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5/10/2008 5:13:36 PM
 



plan b

Los valores y el sexo

artín Vantolra Mejía es un hombre común, conservador y poco tolerante. Saltó a la fama hace un par de semanas porque en su calidad de Director del Colegio Cumbres de Cancún, mutiló todos los libros de quinto año de primaria que hablan de sexualidad. Una pareja cuyos hijos estudian en esa escuela, propiedad de los Misioneros de Cristo, logró preguntarle por qué, sin autorización suya, y en violación a los planes de estudios de la sep, se atrevió a cortar a tijera batiente cada uno de los ejemplares que explican los derechos sexuales y reproductivos de niños y niñas. «Es una inmoralidad y una provocación que en este colegio no vamos a tolerar», fue la respuesta de Vantorla, seguidor del padre Marcial Maciel.  Es evidente que quienes inscriben a sus criaturas en un colegio que pertenece a una de las órdenes religiosas más cuestionadas en el mundo, por casos comprobados de abuso sexual a menores perpetrados por sacerdotes y maestros, están dispuestos a que sus hijos e hijas sean educados con un doble estándar de valores religiosos, morales y éticos. Incluso aceptan que sus hijos e hijas se vean expuestos a ser abusados o maltratados por profesores y directores de esa institución. La mutilación de libros, descubierta por el reportero Ramón Uresti, desató una polémica de fondo ¿Qué valores morales se defienden al impedir la educación sexual de niños y niñas de diez y once años? ¿Temen los Misioneros que los niños y niñas puedan identificar la lascivia de algunos de sus profesores pedófilos?  No se trata de descalificar e insultar a los Misioneros de Cristo. Habrá algunos bien intencionados. Pero creer que todos los miembros de la Iglesia son líderes morales, preparados y cultos, es tanto como asegurar que todos los políticos saben lo que es un proyecto de Estado, tienen principios y valores bien asentados y serían incapaces de abusar del poder. Representar a Dios, desde la perspectiva religiosa, significa tener acceso al poder máximo universal. A los funcionarios los domina un poder terrenal, a los sacerdotes corruptos los protegen el Vaticano, el Estado y, aparentemente Dios. Seguramente Dios no avala la inmoralidad humana, pero ¿quién puede preguntarle? ¿Acaso un niño o una niña abusada?  Las decisiones de los misioneros de Cristo terminan por arrebatar a sus estudiantes la posibilidad de conocer su sexualidad y la de las y los otros, de respetar su cuerpo, de saber cuando alguien más quiere amarlo o dañarlo. Por ejemplo, su profesor de primaria. Censurar la educación sexual no impide que las y los jóvenes, tarde o temprano, tengan encuentros eróticos, pero sí les invita a hacerlo irresponsablemente, a escondidas.  Mutilar los libros es un abuso de poder, porque despoja a las y los estudiantes de su derecho a aprender. Es hipócrita porque la sexualidad en sí misma no es inmoral, pero sí puede serlo su mal ejercicio. Es éticamente inaceptable porque el origen de la decisión parte del prejuicio y la ignorancia y afecta a una comunidad que eventualmente vivirá una sexualidad insatisfactoria y culposa.  
 

De política... y cosas peores

CATON

íctima de repentino mal murió cierto señor. Llegó al velorio un su compadre, y la afligida viuda lo llevó a que mirara al difuntito, muy bien vestido y arreglado en su ataúd. «¡Caray! –exclama conmovido el recién llegado–. ¡Se fue entero mi compadre!». «Sí –suspira la viuda–. Debió haberse cortado algo desde hace mucho tiempo. Ahora me deja con 15 hijos y esperando otro»... Susiflor llegó a su casa extasiada: había conocido a un muchacho «lindísimo». Una tía que estaba de visita le dice sonriendo: «Veo que te picó el gusanito del amor». Responde la muchacha: «No era un gusanito»... El peluquero le pregunta a su cliente: «¿Le pongo loción?» «¡Por ningún motivo! –se enoja el individuo–. No quiero que mi esposa diga que huelo a burdel». «A mí sí póngame, maistro –pide el sujeto que estaba al lado–. Mi señora no sabe a qué huelen los burdeles»... Doña Gordoloba se enteró de que su esposo tenía una amiguita. «¿Qué te puedo decir? –responde él a la acusación–. Son cosas de la juventud». «¡La juventud! –rebufa Gordoloba–. ¡Pero si tienes 70 años!». Precisa el vejancón: «Hablo de la juventud de ella»... El jefe de los marcianos envió una expedición a la Tierra para conseguir dos especímenes humanos cuya reproducción se intentaría en Marte. Llega un platillo volador y de él desciende un grupo de marcianos. De una gasolinera arrancan dos bombas con manguera y todo, las suben a su nave y se lanzan luego al espacio. Cuando llegan a Marte el jefe ve las bombas de gasolina –con manguera y todo– y dice muy enojado a los marcianos: «¡Ah cómo serán idiotas! ¡Trajeron dos machos!»... La esposa del médico lo visitó en su consultorio. «Qué fea está tu oficina –le dice–. Deberías aprender al doctor del consultorio vecino, que tiene su consultorio muy bien decorado con motivos propios de su especialidad». «Sí, –reconoce el galeno–. Pero él es pediatra y yo soy proctólogo»... Conversaban dos señores sobre sus problemas domésticos. «Ya no aguanto a mi mujer -decía uno-. Cada vez que salimos me hace una escena porque veo a las muchachas bonitas. ¿A ti no te sucede lo mismo?». «No –responde el otro–. A mi señora no le importa dónde se me despierte el apetito con tal de que coma en casa»... La recién casada era más que gordita, y más que robusta: tenía un enorme corpachón. Al iniciarse las acciones de la noche de bodas le pregunta algo molesta a su flamante maridito: «¿Por qué consultas tanto el reloj?». «No es reloj –contesta el muchacho muy concentrado–. Es brújula»... A Luis Donaldo Colosio, que de paz goza ya, le conté cierto día un sucedido de su solar nativo, Magdalena. El borrachín de la localidad, llamado «El Sútari», iba por la calle, en manifestación unipersonal, gritando a voz en cuello: «¡Mueran los ricos! ¡Abajo los explotadores de los pobres!». Los hombres adinerados del lugar –el comerciante acomodado; el notario; el más conocido agricultor– estaban en una esquina, juntos, y lo llamaron para reclamarle. «¿Por qué nos ofendes así, Sútari? ¿Qué te hemos hecho?». Contestó, desdeñoso, el Sútari: «¿Quién se ocupa de ustedes, viejos güinientos? Yo me refiero a Rockefeller, a Rotschild...». Evoqué al Sútari cuando el Cardenal Sandoval Íñiguez, de Guadalajara, dijo que los ricos a los que se había referido no eran los ricos a los que se había referido. Eso me hizo pensar que cuando llegue el momento de que el rico se salve, o el camello pase por el ojo de la aguja, el camello le cedará su sitio al rico a cambio de una limosnita... FIN.
 
 
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