A la velocidad de un rayo

21 abril 2016 | 11:57 hrs |

Por Julián Lomelín Gascón

Ese punto en la vida en el que te enlistas en el ejército de la compostura, dispuesto a remendar las condiciones deplorables en las que se encuentra el país, el planeta, ignorando que tus alas fueron construidas de cartón.

Los viejos, por ser joven, te otorgan la responsabilidad/obligación de revertir el caos del mundo, incluyendo la pobreza de millones de personas, el cambio climático, de revertir la acidificación del océano, la deforestación de los bosques y selvas, la extinción de las especies con las que compartimos el planeta, etc. Limpiándose de las manos la responsabilidad en la catástrofe como en la reparación, sin darte la libertad de hacer las cosas de manera distinta. Los viejos cuando nos heredan los problemas de mundo no se dan cuenta que toda nuestra vida nos imponen el camino que los creó a ellos. Educan bajo la misma ideología que legitima la descomposición de las sociedades humanas y la relación del humano con la naturaleza. El hombre nace crece se reproduce y muere con el afán de pertenecer a la sociedad de consumo donado su tiempo (el bien más valioso) para generar riqueza con el fin óptimo de saciar necesidades individuales como el estatus, el prestigio, el orgullo; extinguiendo los valores colectivos. La inconsciencia e ignorancia sobre la  situación de la mayoría de los habitantes del mundo, es lo que hace que individuo reproduzca este modelo social de consumo. Siempre que se aspire a tener más seguirá vivo el mercado y el consumo, como la base de la convivencia social.

El cìrculo vicioso es inmenso, los jóvenes que por naturaleza son rebeldes, son educados dentro de una cultura global que naturaliza el deseo  insaciable  de querer siempre más capando la rebeldía y la curiosidad nata.  Cuando el joven se convierte en adulto se dará cuenta que son muy pocos los que mamarán de la teta del lujo. La realidad es que no gozarán del estatus ni del prestigio prometido a cambio de su tiempo. Se conformarán y al terminar la jornada laboral se sentarán frente al televisor para ver lo lejanos que están de los actores de cine; en la publicidad, no verán nada de ellos. Privados de la vida, el adulto consciente de que alguien o algo lo ha estafado, reflexiona para luego advertir a los jóvenes de lo loco y complicado que esta el mundo, motivándolos a estudiar para luego conseguir un buen trabajo para que sean capaces de salir adelante. Sin saber, los encaminan en el mismo camino que ellos tomaron para vivir con la misma aspiración dogmática de convertirse en alguien en este mundo a partir de los que pueden comprar y poseer.

Miremos a los jóvenes de Francia.