+A la memoria de Kimberly

5 febrero 2018 | 10:06 hrs | | Gilberto Haaz Diez

Por Gilberto Haaz Diez

 

*Una vida apagada, en un país convulso.
Camelot

Conocí su caso. Supe su historia desgarradora. Se llamaba Kimberly, como se podía haber llamado Abigail o Guadalupe o Cynthia, o cualquier nombre de mujer. Una mañana fría de un miércoles de noviembre salió de su casa en Orizaba, dijo a su madre que iría a ver a una amiga y tomarían un café. El teléfono sonó a las horas, eran unos secuestradores que la tenían en su poder y pedían recompensa. A una familia sin dinero, a una familia cuyos dos padres trabajan para el sostenimiento del hogar. Comenzó el calvario. La mamá se trasladó hasta Tejería, cerca de Veracruz, llevaba los 60 mil pesos del rescate, lo que pudieron juntar en pedir prestado a amistades y endrogarse. El contacto no apareció. Las comunicaciones al parecer fallaron. La madre cayó al hospital dos días, a punto de darle una embolia. Se perdió el rastro y cesaron las llamadas. Acudieron en Córdoba a la Unidad Especializada en Combate al Secuestro (UECS) y denunciaron el delito, la privación ilegal de la libertad. Kimberly, de 17 años, no aparecía. Se fue noviembre y diciembre y los teléfonos no sonaban. Los secuestradores callaron. Mientras, los sabuesos del implacable fiscal, Jorge Winckler Ortiz, peinaban la zona en la mayor cacería que se daba a unos maleantes secuestradores, con todo: agentes investigando en el campo, en las tecnologías, en el entorno familiar, rincón por rincón y piedra por piedra en busca de esos rufianes malnacidos. Dos meses después, en otro día frio de enero, caía esa peligrosa banda que secuestraba y mataba entre Tejería y Orizaba, y en Ixtaczoquitlán tenían su panteón clandestino. Les esperan de 40 a 60 años. La madre de la jovencita acudía a diario en busca de noticias, ante el temor, había aportado la prueba del ADN, por si llegara el caso. Llegó. Los investigadores de Winckler Ortiz al dar con la banda, encontraron el sepulcro maldito y, al informarle a la madre, de su hija muerta, y la identificación de rigor, ella estaba junto a otras madres de los Colectivos que se solidarizan en esa y muchas terribles causas. Una le dijo: “Consuélate, ya está aquí contigo tu hija, ya podrás vestirla de blanco y sepultarla como Dios manda, ya podrás llevarle flores, ir a rezarle a su tumba y llorarle y platicar con ella, mírame a mí, llevo cinco años y no encuentro a la mía”. En el frio féretro, todo blanco, la noche de ese día fue velada por la familia y amigos. En un salón funerario, lleno de rosas blancas y dolientes y luto y desesperación, y cantos para despedirla con alegría, como ella fue en vida, según sus compañeros de escuela, Kimberly regresó y se fue con Nuestro Señor. En un ataúd, como no lo merecen las mujeres y jovencitas que son arrebatadas de esta vida por criminales, que muchos de ellos, como dos de estos sujetos, han estado en la cárcel y salen porque un juez corrupto los libera a cambio de dinero. En el México donde la delincuencia ya rebasó al Estado Fallido. Donde poco nos asombra, cuando la maldad llega y enlutece los hogares. ¿Por qué la mataron? Porque pudieron. O para enmarcarlo en el hashtag de #SiMeMatan es porque nací mujer en un país donde ser mujer significa tener miedo. Las lágrimas de esa madre y esa familia, son también lágrimas de todos nosotros. Descanse en paz, Kimberly.

AHÍ VIENEN LOS RUSOS
En 1966, en plena Guerra Fría, los americanos estrenaron una película de risa, una comedia llamada “Ahí vienen los rusos” (“The Russians are Coming”), mas que infundir miedo daba risa. Los rusos no llegaban, ya estaban adentro con sus espionajes, como los hacían los americanos en sus lugares moscovitas. Otra, una película de Tom Hanks, “El puente de los espías” (“Bridge of Spies”), de intercambio de espías, estrenada apenas hace un año (1917), daba cuenta de hechos verídicos cuando ambos países intercambiaban espías en aquel puente afamado en Berlín, el Glienike, cerca de Potsdam, frontera entre los rusos (malos) y los gringos (buenos), en aquel Berlín ocupado por las potencias, donde uno entregaba al otro. La película, dirigida por el gran Steven Spielberg, narra los hechos sucedidos en 1957 en Norteamérica de la detención del espía ruso Rudolf Abel y su enjuiciamiento, y también el posterior Incidente del U-2, ocurrido en 1960, en el que un avión norteamericano cayó derribado en la Unión Soviética, en plena Guerra Fría. Intercambiaron al piloto Francis Gary Powers, piloto del avión norteamericano derribado, por Rudolf Abel. Historias verídicas. Llegó el secretario de Donad Trump a México, a decirnos que, aguas con los rusos, y en el cuartel de Andremanuelovich, o sea, el Peje que lidera encuestas, esa noticia ni les vino ni les va. El americano lo habla con conocimiento de causa, en la elección pasada, cuando vencieron a la Hillary Clinton mucho se especula que Putin, que no es putin, solo es maloso, metió las manos hasta la cocina y abultó el marcador. Ahora andan de pregoneros pidiendo a los países ‘amigos’ que se pongan buzos, como aquella película Ahí vienen los rusos, que solo era de risa y nada de miedo. En su país andan enliados todos: Trump, FBI, la CIA, y creo que hasta la NASA. Buscan rusos hasta debajo de las piedras. Hay otra serie exitosa en Netflix, con dos excelentes actores, Kery Russel y Mathew Ryas, Los Americanos, ambientada en la época de Reagan, cuando la Guerra Fría casi terminaba y los infiltrados en los países hacían de las suyas. Excelente serie, véanla. Los Rusos, al parecer, apenas están preguntando dónde queda Tabasco, tierra de Manuelovich y, cuando conozcan el nombre del rancho del hombre candidato, la Chingada, quizá no quieran venir a espiar. Aguas, ahí vienen los rusos.

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