Dos exfuncionarios que en sus tiempos de gloria disfrutaron de la buena vida, del “sapiente” manejo a la alta escuela y del irresponsable ejercicio de la plenitud del poder.

Uno, el zorruno contador Aguirre, desaparecido del mapa periodístico, pero bien ubicado por las autoridades de la seguridad pública. Otro, el famoso Cisne tuxpeño, aterrorizado porque en unos meses quedará sin fuero constitucional y a merced de las garras de una justicia que imagina y saborea esos instantes de captura.

Del discreto Carlos Aguirre que se conocía hasta antes del 2005, nada quedó. Algunos xalapeños recuerdan a un diligente y caballeroso hombre de clase media que vivía en la zona de La Piedad y que trabajaba como uno más del montón de auxiliares en las áreas contables de la SEFIPLAN.

Pero llegó Fidel y el normativo contador empezó a tener importancia relevante en los manejos financieros y en las transferencias de recursos de un fondo a otro, y de éste a la revolvedora sin fondo. En ese sexenio enseñó el cobre, la elegancia en el vestir y el gusto por las adquisiciones y exquisiteces inmobiliarias.

En la época del duartismo alcanzó el cargo de Subsecretario y encargado de la Secretaría, y en reciprocidad con su jefe en Palacio, simplificó la transferencia de valores monetarios, poniendo en práctica las célebres y prácticas cajas de huevo que contenían los bien medidos diez millones de pesos, que el abundante gobernante necesitaba para la gestión institucional en cada ocasión. De los bancos y en efectivo se acarrearon dineros a domicilios diversos que requería el hombre de estado del momento.

Con igual eficacia y gota a gota se esfumaron los 35 mil millones de pesos que un día reclamó la Auditoría Superior de la Federación.

Algunos enterados han desvelado que con otras repletas cajas de huevo que derivó a su territorio, el habilidoso contador fortaleció su creciente hacienda personal. Eso explicaría los díceres y mitos locales que hablan de palcos en el Estadio Santiago Bernabeu de Madrid, de casas grandes, medianas y chicas, de automóviles de alta gama y de concurridas fiestas con magistrales orquestas de cumbia colombiana.

Pero llegaron las investigaciones de la Auditoría Superior y las denuncias yunistas. Y como resultado de sus supuestas cuentas y cuentos al nuevo gobierno, el señor Aguirre recibió un privilegiado pasaporte temporal de impunidad. Según las lenguas de doble filo, hoy por hoy, el profesional de los números anda completamente perdido.

Por cuanto hace al ahora diputado federal Alberto Silva, su caso es sumamente conocido en todos los ámbitos veracruzanos. Su historial fue narrado puntualmente el 21 de octubre de 2016 por Palabras Claras en el editorial titulado ALBERTO SILVA: EL HOMBRE DEL BLUFF. A finales de agosto próximo dejará ese cargo en el Congreso Federal y quedará a entera disposición de la Fiscalía y de la PGR.

Pero Aguirre y Silva continuarán unidos por un tiempo. Como el contador conoció las tripas y entretelones del manejo del dinero duartista, en breve será aparecido o requerido por quien gobierna. Con un eficiente vomitivo, deberá devolver lo mal habido y sobre todo pagar por las irregularidades administrativas y financieras cometidas en la Tesorería. Quitando el aspecto judicial, su sino es de alguna forma similar a lo que vivió aquel mediocre exsecretario técnico de la SEDESOL estatal, que también tenía el apellido Morales, que después de esquilmar a medio mundo se fue con todo y reata y se perdió en el tiempo y en el olvido.

En relación a Beto -como se le conoce a Alberto entre la clase política- su caso es diferente y sumamente complicado. Y no es nada creíble que sea perdonado. Como gran todólogo, comunicador y eficaz ejecutante de redes sociales que fue y ha sido, a Silva Ramos no se le perdonará jamás aquel peyorativo e insultante calificativo, por él manejado y amplificado, en contra del entonces candidato Yunes Linares. Y desde luego, será ajusticiado con la debida devolución de todas las entradas y las correspondientes sanciones que la Ley le imponga.

En Pacho Viejo podrá sentirse el gobernador que soñó ser. No llegó al cargo, pero por razones de reclusión, se acercará a la gloria efímera que tuvieron Dante, Javier y Flavino.

Quiérase o no, Carlos Aguirre y Alberto Silva son dos estratégicas cartas marcadas en el juego por el poder que vive Veracruz.